Septiembre llegó con una nube negra.
No era todavía una tormenta, aunque venía bien cargada: desahucios deshumanizantes, una climatología cada vez más perturbada, guerras que agosto no consiguió mandar de vacaciones y una clase política desnortada que parece haber perdido la brújula y, por momentos, hasta el interés por encontrarla. La nube avanzaba despacio, ocupando el cielo con esa suficiencia de las cosas que saben que tarde o temprano terminarán cayéndote encima.
Debajo regresábamos nosotros. Colegios abiertos, despertadores rehabilitados, correos acumulados, horarios recompuestos y esa extraña convicción de septiembre según la cual basta con comprar una libreta nueva para convertirse en una persona distinta. Durante unas semanas habíamos ensayado la posibilidad de olvidarnos del mundo; ahora el mundo venía a buscarnos personalmente.
Miré la nube y pensé que lo sensato sería abrir el paraguas.
Entonces sonó Erykah Badu.
Y decidí rebelarme.
No de una manera especialmente heroica. Ninguna barricada, ningún manifiesto, ni siquiera una pancarta razonablemente ingeniosa. Mi insurrección cabía en una lista de veinte canciones y duraba poco más de una hora. Uno termina aprendiendo que no todas las resistencias necesitan épica: algunas empiezan poniéndose los auriculares y negándose, durante cuatro minutos, a que el estrépito exterior decida también lo que ocurre dentro de la cabeza.
La brujería de Witch Doctor, junto a The Alchemist, tiene algo del conjuro apropiado para semejante meteorología. Dieciséis años sin un álbum de estudio pueden convertir cualquier regreso en una ceremonia cargada de expectativas, pero Badu lleva demasiado tiempo escapando de aquello que se espera de ella para comenzar ahora a obedecer. En Before the World Blows, The Alchemist, productor curtido junto a Mobb Deep, Freddie Gibbs o Boldy James, prepara una materia oscura y espaciosa sobre la que Badu emplea más de seis minutos en alterar nuestra percepción del tiempo. Continúa siendo aquella cantante a la que llamamos neo-soul porque en algún momento hubo que escribir algo en una casilla, aunque hace décadas que la casilla se quedó pequeña.
La nube seguía allí, pero durante seis minutos perdió autoridad.
Entonces apareció Michelle Gurevich llamando Boring a su nueva canción, gesto que contiene exactamente el tipo de ironía que esperamos de alguien capaz de construir una discografía alrededor del deseo, el tedio, la decadencia, las relaciones sentimentales mal administradas y esas noches en las que otra copa todavía parece una decisión razonable. Diez años después de New Decadence, el disco con el que terminó de desprenderse del nombre Chinawoman, Gurevich conserva intacta su capacidad para convertir una pequeña catástrofe emocional en una canción que podría sonar en el último bar abierto de alguna república europea inexistente. Ella toca guitarra y teclados; Brian Griffin se ocupa de batería y percusión. Cinco minutos y medio después, aburridos precisamente no estamos.
Quizá septiembre funcione así: amenaza con devolvernos a la normalidad y nosotros buscamos veinte maneras de desobedecerla.
Vincent Delerm y Voyou encuentran una recuperando Évidemment, la canción que Michel Berger escribió para France Gall y que quedó inevitablemente ligada a la ausencia de Daniel Balavoine. Podrían haber limpiado cuidadosamente el original y entregarlo intacto, pero prefieren mover las piezas: una cadencia casi brasileña, algo más de aire y la melancolía característica de Delerm, ese hombre capaz de construir una canción con un piano, el recuerdo de una película y una frase escuchada dos mesas más allá. Hay composiciones que pertenecen a un año y otras que van cambiando de significado a medida que desaparecen quienes las escucharon por primera vez. Évidemment pertenece a las segundas.
A Les Agamemnonz el calendario directamente les importa poco. Sfumato abre Die Sommerreise, cuarto álbum de los normandos, grabado durante cinco días en un gran edificio berlinés bajo la dirección de Axel Praefcke, con el grupo y una pequeña orquesta tocando simultáneamente. Aparecen surf, vals, exotismo, ecos de spaghetti western y hasta una ondiolina manejada por Graham Mushnik, de Derya Yıldırım & Grup Şimşek. Escucharlos produce la curiosa impresión de haber encontrado una banda sonora de 1963 para una película que nadie llegó a rodar. Tal vez alguien extravió las bobinas. Ellos, prudentemente, han grabado el disco.
El italiano Luca Musto reduce después la velocidad con Kontraband. Su electrónica lenta, alimentada por jazz, soul y blues, demuestra que uno puede bailar sin comportarse como si estuviera intentando alcanzar el último autobús. Jungle toma inmediatamente el camino contrario con Sunshine. En su quinto álbum, Lydia Kitto pasa a formar oficialmente parte del grupo junto a Josh Lloyd-Watson y Tom McFarland, reconocimiento lógico después de su peso creciente en la composición y producción de Volcano. Funk, soul y pop funcionan aquí con una precisión casi insolente: todo parece fácil hasta que uno intenta averiguar por qué funciona. Durante tres minutos vuelve a ser julio y eso, a finales de septiembre, tampoco es poca cosa.
