La música de Yasmine Hamdan nunca ha sido amiga de las fronteras. Las ha atravesado con la misma naturalidad con la que cambia de dialecto: el beduino para dar voz a un personaje sensual y enigmático, el egipcio cuando quiere teñir de romanticismo melodramático una escena, el libanés para cargar las frases de peso urbano, o incluso el árabe clásico cuando necesita la solemnidad de un pregón. El rechazo frontal a la etiqueta de world music no es un capricho: Hamdan detesta que la coloquen en un cajón intelectual destinado a todo lo que no cabe en la categoría de “Occidente”. Su empeño ha sido siempre otro: retorcer, distorsionar, jugar con la herencia árabe hasta liberarla de cualquier corsé, a veces incluso aplicando delays y efectos que cortan de raíz cualquier tentación de exotismo romántico.
Tras ocho años de silencio discográfico —su último álbum, Al Jamilat, apareció en 2017— la libanesa afincada en París regresa con I Remember I Forget (بنسى وبتذكر), una obra atravesada por la memoria y el desplazamiento. El parón fue más largo de lo previsto: la pandemia, la explosión del puerto de Beirut, la crisis económica de su país y una sensación general de estruendo mundial hicieron que Hamdan necesitara apartarse, buscar claridad, y volver solo cuando tuviera algo que decir. Y lo tiene.
El recorrido hasta aquí no ha sido menor: pionera con Soapkills, aquel dúo que en los noventa convirtió a Beirut en un inesperado foco de electrónica indie, Hamdan ya apuntaba maneras de agitadora cultural. Más tarde se asoció con Mirwais en el proyecto Y.A.S.(Arabology, 2009), antes de lanzarse en solitario con Ya Nass (2013) y Al Jamilat (2017). En paralelo, dejó su huella en el cine, desde Elia Suleiman a Jim Jarmusch, apareciendo en Only Lovers Left Alive para cantar “Hal” en un café de Detroit. Ahora, con este tercer álbum, confirma que su brújula sigue marcando coordenadas poco convencionales.
I Remember I Forget está grabado entre París, Sicilia y Beirut, con producción compartida junto a Marc Collin (Nouvelle Vague) y un cameo de Nicolas Jaar en la remezcla del incisivo “DAYA3 ضياع”. Lo que suena es una aleación arenosa de electrónica y folk árabe, con especias prestadas de tradiciones palestinas, sudanesas, nubias e incluso de ecos japoneses y pakistaníes. Hamdan trabaja como una alquimista: toma un motivo ancestral, lo somete a un proceso digital inesperado, y lo devuelve cargado de tensiones y grietas.
Las canciones funcionan como escenas de una película íntima y política. “Hon (هون)” abre con oud reverberante y versos del poeta palestino Anas Alaili: “Una tierra pequeña / con una herida abierta”. “Shmaali (شمالي)” rescata la tradición cifrada de las tarweedas, los cantos que las mujeres palestinas entonaban para comunicarse con presos burlando la censura; aquí suenan como un himno coral que incluye las voces de la propia hermana de Yasmine. “Shadia (شادية)” podría estar en un thriller setentero, mientras que “Seven vows (سبع صنايع)” empieza como balada en penumbras y termina con percusiones que simulan disparos. La pieza titular, por su parte, se atreve con un pulso de acid house para recitar un mantra inquietante: “Asesinato, es normal. Saqueo, es normal. Manipulación, es normal…”. Una letanía que denuncia la normalización de lo insoportable.
Es cierto que no todas las piezas encajan con idéntica precisión —“Mor (مرّ التجنّي)”, por ejemplo, se queda en un trip hop algo lánguido—, pero incluso en esos desvíos Hamdan mantiene un pulso personalísimo. El disco opera como un espejo roto donde se reflejan identidades, lenguas, territorios y heridas. Y aunque no faltan momentos de belleza luminosa, hay un poso inevitable de desgarro y resistencia.
Veinte años después de dejar Beirut para instalarse en París, Yasmine Hamdan lanza un álbum que revisa quién fue, quién es y dónde quiere estar. I Remember I Forget no propone certezas, sino preguntas, zonas grises y contradicciones. Y esa es, quizá, la forma más honesta de escribir una memoria en un mundo que insiste en olvidar.


