Les Rita Mitsouko: las dificultades de la aritmética

Marcia Moretto murió de cáncer a los 36 años. Poco después, mientras Catherine Ringer y Fred Chichin trabajaban en sus canciones, Catherine quiso escribir algo para recordar a aquella amiga que le había enseñado a bailar también con la cara. Al cantarlo imitó su acento argentino, como quien recuerda una conversación y descubre que las palabras vuelven con la voz de la otra persona. Con el tiempo, algunos reconocerían en aquella pronunciación a Dalida, la estrella de la canción francesa nacida en El Cairo en el seno de una familia italiana. Ringer tuvo que explicar que estaba pensando en Marcia. El parecido que otros encontraban pertenecía a sus propias escuchas; ella había llegado hasta esa voz siguiendo un recuerdo.

Marcia Baïla, incluida en el debut de Rita Mitsouko (Virgin, 1984), alcanzó el número dos francés en 1985. Miles de personas bailaban una canción sobre una mujer que ya no podía hacerlo, sin que a su autora le molestase que algunas conocieran apenas el estribillo. También ellas prolongaban, a su manera, el movimiento de Moretto. Para Ringer, fallecida ayer a los 68 años, aquella forma de devolverle el acento a una amiga requería algo más que emoción. Llevaba años aprendiendo a modificar su voz, a encontrar dentro de ella otras edades y otros gestos, aunque la crítica resolviera con frecuencia semejante trabajo mediante un adjetivo bastante menos laborioso: «extravagante».


Había comenzado a explorar esas posibilidades a los 17 años, junto a Michel Puig, en el teatro musical contemporáneo. Allí trabajaba con sonidos que una enseñanza más convencional habría tratado de corregir, una formación a la que se sumó su colaboración con Iannis Xenakis, interesado en una voz próxima a la de las campesinas griegas. Algo de ese aprendizaje permaneció en su manera de estirar una sílaba, cambiar de registro o acompañar una frase con una mueca que trastocaba su sentido. La expresión de su cara podía complicar lo que acababa de cantar, sin necesidad de añadir una sola palabra.

Cuando conoció a Fred Chichin, en 1979, tuvieron que resolver problemas más prácticos. Actuaban con un magnetófono sobre una silla: él tocaba la guitarra, ella cantaba y alternaba teclados o bajo, mientras la cinta aportaba las partes restantes. El tercer integrante era una versión anterior de los otros dos, que había llegado antes y esperaba sentada. Aquella manera de arreglárselas acabaría tomando forma en el primer álbum, coproducido con Conny Plank, en el que las guitarras y los sintetizadores acompañaban a una voz poco dispuesta a mantener el mismo gesto durante toda la canción. El éxito de Marcia Baïla había nacido de ese trabajo entre ambos, bastante antes de que pudieran saber cuánta gente acabaría bailándolo.


La incorporación de Tony Visconti a la producción compartida de The No Comprendo(Virgin, 1986) dio lugar a un disco en el que Ringer podía pasar de la insinuación a la impaciencia dentro de una misma escena amorosa. En Andy, el funk sostiene una insistencia que va complicando la seducción: por momentos cuesta decidir si quien canta lleva las riendas o está empezando a perder los nervios. C’est comme ça le proporciona un estribillo de apariencia más firme contra el que forcejear, deformando las sílabas de una expresión corriente hasta hacerla sonar bastante menos resignada de lo que sugiere la letra. Su experiencia teatral encontraba acomodo en canciones que la radio podía repetir sin necesidad de explicar de dónde venían.

En Les Histoires d’A., con el violín participando de la agitación sentimental, esa facilidad para implicarse en una situación y advertir al mismo tiempo su ridiculez alcanza uno de los momentos más felices del disco. Chichin tenía mucho que ver con la construcción de aquellas canciones: componía, tocaba varios instrumentos y coproducía, igual que su compañera. La discreción de sus apariciones favoreció el reparto de papeles entre una cantante desbordante y el guitarrista que parecía acompañarla con paciencia, aunque bastaba leer los créditos para comprobar cuánto trabajo quedaba fuera de la fotografía.

Sparks encajaron en Marc & Robert (Virgin, 1988) con la naturalidad de quienes también sabían cuánto podía complicarse una declaración amorosa si se cantaba con excesivo convencimiento. Singing in the Shower aprovecha esa afinidad, mientras Le Petit Train, incluida en el mismo álbum, lleva la relación entre melodía y letra a un terreno bastante más incómodo. El tren que parece avanzar con tanta ligereza transporta deportados hacia los campos nazis. Cuando comprendemos el destino, el ritmo ya ha hecho su trabajo y resulta difícil escuchar la canción como unos segundos antes.

Para Ringer, hija del pintor Sam Ringer, superviviente de la deportación, aquella historia tenía consecuencias familiares. Volvería sobre ella en C’était un homme, incluida en Cool Frénésie (2000), y al hablar de su padre reconocería también las dificultades afectivas que había dejado esa experiencia. Admirarlo no le impedía recordar lo difícil que había sido crecer a su lado. Esa franqueza ayuda a entender unas canciones capaces de tratar asuntos dolorosos sin adoptar siempre un tono grave, aunque sería excesivo buscar una desgracia detrás de cada ocurrencia de Les Rita Mitsouko: el deseo, el humor y el placer de probar también les daban motivos suficientes para ponerse a trabajar.

Los siguieron encontrando después de sus mayores éxitos. El ingeniero Pascal Garnon recordaba los meses de grabación de Système D (1993) en una casa de Marruecos adaptada como estudio, con cables que permitían aprovechar distintas estancias. Iggy Pop participó en My Love Is Bad. Todavía en Variéty (2007), con Serj Tankian en Terminal Beauty, el dúo seguía incorporando otras voces a su relación. La muerte de Chichin, en noviembre de aquel año, interrumpió casi tres décadas de trabajo conjunto que Ringerresumiría después con una cuenta poco ortodoxa: antes eran dos; ahora ella era una y media.

Retomó la gira tres meses después. Ring n’ Roll (Because Music, 2011), su primer álbum de estudio solista, tardaría cuatro años en llegar, y Mahler permite hacerse una idea de la dificultad de escribir algunas de aquellas canciones. No conseguía componer sobre Fred sin Fred; las palabras llegaron mientras escuchaba la Quinta sinfonía. Una música ajena le había permitido encontrar qué decir, aunque su actividad posterior también tendría otros asuntos de los que ocuparse. Trabajó con Eduardo Makaroff y Christoph H. Müller en Plaza Francia, publicó Chroniques et fantaisies (Because Music, 2017) y siguió buscando colaboradores. En 2024, ocupada con un espectáculo de poesía, dejó para cuando fuera vieja la propuesta de un periodista de repasar su vida. Tenía palabras ajenas que aprender a decir.


Dos personas, una banda y una operación cuyo resultado nunca fue del todo exacto. Les Rita Mitsouko hicieron de la canción un arte de mutaciones: el recuerdo de Marcia Moretto se volvió Marcia Baïla; el teatro musical, una técnica vocal capaz de cambiar de máscara sin perder el pulso; el estudio, un instrumento más. Esta secuencia sigue ese aprendizaje desde Restez avec moi y C’est comme ça hasta las canciones que Catherine Ringer firmó después de Fred Chichin, cuando el dos se convirtió en una cifra extraña —“una y media”, dijo ella—. Una escucha sobre memoria, oficio, deseo y continuidad, con alguna cuenta pendiente.