El cielo vuelve a oscurecerse con Arun Sood y Angeline Morrison, aunque en las Hébridas conocen desde hace siglos otras nubes. A Rìbhinn a Bheil Cuimhn’ Agad abre Donn/Dubh, álbum construido alrededor de una herencia que cruza Escocia, Jamaica e India y de una investigación en canciones gaélicas, archivos familiares y antiguos textos celtas donde los vientos aparecían asociados a colores. Entre folk, dub, electrónica y drone surgen incluso grabaciones realizadas en 1952 de un tío de Sood cantando salmos. Lo hermoso del asunto es que nada parece colocado allí para acreditar una tesis. La memoria circula por la canción como esas historias familiares que cambian ligeramente cada vez que alguien vuelve a contarlas y, sin embargo, conservan una verdad que ningún documento sabría certificar.
También observa la naturaleza Francesca Gaza, aunque ha elegido algo bastante menos aparatoso que una tormenta. Crown Shyness toma su nombre del fenómeno mediante el cual las copas de ciertos árboles crecen próximas sin llegar a tocarse. Spazio Toccato Con Mano, interpretada con su Kugelförmigkeit Ensemble, traslada esa distancia mínima al jazz, la música antigua y la composición contemporánea. Los instrumentos se aproximan, retroceden y dejan pequeños espacios libres. Gaza parece saber algo que muchos músicos tardan una vida en aprender: una nota tiene también la forma del silencio que queda a su alrededor.
Nina Winder-Lind no está para tanta contemplación. La integrante de The New Eves abre su debut Wild Love con Street Hassle y una guitarra eléctrica utilizada para aquello que históricamente ha servido mejor una guitarra eléctrica: explicar lo que una conversación probablemente estropearía. Hay folk sueco detrás, pero también rock’n’roll y una aspereza que nadie ha tenido la mala idea de pulir.
A Sen Morimoto, por el contrario, le sobran conversaciones consigo mismo. Overthinkeranticipa Time Is On Your Side, cuarto álbum del músico japonés-estadounidense afincado en Chicago, después de descubrir que pelearse con el tiempo no parece una estrategia especialmente eficaz para conservarlo. Jazz, hip hop, pop setentero y canción de autor acompañan a un hombre pensando sobre su costumbre de pensar demasiado. Algunos títulos describen una canción; otros podrían aparecer en nuestra historia clínica.
Y justo entonces, cuando septiembre empieza a acumular demasiadas explicaciones, aparece la guitarra de Vini Reilly.
Más de quince años después del anterior álbum de estudio de The Durutti Column, Renascent recupera uno de los sonidos más singulares que produjo la Inglaterra posterior al punk. Echoes in the Memory apenas dura un minuto y veintidós segundos. Suficiente. Desde The Return of the Durutti Column, Reilly toca como si las notas pudieran romperse al caer al suelo y hubiera que sostenerlas unos segundos antes de dejarlas marchar. Mientras muchos compañeros de generación convirtieron su pasado en una profesión razonablemente rentable, él continúa pareciendo ligeramente sorprendido de tener uno.
Quizá por eso Echoes in the Memory dura tan poco: ciertos recuerdos empeoran cuando intentamos retenerlos.
GB, alias del danés Gustav Berntsen, recoge el hilo con The Next Day, incluida en Herzsprung. Guitarra, chelo, piano, percusión, jazz-fusión y psicodelia acompañan unas letras elaboradas parcialmente mediante palabras recortadas de periódicos londinenses. Las noticias pierden así su función original y adquieren otra vida. Confieso cierta simpatía por el procedimiento: visto el contenido habitual de un periódico, convertirlo en canción parece uno de los destinos más dignos que puede aguardarle.
Más improbable todavía resulta el encuentro entre Cornelius y The Monochrome Set. You Make Me Cyborg pertenece a Refractions, disco de Keigo Oyamada por el que también circulan Sean Ono Lennon, Arto Lindsay y Shintaro Sakamoto. Aquí Bid, superviviente ilustre del pop británico más oblicuo, escribe las palabras mientras Cornelius desmonta y reconstruye la canción con esa precisión suya de relojero al que alguien ha dejado solo durante la noche. Dos músicos separados por geografía, generaciones y tradición terminan entendiéndose perfectamente porque ambos llevan décadas desconfiando de las líneas rectas.
Los metales de Huntertones abren después otro claro con Thank You, composición de Bonnie Raitt cantada aquí por Rachael Price, de Lake Street Dive. Forma parte de Transmission, donde el grupo estadounidense combina jazz, funk y soul —también aparece Wichita Lineman junto a Kurt Elling— con una virtud cada vez menos frecuente entre músicos técnicamente apabullantes: saben cuándo terminar una frase. Saber tocar mucho está estupendamente. Saber qué no tocar suele ser bastante más complicado.
