Rodrigo Leão / O Rapaz da Montanha (BMG, 2025)

El mantra promocional que se ha repetido hasta la saciedad sobre O Rapaz da Montanha es que se trata del “disco más portugués” de Rodrigo Leão. Uno, al principio, se lo toma como coletilla de dossier, frase cómoda para prensa perezosa y anzuelo de sentimentalismo patriótico. Pero no. Basta escuchar los primeros compases de Cadeira Preta para notar que aquí no hay artificio: lo portugués no está como adorno, está en el esqueleto del disco, en su vocabulario, en la percusión, en el aliento coral que recorre todo el álbum. Hasta los silencios son portugueses.

No es que a Leão le haya dado por enarbolar la bandera. Lo suyo nunca fue el manifiesto, sino la sugerencia. Desde los días de Sétima Legião y Madredeus, ya apuntaba maneras de alquimista, convirtiendo nostalgia y lírica en materia sonora con proyección internacional. Su carrera en solitario, iniciada hace ya treinta y dos años con Ave Mundi Luminar, se ha caracterizado por un eclecticismo elegante, saltando de la música sacra al pop de cámara, colaborando con voces de otros hemisferios: Beth Gibbons, Ryuichi Sakamoto, Scott Matthew, Neil Hannon, Adriana Calcanhotto, Michelle Gurevich… todo en busca de una música expansiva, multilingüe y cinematográfica.

Pero aquí, en O Rapaz da Montanha, Leão hace justo lo contrario: se encierra en casa, pero no por repliegue, sino por certeza. Elige el portugués como lengua única, desempolva bombos, adufes y tambores, invoca el espíritu de los años setenta con la sombra larga de José Afonso, José Mário Branco y Fausto planeando sobre las canciones. No es una cita, ni un homenaje; es una conversación entre generaciones que saben de qué va esto de cantar lo colectivo desde lo íntimo.

Todo parte de Cadeira Preta, escrita junto a su mujer, Ana Carolina Costa. Fue el fósforo que encendió la hoguera. A partir de ahí, Leão tuvo una visión clara, cosa poco habitual en su método intuitivo. Las letras, todas en portugués y muchas firmadas por Costa, abandonan el lirismo vaporoso de antaño y entran con paso firme en lo real: trabajos precarios, vidas atrapadas en engranajes implacables, mujeres que buscan salidas, hombres que reman sin rumbo o se enfrentan al inventario de su pasado.

El tema que da título al disco, O Rapaz da Montanha, funciona como puerta de entrada a ese imaginario. Una especie de figura mítica o arquetípica —mitad ermitaño, mitad jornalero— que observa el mundo desde la altura y arrastra una biografía que es de todos. En Guarda-te, una de las piezas más conmovedoras, una mujer se debate entre la renuncia y la afirmación, con un acompañamiento rítmico que recuerda, sin copiar, la arquitectura melódica de un Piazzolla menos dramático. Lobos do Mar retoma el viejo tema del mar como castigo y esperanza, mientras Madrugada cierra el álbum con un tono confesional que roza lo místico, sin necesidad de altar.

La instrumentación, como siempre en casa Leão, es precisa pero generosa: no sobra ni falta nada. Hay acordeones que lloran sin sentimentalismo, cuerdas que flotan como si se hubieran fugado de un conservatorio en ruinas, percusiones tribales que devuelven al oyente a la tierra firme. Participan viejos aliados como José Peixoto, Gabriel Gomes, Pedro Oliveira, Celina da Piedade, y una serie de voces y músicos que no están para figurar, sino para construir. Destaca Ana Vieira, voz principal del disco, que navega con sobriedad entre lo épico y lo doméstico. También la familia: sus hijos y su mujer en los coros, en una suerte de liturgia afectiva que recorre todo el trabajo.

El disco viene envuelto en las ilustraciones de Tiago Manuel, que no son meros complementos estéticos: son reflejos deformados, casi provocativos, de las historias que se narran. La edición en doble vinilo hace justicia al contenido: esto no cabe en un disco comprimido, pide espacio para respirar.

O Rapaz da Montanha no es un giro de timón ni un manifiesto de intenciones. Es más bien un paso lógico hacia una madurez que no reniega de la duda. Rodrigo Leão, a estas alturas, no tiene nada que demostrar. Y precisamente por eso, puede hacer lo que quiera. Incluso encerrarse en una montaña, afinar el oído y bajar con canciones que parecen remontadas en burro montaña arriba, desde otro tiempo.