William Sheller / Symphoman (1977, Philips)

Hay quien cree que los signos del zodiaco explican el genio y el delirio. Y luego está William Sheller, nacido el 9 de julio de 1946 bajo la influencia de Cáncer, con Venus en Leo y un Saturno bien plantado en casa 4. Lo suficiente para escribir sinfonías pop con corcheas enroscadas como nautilus barrocos. Si además uno consulta ciertos portales esotérico-financieros —sí, existen— descubrirá que Sheller posee, supuestamente, una fortuna de más de 200 millones de euros, una línea de perfumes y un club de fútbol en París. Esto último puede ser una exageración, pero explica por qué uno escucha los arreglos de Catherine y piensa que hasta Wilco podrían haberle copiado sin pestañear.

Symphoman apareció en mayo de 1977, cuando Sheller ya había atravesado dos discos de estudio, varias bandas sonoras, una misa eléctrica (Lux Aeterna, 1972) y un hit autocanibal en inglés macarrónico (Rock’n’dollars). Lejos de acomodarse, eligió complicarse la vida. Atrapado entre los focos de la tele, entrevistas en revistas de adolescentes y cenas con empresarios que no entendían ni a Fauré ni a los Beatles, decidió romper por dentro: hizo un disco más ambicioso, más teatral, más suyo. Aunque no siempre brillante, fue su forma de declararse libre. O sin diagnóstico claro, que en su caso es parecido.

Musicalmente, el álbum es una hidra de tres cabezas: pop sinfónico con orquesta, chanson introspectiva y parodia bailable. El título —Symphoman— es ya una pista falsa y verdadera a la vez: ¿superhéroe romántico o paciente aquejado de un exceso de cuerdas? En realidad, ambas cosas. La canción homónima lo deja claro: “Je suis trop romantique / pour être un bon beatnik”. Sheller se ríe de sí mismo, pero no tanto como para dejar de usar oboes, corales y melodías torcidas. Ese equilibrio entre autoironía y orquestación sofisticada es lo que lo distingue.

El álbum se abre con Gimmick Boy, una pieza menor —algún crítico la ha tildado de “penosa”, con razón— que sirve para espantar a los impacientes. Pero pronto llega À franchement parler, una confesión contenida, que habla de la dificultad de hablar claro en tiempos de máscaras. El arreglo con sabor a balada americana despista, aunque hay una versión posterior que redime todo el conjunto. Luego aparece Hey! Docteur Disco, donde Sheller se disfraza de provocador kitsch, ironizando sobre las modas evasivas de la pista de baile. Si cerramos los ojos, vemos a Michel Sardou haciendo de DJ mientras Dalida levita en bolas de espejos.

Pero el alma del disco está en Catherine —dedicada a Catherine Lara—, una postal melancólica con arreglos dignos de Van Dyke Parks tomando un café con Michel Legrand. La canción parece girar en una espiral de recuerdos no resueltos, de amores sin dirección y mujeres hechas de tiempo. Uno podría vivir en ese estribillo durante semanas, y no salir peor parado que de una estancia en el Montparnasse de 1977.

Otros momentos como À l’après-minuit —con sus notas cristalinas— o La musique autour de moi, con sus coros entre épicos y exagerados, muestran el gusto de Sheller por el teatro sin que se le caigan las partituras encima. También están los baches: La Flash Assurance Limitéesuena a jingle pasado de rosca, y Fandango juega a ser moderna sin demasiada puntería. Pero incluso en sus errores, Sheller tiene algo que lo salva: no pretende gustar a todos, sino construir un lenguaje propio, a medio camino entre el diván y la ópera de bolsillo.

La recepción de Symphoman fue ambigua. Vendió bien, pero dejó desconcertados a muchos oyentes. No era ni tan inmediato como sus singles anteriores ni tan majestuoso como Lux Aeterna. Fue un disco de contrastes, de meandros y contradicciones. Pero justo ahí está su valor. Como buen cáncer con casa astrológica en revolución permanente, Sheller entendió que lo suyo no era complacer sino diseñar arquitecturas sentimentales con clarinete, contradanza y retórica de pop de cámara avant la lettre.

Symphoman, aunque irregular, fue un momento clave en su carrera, donde se enfrentó a la sombra creativa de la fama y decidió avanzar hacia un sonido más elaborado y personal. Un disco que no busca aplausos fáciles ni encajar en vitrinas. Como un meandro inesperado donde convergen Mozart y la nostalgia urbana, Sheller sigue siendo una figura tan ineludible como fascinante. Y no, todavía no sabemos si tiene perfume propio. Pero si lo tuviera, olería a madera barnizada, papel pautado y algún recuerdo que se nos olvidó a propósito.