Varios Artistas / Heat Wave, The Intoxicating World of Nexotica As Dug By Lux and Ivy (Righteous / Cherry Red, 2025)

El mundo de la música siempre ha tenido debilidad por lo ignoto, lo estrafalario y, sobre todo, por lo que permita al oyente viajar sin moverse del sofá. En esa línea de exploración sonora se inscribe la Exótica, un género parido a mediados del siglo XX que, con desvergonzado sentido del artificio, ofrecía a la América suburbial la posibilidad de adentrarse en remotas junglas polinesias, rituales africanos o paraísos andinos, todo ello servido en bandeja de cóctel bajo la luz de la lámpara de lava.

Esta compilación de Cherry Red, Heat Wave, The Intoxicating World of Nexotica As Dug By Lux and Ivy, parte de ese espíritu de postal falsa y fantasía americana, pero bajo la batuta de los ilustres arqueólogos del kitsch Lux Interior y Ivy Rorschach, de The Cramps. Dos devotos del lado más oscuro, bizarro y fascinante de la cultura pop. Aquí no hay complejos: la exótica es exactamente lo que parece, un carnaval orquestal de junglas prefabricadas, mujeres con tocados imposibles y marimbas que parecen querer contarte algo.

En el desfile participan casi todos los tótems del género. Ahí está el inefable Martin Denny, que desde su retiro hawaiano convirtió los croares de sapos y los graznidos improvisados de su banda en sello distintivo de su quiet village. Dos piezas suyas, Exotica Copy y Stone God, trenzan la sesión con ese aura de tiki bar donde el cóctel parece mezclado con niebla de secador.

Otro viejo conocido es Arthur Lyman, escindido del propio Denny, que en cortes como Babalik ka rin y Blue Sands mantiene el ceremonial polinesio con su vibrafón reverberante, grabado, para más mérito, en plena madrugada hawaiana para evitar el tráfico turístico. Lyman, más colorista y expansivo, representa la faceta lounge del exotismo de postal.

En las antípodas está Eden Ahbez, verdadero chamán outsider, precursor hippie y autor de Nature Boy, aquí representado por Tobago, donde su misticismo naturista se derrama entre flautas y percusiones de bruma mental. Pocas veces un personaje vivió tan fiel a su discurso.

El mexicano Esquivel, siempre exento de cualquier contención, aporta su versión de Nature Boy con esa orquestación desbocada marca de la casa: órganos, maracas, coros que escupen onomatopeyas y una experimentación estereofónica que haría salivar a cualquier ingeniero de sonido.

La mística se adensa con Robert Drasnin y su Mirage, extraído del mítico Voodoo (1959), donde se cruzan los clarinetes brumosos con percusiones de ultramar en un delirio de supuesta Polinesia que nunca existió, pero que uno desea habitar.

La inevitable diosa de la exótica, la peruana Yma Sumac, estalla con Sauma (Magic), desplegando esas cinco octavas de registro vocal que convierten cualquier composición en ritual pagano de intensidad operística. Pocas veces el exotismo tuvo un rostro tan deslumbrante.

A su lado, desfilan otros secundarios de lujo: el siempre elegante Henry Mancini (The Whispering Sea), el vibrafonista jazz Cal Tjader (Buhutu), el experimental Les Baxter con The Ancient Galleon (padrino del género desde su Ritual of the Savage), el orquestador George Cates con su Chant of the Jungle, o la musicóloga Elisabeth Waldo (Tun-Kul), que aportaba un barniz etnográfico al festín de la exotificación occidental.

El resto del repertorio lo completan joyas menores pero perfectamente engranadas: Stan Kenton, Bianchi and The Jungle Sex-Tet, Jack Fascinato, Frank Comstock… todos contribuyendo a este carnaval sonoro que mezcla jungla de celofán, sabrosura prefabricada y sofisticación pulp.

Hablar de la exótica es siempre pisar terreno resbaladizo. A medio camino entre el apropiacionismo naïf y la experimentación orquestal, entre la sátira involuntaria y la artesanía sonora, el género es un compendio de contradicciones deliciosas. Lo auténtico y lo impostado bailan juntos al son de marimbas y bongós bajo un cielo pintado. La industria lo empaquetó como turismo sonoro de salón. El tiempo lo ha reivindicado como un insólito laboratorio de sonido previo a la world music, cuando la globalización aún era una fantasía de postal publicitaria.

Hoy, desde la distancia, la exótica es pura arqueología pop. Y esta compilación es su museo portátil: un viaje inmóvil a ese edén de papel maché donde los dioses de piedra conviven con cócteles de piña y chicas de portada con sonrisa congelada. Lux y Ivy estarían orgullosos