Entre retratos al óleo y coros litúrgicos filtrados por electrónica, Ana Arsuaga ha ido levantando un mundo propio como Verde Prato. Nacida en Tolosa y afincada en Bilbao, canta en euskera, pinta lo que no canta y compone desde una mezcla inusual de sensibilidad contemporánea y conexión con lo ancestral. Lleva tres discos, varios EPs y ningún interés en sonar reconocible a primera escucha. Tanta singularidad no ha pasado desapercibida. David Byrne, en su programa de radio, le incluyó en una selección de canciones “casi atemporales”, junto a piezas que no recrean el pasado, pero lo evocan desde el presente. Ahí encaja Bizitza Eztia, su nuevo álbum grabado en Roma junto a Donato Dozzy: reguetón ralentizado, loops hipnóticos, melodías que parecen traídas de otro siglo, pero también de una fiesta en la cocina. Música para lugares y horas específicas, como dijo Byrne. Y para quienes buscan belleza sin envoltorios fáciles. Hablamos con ella en una conexión digital vía Valencia–Tolosa, en un día brillante de primavera.
Acabas de tocar en París y Lisboa. ¿Qué significa para ti llevar el euskera, una lengua tan ligada al territorio, a escenarios donde no se entiende literalmente pero sí emocionalmente?
Pues es muy bonito. Como te puedes imaginar, para mí que haya gente que no entienda el idioma pero conecte con la sensibilidad musical es algo precioso. Me emociona mucho, así que sí, me gusta mucho verlo.
Grabaste Bizitza Eztia en Roma con Donato Dozzy. ¿Sentías que necesitabas alejarte físicamente de tu entorno para buscar ese nuevo lugar sonoro y emocional? ¿Cómo influyó la ciudad en el disco?
Al final, como él es de allí, aunque nos fuimos pasando el material y lo trabajamos a distancia, cuando llegó el momento de darle el empaque final, los arreglos y grabar las voces, lo hicimos en su estudio en Roma. Tenía sentido que fuera allí. Pero también quise darle un sentido estético, aunque sutil: que estuviese esa referencia a Roma o a Italia. Esa idea hedonista, esa luz tan específica… todo eso intentamos que estuviera. Esa dulzura, esa cosa.
Al escuchar canciones como “Loria” o “Un sol claro” uno se imagina en un día brillante, tomando un limoncello en una plaza italiana. ¿Buscabas ese tipo de sensación visual y cálida desde el principio?
Fue surgiendo. No es algo que de primeras estuviera buscando, pero creo que en mi recorrido artístico he ido yendo más hacia lo luminoso, y eso se ve también en este trabajo. Ya venía de antes. Luego, al ver lo que estábamos creando, cobraba más sentido conceptual resaltar esa luz. Siempre hay alguna canción que no va por ahí, que es más dura o inquietante, pero en general sí: he tirado hacia ahí.
Tus canciones parecen encontrar momentos de belleza y calma en medio del caos. Pienso en “Zerua” o incluso en la paz implícita en Bizitza Eztia. ¿Crees que la música puede ser una forma de refugio sin desconectarse del mundo?
Sí. Yo creo que la música y el arte pueden ser eso, y que nos ayudan a ver cosas que a veces son difíciles de rescatar. En medio de decisiones que no nos corresponden —que vienen de gobiernos, de estructuras—, también se pueden hacer otras cosas. Apostar por una interacción con el mundo distinta. Creo que el arte y la música pueden aportar mucho en este sentido.
¿Hay una tensión constante en tu trabajo entre lo delicado y lo radical, entre la suavidad del sonido y el contenido reivindicativo? ¿Qué te interesa de ese contraste?
Para mí es una forma natural de ser y de hacer. Parto desde un lugar más delicado, o más concreto, pero también lo reivindico y lo subrayo. Me interesa que los mensajes políticos o incluso la rabia no tengan que estar siempre ligados a una forma violenta o masculina. Me gusta mostrar que se puede hacer desde otro sitio.
“Solita” y “Bihotz Iraultzaileak” parecen hablar desde la misma voz que se mira a sí misma en dos momentos distintos: una más íntima, otra más colectiva. ¿Las concebiste como opuestas o complementarias?
La verdad es que no las pensé así. Yo me centro mucho en una canción a la vez, en lo que me está pidiendo esa canción. Donato, en cambio, siempre ha buscado más la unidad del disco. Yo soy más de brotes. Pero sí puedo ver esa conexión después.
En tu colaboración con Donato Dozzy (uno de los productores de cabecera de la electrónica europea), ¿qué te llevó a elegirle como productor? ¿Qué aportó a tu universo musical que no habías explorado antes?
Fue mágico. Él escuchó las maquetas de mi primer disco cuando estaban subidas a internet, y quiso sacarlo con su sello. No pudo ser, pero ya estaba ahí. Incluso me compró algún cuadro. Era como un mecenas desconocido. Luego me invitó a telonearlo en Londres, y allí nos conocimos. Empezamos a trabajar en una canción, pero fuimos sumando y sumando, y de pronto vimos que teníamos material para un disco. Él ha aportado complejidad. Tiene una producción muy sofisticada, con muchas capas. El resultado es menos minimalista y más trabajado. También ha resaltado un lado mío más preciosista, más dulce. Ha sido curioso.
Has comentado en otras entrevistas que el feminismo te ha permitido construir un camino propio y darte valor como artista. ¿En qué momentos del proceso creativo sientes que aún hay fricciones o resistencias externas?
Es difícil concretarlo, porque es estructural. Todo el sistema de vida en el que estamos está atravesado por el patriarcado, y eso se nota en los detalles más pequeños. Desde que voy a un concierto y los técnicos me explican cómo colocarme o enchufar cosas —aunque no se lo pidiera— hasta cómo te perciben como artista. Hay personas que se sienten con derecho a darte consejos, incluso sin tener relación con la música. También está lo que se espera de ti por ser mujer. Y eso está dentro y fuera del escenario.
Tu sonido mezcla influencias que van desde el folklore vasco hasta el reguetón, el dream pop o la electrónica europea. ¿Cómo decides qué se queda y qué no en una canción? ¿Es algo intuitivo o más racional?
A veces busco algo concreto, como hacer un reguetón, y parto de ahí. Si estoy sola, me marco un objetivo muy simple para cada canción, y a partir de ahí construyo. Pero luego el proceso es muy intuitivo. A veces por falta de técnica o porque no me convence, la canción acaba transformándose en otra cosa. Y eso también está bien.
Georgia O’Keeffe reinterpretaba la naturaleza femenina para conquistar una libertad que su contexto le negaba. En tu caso, ¿sientes que lo que haces con tu música —y también con tu pintura— es comparable?
Es una pregunta muy bonita. Yo sí lo he sentido así también. Al final, eres una persona creando, y eso es algo universal. Pero claro que las vivencias te atraviesan y condicionan. Soy una chica, creo sola, y eso te lo hacen sentir constantemente. Tiene una parte dura, pero también bonita. Siento que tengo más espacio para ver qué hacer, para encontrar mi lenguaje. No tener tantos referentes también te obliga a inventar más. Y sí, el feminismo y la delicadeza están muy unidos en mi trabajo. No me interesa tanto el discurso explícito, sino crear desde la sed, desde lo sutil. El propio hecho de existir como proyecto, de crear de cierta manera, ya es una forma de reivindicar. Dar valor a lo que no he visto en los referentes masculinos, a otras formas posibles.


