Vincent Delerm / La Fresque (Tôt ou Tard, 2025)

“Viniendo pues a su execución: de todos los modos que los pintores usan, el pintar en pared a fresco es el más magistral…”. Así lo afirmaba Francisco Pacheco, que además de suegro de Velázquez fue maestro en muchas cosas, incluida la defensa del arte como acto irrepetible. Siglos después, Vincent Delerm rinde homenaje a esa filosofía levantando –literalmente– un fresco en plena calle parisina para anunciar su octavo álbum. Una obra mural, pública y frágil, como respuesta física al vértigo digital. O, dicho de otra forma: Delerm sigue empeñado en pintar despacio cuando todo el mundo scrollea.

Seis años han pasado desde Panorama (2019), pero el paréntesis fue más bien aparente. Entre recopilaciones, versiones instrumentales y proyectos híbridos como Le Cœur qui bat(2024), Delerm ha mantenido encendida la llama de su delicado universo multidisciplinar. Su carrera –que atraviesa la chanson, el cine, el teatro y la fotografía– siempre ha preferido los tonos medios a los fuegos artificiales.

Antes de La Fresque, Delerm publicó la triple compilación Comme une histoire / Sans paroles(2022), donde repasaba su carrera y ofrecía versiones de piano de sus piezas más queridas. Y en 2024, el mencionado Le Cœur qui bat, un disco y documental que funcionaba como una reflexión visceral sobre el simple hecho de estar vivo. Ya a comienzos de este 2025 acompañó musicalmente al film La mélange des genres , con un score resueltamente efectivo. Todos estos trabajos dialogan con este nuevo álbum, que podría leerse como epílogo y punto de partida.

La Fresque abre con la canción homónima, que actúa como carta fundacional. Un “generique” íntimo, emocional, que establece el tono general: un autorretrato construido a través de los demás. La portada –con 116 rostros de familiares, amigos e ídolos– da pistas claras. No hay egocentrismo, hay afectos. No hay monumentos, hay memoria. Este álbum es, en el fondo, un acto de celebración y duelo. Una forma de nombrar a los que aún están y de no olvidar a los que ya no.

Las catorce canciones que siguen funcionan como escenas de un largometraje doméstico. Hay joyas como Louis Ciccone, donde el verano del 87 y Madonna se convierten en crónica sensorial del Tarn-et-Garonne, entre petardos mammouth y cassis-limonade. Comme si Paris était une fête bordea la emoción sin empalagar, con versos como “je veux seulement retenir un fragment / vos sourires”. Y Plusieurs, acompañada por un videoclip en el que aparece - entre diversas personas del entorno más cercano de Delerm asomándose a la ventana de la vida - un amigo del músico que viste una camiseta de los High Llamas (detalle delicioso que comenté con el propio Delerm en Instagram), y que parece escrita en colaboración implícita con Sean O’Hagan. Las armonías lo corroboran.

La producción, cuidada pero sin pretensión de grandeza, corre a cargo de Jean-Sylvain Le Gouic, Paco Del Rosso, Rémy Galichet y French 79. Juntos consiguen una atmósfera envolvente, donde las cuerdas, los metales y los pads electrónicos sirven a las canciones, sin invadirlas. Si Beau destaca como un punto álgido: melodía sublime y ecos de François de Roubaix, Francis Lai (se escucha el latir de su Recontre Madly en el corazón del disco), incluso cierta nobleza barroca pasada por un filtro pop.

Los temas abordados no rehúyen lo oscuro. Hay canciones que lidian con la pérdida, los atentados del 13 de noviembre, la enfermedad, el suicidio de un familiar directo al que le gustaba viajar solo a los Pirineos…Pero también hay momentos de luminosidad: himnos a la amistad, a la soledad elegida, a la vida vivida con cierta lentitud o a renovar el amor con la persona amada. Delerm vuelve a demostrar su capacidad para decir mucho con poco, para poner nombre a lo inasible.

La Fresque es también un disco habitado por la conciencia del paso del tiempo y por una ternura sin aspavientos hacia quienes han marcado su camino. Hay canciones escritas de una sola vez, con esa mezcla de urgencia y certeza que a veces se da en quienes han aprendido a no retocar demasiado la emoción. Delerm convive con la idea de no ser exactamente el arquetipo de cantante francés carismático —ni falta que le hace— y parece haber hecho las paces con su figura pública: la del tipo ligeramente desfasado, afectuoso en su torpeza, más observador que protagonista.

El humor que aparece entre versos no es tanto ironía como una forma delicada de autodefensa. Y tras esa superficie de aparente ligereza se cuelan pérdidas dolorosas, silencios densos y una pulsión constante por fijar en la canción lo que la vida tiende a desordenar. El resultado es un disco donde la fragilidad no se esconde y donde el domingo (día sagrado más allá de cualquier religión) sigue siendo ese refugio íntimo donde cocinar, poner un disco de Michel Berger o revisitar a Truffaut es una forma de resistencia emocional.