Alberto Montero regresa con Ciudad Dormida (BCore, 2023), un álbum que teje con retales de toda su trayectoria y los mezcla con nuevas inquietudes. Desde los ecos de folk y pop de sus primeros trabajos hasta experimentaciones que lo acercan a la psicodelia, la música clásica y sonoridades latinoamericanas, este disco se convierte en una síntesis de los muchos caminos que ha transitado a lo largo de su carrera. El ex-componente de Shake nos recibe vía Zoom desde su casa en Canet, con el frío húmedo del invierno acechante quedando al margen de una conversación cercana y distendida. A lo largo de la charla, el músico de Puerto de Sagunto comparte detalles sobre el proceso creativo de su nuevo trabajo, su relación con la incertidumbre artística y las colaboraciones que han dado forma a un disco que refleja su momento más personal. Con Ciudad Dormida, Alberto Montero demuestra que, pese a lo agridulce que puede ser a veces la brega con la creatividad, sigue evolucionando sin perder su identidad.
Supongo que la ‘Ciudad Dormida’ es un lugar emocional ¿o se trata de un emplazamiento físico y determinado?
Cuando pienso o escribo letras, muchas veces no tengo cien por cien claro de lo que estoy hablando. Pero para mí, La ciudad dormida tiene varias interpretaciones. Una de ellas es la del subconsciente, esa parte de nosotros que se manifiesta, sobre todo en el proceso creativo, pero que no siempre tenemos presente. Luego, al analizar las letras, surge. También está el mundo onírico, que por supuesto está relacionado con el subconsciente: ese espacio que recorremos en los sueños, que a veces parece familiar pero realmente no existe. Para mí, esa podría ser también una ciudad dormida. Además, hay un barrio en el Puerto de Sagunto al que siempre han llamado “La Ciudad Dormida”, y me hizo gracia esa coincidencia.
¿Con esto quieres decir que sueles recordar tus sueños con nitidez?
No siempre, pero sí. De hecho, muchas melodías me llegan en sueños. Recuerdo que cuando hice el podcast de El Desencanto y analicé canción por canción, me sorprendió darme cuenta de que muchas melodías las había soñado. Pensaba que serían una o dos, pero eran muchas más. Me despertaba con la melodía en la cabeza y me levantaba a grabarla. No siempre recuerdo los sueños, pero sí suelo recordar sensaciones o fragmentos.Creo que ese momento entre la vigilia y el sueño es ideal para la creatividad. Es un estado donde la razón no controla tanto los procesos y la mente fluye más libremente. De ahí suelen surgir ideas mucho más inspiradas.
Jorge Luis Borges usaba los sueños como una puerta para deslizarse a una dimensión distinta, paralela e intelectualizada. Mircea Cartarescu los utiliza para conducirnos a la propia realidad ¿De qué equipo es Alberto Montero?
Creo que ambas ideas tienen algo de cierto. Nos abren la puerta a un mundo que no siempre somos conscientes de habitar, pero que es tan real como cualquier otro. Ese mundo nos enseña cosas ocultas sobre nosotros mismos. Así que pienso que ambos conceptos pueden ser complementarias.
Tu trayectoria, especialmente desde ‘Arco Mediterráneo’ viene marcada por los cambios vitales y geográficos ¿tus canciones surgen a consecuencia de ellos o son reflejo de su asunción por tu parte?
Las canciones reflejan lo que vives en el día a día. En mi caso, el lugar donde hemos vivido siempre ha sido importante. Por ejemplo, nos fuimos a Barcelona y luego volvimos a Valencia. Ese cambio fue significativo para la familia: nos fuimos siendo dos y volvimos siendo tres. Todo eso se filtra inevitablemente al escribir letras para las canciones.
¿'Ciudad Dormida' es una síntesis de todos los Albertos Monteros posibles?
Sí, tenía ganas de volver a recopilar sin ninguna idea estilística preconcebida. Este disco recoge todo lo que más me gusta: canciones más barrocas, folk inglés, rock, pop, incluso soft rock. También hay puntos orientados hacia la música clásica, como en Nube violeta. Esto es algo que hacía con discos como Mediterráneo, Claro oscuro, Puerto Príncipe o Arco Mediterráneo. En La catedral sumergida fui hacia un estilo más conceptual y clásico, y en El desencanto más hacia el pop. Ahora creo que he vuelto a un enfoque más globalizador respecto a mis estilos musicales.

Pensando en artistas y discos de pop que se asoman a lo onírico para extraer reflexiones sobre lo que nos acontece… por ejemplo de Pink Floyd a Jacco Gardner, pasando por Talk Talk o Cocteau Twins ¿Tenías en mente a algún músico como referente cuando construías la “Ciudad Dormida”?
No, la verdad es que no tenía un artista en mente. Excepto quizás Lucio Battisti, que sí está muy presente en Cae la noche, aunque tampoco lo planeé. Ahora que lo mencionas, veo algo de Pink Floyd también. Creo que, con los años y los discos, he desarrollado una especie de estilo propio que se siente cómodo en una nebulosa estilística. No suelo pensar en darle un sonido concreto a mis discos, y creo que eso es una de mis fortalezas: no es música demasiado imitativa. Mis influencias están ahí, a veces más evidentes y otras menos, pero siempre con un sello personal.
