Ty Segall / Possession (Drag City, 2025)

Hay músicos que un día se despiertan, escudriñan sus discos favoritos de adolescencia y deciden que también ellos merecen su Pet Sounds. El resultado, en muchos casos, es un desconcertante pastiche sinfónico lleno de buenas intenciones, sobreproducción y un inesperado amor por el oboe. Pero hay excepciones. Hay quienes, como Ty Segall, en lugar de disfrazar su esencia, la hacen brillar con nuevos trajes. Y en Possession, su decimosexto álbum, lo consigue con una solvencia tal que ni el mismísimo Paul McCartney le pondría pegas.

Lejos quedan ya los días de fuzz crudo e inmediatez ruidosa. Desde Harmonizer (2021), aquel monumento de sintetizadores anabolizados y guitarras sabbathianas, Segall ha ido reduciendo revoluciones. En Hello, Hi abrazó lo acústico; con Love Rudiments se permitió el capricho de explorar el ritmo desde la percusión. Y ahora, en Possession, encuentra una zona intermedia entre lo febril y lo contemplativo, entre la crudeza del garage y los ecos de una radio FM de los 70 bien sintonizada.

Aquí, los riffs siguen presentes, pero cohabitan con secciones de cuerda que remiten a Elliott Smith en su fase Figure 8, metales a lo Steely Dan y algún piano eléctrico que bien podría haber firmado Todd Rundgren en su etapa Utopia. No es tanto un cambio de estilo como una expansión de paleta. Hay más colores, más matices. Hay producción —de la buena—, pero no por ello se pierde la urgencia que caracteriza su obra.

La apertura con Shoplifter es una declaración de intenciones: pop de cámara con alma obrera, violines que acunan el drama económico y una melodía beatlesca de las que se clavan sin pedirlo. Le sigue Possession, un rock setentero con riffs de Allman Brothers y brujas de Salem desfilando entre líneas, como si Ziggy Stardust hubiera estudiado derecho en Massachusetts. El tono es narrativo, casi cinematográfico, y no es casualidad: buena parte del disco está coescrito con Matt Yoka, documentalista y viejo cómplice de Segall, que aporta estructura a la lírica habitual del californiano.

Canciones como Buildings y Shining llevan la experimentación un paso más allá: la primera, con ecos de Utopia y pasajes de cuerda que serpentean como en un viejo episodio de Larry David; la segunda, puro glam a lo T. Rex, electrizante y melódica, con una guitarra que entra chillando y sale entre aplausos. Luego está Fantastic Tomb, una especie de road movie comprimida en tres minutos: atracos, persecuciones y overdrive a fondo por alguna autopista desierta de Nevada.

Alive y Skirts of Heaven bajan el pulso y suben la emoción: cuerdas conmovedoras, letras en carne viva y esa sensación de que algo importante está ocurriendo, aunque no sepamos exactamente el qué. En Another California Song, el surf-rock se viste de luto, y en The Big Day, la despedida suena a celebración cósmica: David Bowie en la intro, Big Star en los estribillos, y una brass section que llega justo cuando el corazón se pone demandante.

Más que un disco, Possession es una novela americana narrada desde un amplificador. Es sofisticado sin ser pomposo, ambicioso sin pasarse de rosca, emocional sin caer en la autoayuda. Un álbum de rock en toda regla que, sin renunciar a las raíces de Segall, da un salto de madurez sin perder el espíritu lúdico de siempre