Ha sido valiente, Jordi Tormo. Por dos motivos: porque el alcoyano se ha atrevido, nada menos, que a asumir la quimérica tarea de analizar la figura de un músico como Antonio Vega, extraordinariamente respetado, estudiado y glosado ya en otros volúmenes, como por ejemplo aquél Antonio Vega. Mis Cuatro Estaciones (Juan Bosco) o Antonio Vega. Una Vida Entre Las Cuerdas (Magela Ronda), por no hablar del controvertido documental Antonio Vega. Tu Voz Entre Otras Mil (Paloma Concejero).
La otra razón de que Tormo haya sido valiente, y la más importante, es porque su enfoque dista bastante de todos los anteriores. No ha querido hacer una biografía al uso, ni siquiera trazar una pequeña línea argumental acorde con el tiempo (aunque sí hace una pequeña intro biográfica), sino presentar a la persona y al autor que fue Antonio Vega desde una perspectiva más profunda, un poco como meterse en la cabeza de alguien tremendamente hermético, introspectivo y complejo.
Convendrán conmigo en que semejante labor es poco menos que titánica. Cuando lo que todo el mundo espera es una recapitulación de la edad dorada del músico, la coincidente con la movida madrileña y con su participación en la enormemente relevante banda que fue Nacha Pop, él se ha centrado más en dar una visión de su obra más íntima, normalmente coincidente con su etapa en solitario, con álbumes como No Me Iré Mañana (1991), Océano de Sol (1994) o Anatomía De Una Ola (1998), los cuales es un placer redescubrir a través de las páginas de este Entre El Espacio Y El Tiempo.

Y es que el libro, principalmente, lo que intenta es establecer una serie de coordenadas, de puntos cardinales, para situar al lector en el complejo mapa que componía la mente de Antonio. Un ser superdotado, hiperactivo y obsesivo que vivió cada segundo de su vida como quiso vivirlo, siempre voraz ante cualquier fuente de sabiduría que tuviera que ver con la física, las matemáticas, la astronomía o la naturaleza, algunas de las obsesiones que marcaron su existencia y gran parte de las letras de sus canciones, de las cuales, por cierto, este libro contiene no pocas versiones manuscritas, pues el autor ha tenido un acceso privilegiado, a través de la familia, a gran parte de los archivos personales del músico.
Cuadernos, fotografías inéditas, biografías, notas y cuentos inacabados que ilustran de una forma inédita lo que nos trata de contar aquí Jordi Tormo, que replantea la obra de Vega desde ópticas como su relación con la relatividad del tiempo, la vida en la naturaleza, el ámbito urbano (y la ciudad de Madrid, en la que nació, como epicentro), la ciencia, el amor (sobre todo su gran amor, Margarita del Río), así como su relación con el flamenco o el cine, de la mano sobre todo del prestigioso director Julio Medem, que le dirigió videoclips e incluyó su música en sus películas.
Y, entre todo esto, hay una gran ausencia que llama la atención: la adicción. Antonio Vega vivió marcado por su relación con las drogas duras y eso, indudablemente, también señaló de forma indeleble su forma de vida, su personalidad y hasta su música. Pero Tormo sortea el asunto. Cabe pensar que premeditadamente. De hecho, hay un fragmento del libro, de los pocos en que se aborda el tema, en que es el propio Antonio (que aparece en muchas citas laboriosamente recopiladas de entrevistas) el que nos da la clave: “se han sacado a la luz un montón de asuntos, como el de las drogas, y no creo que le incumba a nadie ni que tenga que tomarse en cuenta a la hora de analizar mi obra. Los que han sacado este tema me han obligado, en cierta forma, a pronunciarme, pero ese asunto no me quita el sueño. Pueden decir de mí lo que quieran”.
Y es cierto: en muchas ocasiones en que se ha hablado del músico parece que este asunto es el epicentro de todo. Y ya está bien. Hay mucho más que eso y este libro ha tratado de realizar la labor de descubrirnos a un Antonio relativamente inédito, pese a todo lo ya dicho sobre su vida y obra. Es el mérito principal de un tomo que, además, está escrito con muy buen pulso, cuenta con extraordinario material de primera mano (entre otras cosas la inédita foto de portada, con una bonita historia detrás que se cuenta al final), participación de gente tan importante y cercana a Vega como Amaral, Antonio Carmona, Bunbury, Shuarma, Nacho García Vega, Carlos Vega y un largo etcétera y, en definitiva, constituye un análisis diferente al habitual cuando se aborda a un mito musical.
Eso, con tanta oferta literaria sobre rock y pop como hay hoy día, es todo un plus para lo que es, en resumen, una lectura más que recomendable, se conozca previamente o no en profundidad a Antonio Vega. El retrato más fiable, humano y cariñoso de un autor genial y los complejos mecanismos que su cabeza utilizaba para crear canciones tan maravillosas como Una décima de segundo, Esperando nada, El sitio de mi recreo, Lucha de gigantes o, claro, La chica de ayer. Casi nada.