De Railcard todavía sabemos poco y conviene conservar durante un rato ese privilegio. Flannelette, incluida en Two Steps At A Time, trae guitarras, melodía y una saludable ausencia de currículum kilométrico. Hubo un tiempo, tampoco tan remoto, en que podíamos enamorarnos de una canción sin conocer el desayuno del cantante, sus diez discos favoritos, el nombre de su perro y la marca del amplificador que utilizó en la segunda toma. Comprábamos un disco porque nos gustaba una portada y durante semanas ignorábamos incluso la edad de quien cantaba. Sobrevivimos razonablemente bien.
Mucho más reconocible es el piano de Agnes Obel, aunque Laymelli introduce movimientos nuevos. Seis años después de Myopia, la danesa prepara The Meaning of Flowers con una composición de casi siete minutos escrita, interpretada, producida, grabada y mezclada por ella misma. La maternidad atraviesa el origen del disco y la electrónica gana espacio alrededor de ese piano que siempre ha parecido medir cuidadosamente la distancia entre dos notas. Obel consigue además algo particularmente extraño en estos tiempos: que sea el oyente quien reduzca el volumen del mundo para acercarse a ella.
Beck, en cambio, ha llamado a viejos amigos. In The Night forma parte de Ride Lonesome, su primer álbum de canciones nuevas desde Hyperspace, y reúne nuevamente a Joey Waronker, Justin Meldal-Johnsen, Smokey Hormel, Roger Joseph Manning Jr. y Jason Falkner, nombres asociados a distintas etapas de Mutations, Sea Change y Morning Phase. Nigel Godrich reaparece en las mezclas. La reunión podía haber acabado en una sesión de antiguas glorias contemplando fotografías, pero ocurre algo bastante más interesante: las mismas personas regresan muchos años después y comprueban que ya no son exactamente las mismas. Las manos recuerdan; las canciones, afortunadamente, no siempre obedecen.
Con Outer World reincidimos gustosamente. Present Perfect Future Past, incluida en Home, vuelve a reunir a Tracy Wilson y Kenneth Close, ahora rodeados por una formación ampliada, en su cruce de psicodelia, post-punk y pop concebido como si alguien en 1967 hubiera intentado imaginar 2026 disponiendo de información equivocada. El título parece escrito para septiembre: presente perfecto, futuro y pasado apretujados dentro de cuatro minutos. Algo parecido ocurre al abrir la agenda después de vacaciones y comprobar que agosto, contra toda evidencia, apenas solucionó nada.
Romano Bianchi plantea después Mais Comment font les Gens ?, una pregunta cuya traducción —¿pero cómo lo hace la gente?— llevo años formulándome al observar a determinados adultos capaces de trabajar, hacer deporte, cocinar lentejas y recordar dónde guardaron las llaves. La canción anticipa Amore Infinito, tercer álbum del ginebrino, después del folk-rock sesentero de Fringale y las inclinaciones más experimentales de Le Don et la Disgrâce. La chanson continúa en el centro, pero literatura, cine y autobiografía han comenzado a desordenar convenientemente las referencias. Bianchi parece menos interesado en demostrar qué discos conoce que en averiguar qué puede hacer con todo lo que ha escuchado.
Para entonces caen las primeras gotas.
Son pocas, de esas que todavía permiten fingir que quizá todo quede en nada.
Y Conde y Los Archiduques cantan El Final del Verano.
Cerezas, vino, melón, baños nocturnos, dos personas que comprenden que las horas empiezan a descontarse. Procede de Verano, publicado a mediados de agosto, y cierra estas veinte canciones sin necesidad de añadir demasiada metafísica. Todos los veranos comienzan llevando escondido su último día. También todas las canciones contienen el silencio que llegará después. Lo sabemos y aun así volvemos a ponerlas.
Quizá septiembre sea precisamente eso: un comienzo construido con pequeñas despedidas. Guardamos el bañador, recuperamos horarios, los colegios vuelven a llenarse, anochece un poco antes y fingimos que empieza una temporada completamente nueva cuando en realidad continuamos exactamente donde lo dejamos. Solo que algo más morenos, bastante menos descansados de lo que contamos y con veinte canciones nuevas en el bolsillo.
Miro otra vez aquella nube negra.
Continúa ahí, cargada de desahucios deshumanizantes, climatología perturbada, guerras que ya duran demasiado y una clase política desnortada que parece discutir incluso sobre dónde queda el norte. Mañana probablemente seguirá encima de nosotros. Pasado mañana, quién sabe. Uno acaba comprendiendo que esperar a que desaparezca para empezar a vivir sería concederle demasiado poder.
Así que vuelve a sonar Witch Doctor. Después vendrán Michelle Gurevich, Vincent Delerm, Les Agamemnonz, The Durutti Column, Agnes Obel, Beck y las demás. Poco más de una hora durante la cual esa nube no desaparece, pero tampoco manda.
Dejo el paraguas cerrado.
Que llueva.
Tenemos música.