Ahora que me viene a la cabeza, quería preguntarte por ese autotune tan curioso que utilizas con tu voz en la canción que da nombre al disco ¿querías descolocar al oyente de alguna manera?
La verdad es que la inspiración vino del disco Flore de Gabriel Ríos, donde juega mucho con la voz y mezcla música folclórica con un toque moderno. Pensé que sería bonito experimentar con eso, aunque solo lo hice en esa canción. Quería darle otro matiz a mi voz, más grave, pero sin cambiar la altura. Fue directamente un intento de emular la producción de Gabriel Ríos.
¿Persiste alguna traza de influencia de proyectos paralelos como el EP compartido con Tórtel o el disco de ‘Algo’ junto a Gonzalo Fuster en tu obra reciente? ¿O este proyecto es personal e intransferible hasta la médula?
Sí, este disco es muy personal. Después de disfrutar mucho el proceso de Algo con Gonzalo, tenía ganas de volver a hacer algo propio. Habían pasado cuatro años desde mi último disco en solitario, y me sumergí en mí mismo. También creo que este disco es más recopilatorio de mis estilos. Fue liberador trabajar sin tener que consensuar cada detalle con otra persona, como ocurría en la colaboración con Gonzalo, que aunque fue bonita, también resultó agotadora
¿Podríamos definir el estilo de tu nuevo disco como folk psicodélico?, ya que hay canción popular pero también hay un viaje más allá de la conciencia…
Sí, creo que hay mucho de folk psicodélico, pero también otros estilos. Por ejemplo, El corazón de la flor de hielo me suena a Stereolab, muy pop. Durante una gira con ellos, los estudié mucho, y creo que esa influencia quedó. Los arreglos de cuerda, por ejemplo, tienen algo de Sean O’Hagan. También hay rock psicodélico. La psicodelia une toda mi trayectoria: puede ser folk rock o clásica, pero siempre con un toque ensoñador y cósmico.
En el repertorio destaca, entre otras, ‘Nube Violeta’(una suerte de Chabuca Granda mecida en psicodelia cantada a dúo con los peruanos Alejandro y María Laura). ¿Cómo surgió la colaboración?
Ellos llegaron a España a principios del verano de 2023. Están en la misma agencia de booking con la que he trabajado en dos discos. José Luis Cuevas, que es amigo, me comentó que había una pareja de peruanos recién llegados a Valencia, con una hija pequeña. Nos vimos en un concierto en el Centro Excursionista y al día siguiente ya estábamos en el cumpleaños de su hija. Nos hicimos amigos desde el primer día, y desde entonces mantenemos una relación estrecha. No conocía su música, pero me hice fan porque son buenísimos. Así surgió la colaboración: pensé que Nube violeta podría funcionar bien a tres voces. Ellos aportaron ideas clave, como el timbal base y repetir la melodía final. Grabamos las voces en su casa, y fue una experiencia muy bonita.
Tengo entendido que los cimientos del disco están construidos a partir de la guitarra acústica pero sin esos arreglos y la participación de tu banda (ora Vainica Doble, los Love y Beatles que asoman por allá, Sudamérica a través de una bossa o un vals peruano) el empaque final no sería el mismo ¿verdad?
Sí, estas canciones son muy defendibles con una guitarra, pero los arreglos las elevan a otro nivel. El trabajo de Román y Marcos siempre da otra dimensión a las canciones. Román, por ejemplo, apenas necesita indicaciones: toma la canción, hace los arreglos, y lo que devuelve siempre es increíble. Es muy satisfactorio trabajar con músicos en los que confías plenamente, y me siento afortunado de tener una banda tan talentosa. A veces alucino de que sigan tocando conmigo a estas alturas
Te muestras menos críptico que en discos anteriores pero sí más crudo y diáfano en tu aproximación al autoconocimiento ¿cómo crees que puede afectar eso al oyente? ¿No sientes pudor en este sentido?
Sí, a veces siento pudor, pero cuando escribo no lo pienso. Escribo primero para mí, y aunque sea menos críptico, me esfuerzo en mantener un cierto velo que permita otras interpretaciones. Últimamente quiero ser más claro en mis letras, sin perder lirismo. Creo que tiene mérito escribir una buena letra con una temática clara pero poética. Estoy buscando ese equilibrio
Creo que en una pieza breve y delicada como ‘La Posibilidad’ puede estar la clave del disco ¿Es la incertidumbre el motor creativo de Alberto Montero?
Este disco se basa mucho en la incertidumbre. Después de dos discos temáticos (La catedral sumergida y El desencanto) y uno con Gonzalo (Algo), no sabía qué hacer. Las primeras canciones que escribí no me gustaron. Por ejemplo, La posibilidad nació como un interludio de una de esas canciones descartadas. Habla del miedo a no encontrar inspiración nunca más. Ese tema, la crisis creativa, atraviesa todo el disco. La incomodidad y La obligación, por ejemplo, también tratan sobre ello: de cómo a veces te obligas a componer cuando debería ser un placer. La incertidumbre creativa es uno de los pilares de este disco.


