Es bastante vergonzoso cómo a algunas mujeres se las ha condenado a ser reconocidas por los hombres con los que se relacionaron. Aunque su carrera ha demostrado sobradamente un gran talento como compositora, intérprete y productora de gran altura, es inevitable que, cuando se habla de Véronique Sanson, salgan a relucir sus relaciones sentimentales con Michel Berger primero, y después con Stephen Stills, con quien estuvo casada varios años.
Tras cosechar gran éxito con Amoureuse (1972), álbum que produjo Berger, Sansonconoció a Stills tras un concierto de Manassas en París y se fue a Estados Unidos con él. Le Maudit es producto de este viaje y de todo lo que encontró allí; entre otras cosas, un equipo de músicos —mayormente, los que integraban la banda de su marido— que le ayudaron a dar forma a estas canciones grabadas a todo trapo en los estudios Record Plant de Sausalito(California), que ella se encargó de producir y dirigir con mano firme.
Pianista, guitarrista y cantante consumada, sabía perfectamente lo que quería y, además, tenía una perspectiva muy desinhibida a la hora de mezclar géneros. Le Maudit, así, se inicia con Alia Souza, una maravilla cercana a la bossa nova que sirve de entrada a una auténtica macedonia de estilos: pop en Christopher, funk en Les cloches de Carmel, sonido típicamente Laurel Canyon, cómo no, en el autorretrato Véronique y, en general, un acabado tan exuberante, potente y personal que le valió un doble disco de oro en su país, confirmación de una trayectoria que jamás ha dejado de brillar y evolucionar.


