Las Gotas de Dios: tierra, mar y la herencia imposible de Alexandre Léger

La emisión de la season finale de Las gotas de Dios coincidió —caprichos del calendario cultural— con el terremoto mediático que rodeó a René Redzepi, el chef danés cuya reputación empezó a resquebrajarse tras las denuncias sobre los abusos laborales en NOMA. La comparación no resulta gratuita. En la serie, el enólogo Alexandre Légerpertenece a esa misma genealogía de visionarios obsesivos para quienes la búsqueda de la perfección gastronómica termina convirtiéndose en una pedagogía emocional bastante agresiva. Incluso muerto, Léger sigue moviendo los hilos del relato, como si cada botella de su colección fuese una pieza de un tablero que nadie ha terminado de recoger.

Ese fantasma paterno sigue dominando la segunda temporada de Las gotas de Dios, la producción franco-japonesa creada por Quoc Dang Tran y dirigida por Oded Ruskin, adaptación del manga de Tadashi Agi y Shu Okimoto que en 2023 apareció en Apple TV+como una rareza elegante y terminó llevándose un Emmy Internacional. La primera temporada había planteado el duelo entre Camille Léger y Issei Tomine como si la cata fuese una disciplina olímpica: memoria sensorial contra memoria sensorial, botella contra botella. Camille ganó la colección de vinos de su padre. Pero el verdadero terremoto narrativo llegó después: ambos descubrían que eran medio hermanos.

Tres años más tarde la historia retoma ese vínculo todavía inestable. Camille intenta gobernar la bodega familiar mientras combate una sensación incómoda de impostura; Issei atraviesa una crisis más profunda, convencido de que su talento quizá pertenecía más al sueño de su mentor que a una vocación propia. La relación entre ambos intenta asentarse bajo una fórmula prudente —hermanos que aprenden a convivir con una herencia complicada— hasta que el difunto Alexandre Léger vuelve a intervenir desde el más allá.

El detonante es una botella sin etiqueta. En las notas de Léger aparece descrita como la perfección absoluta, “la ambrosía de los dioses”. El problema es que el propio enólogo murió sin descubrir su origen. Lo que sigue es una odisea sensorial por distintos territorios del vino.

Ahí entra Georgia, probablemente el escenario más importante de toda la temporada. La serie presenta el país como lo que realmente es: la cuna del vino. Un territorio donde la viticultura no pertenece a una industria moderna sino a una tradición que se remonta miles de años atrás. Gran parte del rodaje se desarrolló allí durante ocho meses, algo que se nota en pantalla. Las colinas, las casas rurales, las bodegas excavadas en la tierra y los viñedos que parecen confundirse con el paisaje convierten a Georgia en algo más que una localización: es el verdadero corazón narrativo de la temporada.

La búsqueda del origen del vino misterioso lleva a Camille e Issei hasta esa campiña georgiana, donde el misterio del padre se mezcla con conflictos familiares que llevan décadas fermentando en silencio. Viejas rivalidades, secretos heredados y relatos enterrados emergen poco a poco, como si cada botella guardara un fragmento de memoria. La serie encuentra ahí uno de sus mejores registros: el vino entendido como archivo cultural, como memoria colectiva que atraviesa generaciones.

El viaje continúa por Grecia, España e Italia, mientras Francia permanece como punto de gravedad. El Domaine Chassangre —rodado en el real Château de Beaucastel, en Châteauneuf-du-Pape— funciona como el centro emocional de Camille, cada vez más ligada a la tierra y a una viticultura biodinámica que entiende el vino como una conversación entre clima, suelo y paciencia.

Issei, en cambio, busca respuestas en dirección contraria. En Okinawa se entrega al buceo en apnea, descendiendo hacia la oscuridad del océano como si la falta de oxígeno pudiera desencadenar la misma clase de visiones sensoriales que Camille experimenta al catar un vino extraordinario. Si ella representa la gravedad de la tierra, Issei empieza a pertenecer al agua.

Esa oposición simbólica sostiene buena parte del relato. Tierra y mar. Viñedo y océano. Mientras recorren distintos países siguiendo el rastro de la botella enigmática, la relación entre ambos atraviesa fases contradictorias: complicidad prudente, tensiones latentes, reconciliaciones parciales. Hasta que una mentira de Camille en el penúltimo episodio provoca un daño profundo que pone en cuestión todo lo que habían intentado reconstruir.

En ese punto la serie revela su verdadera naturaleza. Las gotas de Dios no trata tanto de vino como de herencias emocionales. De padres cuya obsesión termina definiendo la vida de sus hijos. De la manera en que la ambición cultural —concursos, premios, prestigio— puede contaminar algo que en su origen era simplemente un gesto humano: cultivar la tierra y compartir una botella.

La temporada se despide con una elección musical que parece pensada para cerrar el círculo. Suena You and Your Sister, de Chris Bell, en la versión espectral de This Mortal Coil. La canción habla de vínculos incómodos, de afectos que sobreviven a pesar de las sospechas y las heridas. Camille y Issei quedan suspendidos en ese territorio ambiguo: ella ligada a la tierra, él todavía mirando hacia el mar.

Al final, la serie sugiere algo bastante hermoso: que el vino —como las relaciones humanas— no se entiende en el momento en que nace. Necesita tiempo, silencio y una cierta dosis de incertidumbre para revelar su verdadero sabor. Y a veces —como en Georgia— también necesita historia. Mucha historia.