Bob Stanley tiene un don. No hablamos de su pasado y presente como integrante de Saint Etienne ni de su afilada pluma como cronista musical (aunque, claro, eso ayuda). Su verdadero talento radica en su capacidad para compilar discos que funcionan como cápsulas del tiempo cuidadosamente calibradas, pequeños artefactos que no solo evocan una época, sino que la reinterpretan. American Baroque, su más reciente incursión en la arqueología sonora, es otro ejemplo de su destreza: una colección que desempolva el efímero esplendor del pop barroco estadounidense, ese subgénero que floreció entre 1966 y los primeros años de los setenta y que, de alguna manera, siempre pareció demasiado sofisticado para el mainstream pero demasiado sentimental para la alta cultura.
Stanley ya nos había regalado viajes sonoros de este calibre en compilaciones como English Weather y State of the Union, donde el hilo conductor era una sensibilidad más que un género estricto o el delicioso Tea & Symphony - The English Baroque Sound 1968-1974, que bien pudiera funcionar como reverso British. Con American Baroque, sin embargo, parece haber afinado aún más su oído, enfocándose en un territorio musical donde la melancolía es arropada con arreglos de cuerdas, clavecines y delicados vientos de madera. Aquí no hay espacio para los riffs crudos del rock and roll; en su lugar, encontramos un linaje que desciende más bien del folk, pero con aspiraciones de cámara, como si Simon & Garfunkel hubieran decidido ensayar en una sala de conciertos barroca en lugar de un café bohemio.

Los nombres que desfilan por esta colección son tan variados como sugestivos. Linda Ronstadt, por ejemplo, aparece con Different Drum no como la futura reina del country-rock que conquistaría los setenta, sino como una exploradora sonora que tanteaba terrenos más etéreos, buscando en la fragilidad de su voz una alternativa al pathos rasposo de Bob Dylan. Nico, la musa gélida de la Velvet Underground, aporta su inconfundible gravedad con The Fairest of the Seasons, demostrando que el baroque pop podía ser tan sombrío como bello, una contradicción que ella encarnaba con inquietante naturalidad.
Pero la magia de American Baroque no se sostiene solo en los nombres más reconocidos. Entre sus surcos brillan joyas ocultas de artistas que, si bien no alcanzaron el estatus icónico de Nico o Ronstadt, fueron arquitectos fundamentales de este sonido sofisticado y melancólico. The Merry-Go-Round abre la compilación con You’re A Very Lovely Woman, una muestra perfecta de cómo la melancolía y la melodía se entrelazan con arreglos florales y una suavidad casi hipnótica. The Montage, con I Shall Call Her Mary, destila una delicadeza que parece flotar en el aire, mientras que John Randolph Marr y su Raggedy Ann ofrecen una rareza de folk barroco teñida de un lirismo inquietante.
Nora Guthrie, hija del legendario Woody Guthrie, sorprende con Emily’s Illness y Home Before Dark, piezas que revelan una sensibilidad introspectiva, alejada de la tradición folk combativa de su padre, pero impregnada de una fragilidad emocional que es puro chamber pop. H.P. Lovecraft aporta una dosis de psicodelia sombría con Blue Jack of Diamonds, demostrando que el baroque pop también podía coquetear con lo misterioso y lo oscuro. Los omnipresentes The Association brillan con Barefoot Gentleman, una pieza que equilibra armonías vocales impecables con una producción minuciosa, mientras que The Monkees, más conocidos por sus éxitos pegajosos, sorprenden con Mr. Webster, una balada sobria y contenida que revela una faceta menos explorada de la banda.
Incluso hay espacio para curiosidades inesperadas, como Steve Martin (no, no es ese Steve Martin) con Two By Two (I’m Losing You), cantante de los indispensables The Left Banke, de origen español e hijo de la cantaora flamenca Sarita Heredia. Y luego está The Neon Philharmonic con You Lied, una pieza que representa el espíritu de esta compilación: grandilocuente, dramática y deliciosamente orquestada, como si el pop hubiera decidido vestirse de gala para un baile en un salón vacío. Cada uno de estos artistas aporta una pincelada distinta a este lienzo sonoro, recordándonos que el pop barroco (o por qué no llamarle "de cámara") es tanto una cuestión de emociones como de orquestación meticulosa.
American Baroque es otra prueba de que Bob Stanley no solo compila discos: construye pequeños universos paralelos donde la nostalgia y el descubrimiento coexisten en armonía. Ya sea como músico, escritor o curador, su trabajo sigue ofreciéndonos momentos para el goce, para ese placer casi arqueológico de escuchar algo familiar y, al mismo tiempo, sentir que lo descubrimos por primera vez.


