Yaya Bey / Do It Afraid (Drink Sum Wtr, 2025)

Hay músicos que levantan muros alrededor de sus inseguridades. Otros, con algo más de valor —o quizá de obstinación—, prefieren desnudarlas, ponerlas sobre la mesa y hasta invitarnos a bailar con ellas. La música tiene esa propiedad curiosa: permite exhibir fragilidad sin perder el control, ordenar las zozobras al ritmo que uno elija. Yaya Bey, en Do It Afraid, vuelve a poner su propia vida en primer plano, pero esta vez no como catarsis solemne sino como un ejercicio de ligereza deliberada, elegante y cargado de matices. Un reverso brillante —y suntuoso— a ese minimalismo confesional que otros favoritos de esta casa, como Eddie Chacón, han llevado también con acierto a su terreno.

Hija de Grand Daddy I.U., habitual del underground rapero neoyorquino, Yaya Bey lleva años trazando su particular crónica de la identidad negra desde los márgenes del R&B, el soul y el hip hop. Tras el aclamado Ten Fold (2024), donde el duelo por la muerte de su padre y su propio desgaste emocional se trenzaban con un humor muy suyo, Bey sintió el riesgo de convertirse en portavoz involuntaria del sufrimiento negro. De ahí nace este nuevo paso: Do It Afraid como reafirmación de los muchos otros pliegues de su identidad, no menos complejos pero sí más lúdicos, más disfrutables. “Ser negra es muy divertido”, dijo hace poco con media sonrisa, “aunque algunos insistan en recortar esa experiencia a una sola cara”.

Concebido, producido y financiado de forma absolutamente independiente, Do It Afraid suena a libertad ganada. Un recorrido de 18 pistas breves, más cercano a la lógica del mixtape que al álbum conceptual, donde Yaya Bey conecta los puntos de su mapa estético: neo-soul, jazz de club, soca caribeña, acid-jazz, reggae filtrado por el dub, hip-house saltarín y hasta algún exabrupto de scat-rap. Todo está ahí, pero nada sobra. Un collage vibrante que respira la ligereza de quien no necesita exhibir solvencia porque la da por sentada.

El disco arranca con wake up btch*, una suerte de autoexhortación con teclado cálido y fraseo urgente, donde Bey nos recuerda que el miedo es condición previa para la valentía. Luego vienen los devaneos sensuales de End of the World, el baile soca de Merlot and Grigio(con el caribeño Father Philis aportando sabor de ron y playa), o la deliciosa nube funk de Dream Girl, que podría sonar de fondo en cualquier pista de patinaje iluminada por bolas de espejos.

Hay momentos de rap áspero y orgánico, como Cindy Rella, o de confesión contenida, como Raisins, uno de los corazones emocionales del álbum, producido por DJ Harrison (Butcher Brown), donde Bey dialoga —y llora— sobre los legados familiares y los miedos que persisten entre generaciones. En Bella Noches Pt. 1, la crítica social late sobre bajos alquileres y sueldos miserables, pero siempre desde la tensión bailonga que atraviesa todo el álbum. El cierre con A Surrender destila una calma madura: aceptar que quizá no todo salga como uno desea, pero que hay que avanzar de todos modos.

En manos menos finas, esta colección de ideas habría derivado en pastiche o en dispersión gratuita. Pero aquí el hilo es firme: una escritura aguda, una producción medida y la capacidad de Yaya Bey para transformar confesión en coreografía, política en goce, miedo en motor. La suya es una resiliencia que descarta epatar o dramatizar, sino que prefiere habitar las zonas grises con una actitud que se asemeja al disfrute.