Tomás Graves / Afinando al Alba. Viaje musical al corazón de un país (Libros del Kultrum, 2025)

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que los guiris desembarcaban en el Mediterráneo español no para jubilarse con piscina comunitaria ni para jugar al Monopoly con los índices de ocupación, sino para vivir y crear desde una libertad psicoafectiva que hoy llamaríamos, con menos eufemismo, barra libre de experiencias. A esa finca de deslumbramientos y excesos, a ese triángulo entre cala, olivar y bar con guitarra, regresa Afinando al Alba. Viaje musical al corazón de un país, el libro en el que Tomás Graves coloca el foco donde casi nunca se mira: en la tramoya cotidiana que hizo posible una mitología, la de Deià, sin la que el mapa sentimental del pop y el rock peninsular saldría con huecos en blanco.

Hijo menor del poeta Robert Graves, Tomás escribe desde una posición privilegiada y, a la vez, extrañamente humilde: “con un pie en cada isla” —Mallorca e Inglaterra— y con oficio en cada mano (impresor, músico, corresponsal, fotógrafo, gastrónomo, etnógrafo ocasional). Afinando al Alba nació en inglés a comienzos de siglo y vuelve en 2025 en castellano —traducción del propio autor junto a Carmen García-Gutiérrez— como esas ediciones ampliadas de vinilo que, al girarlas, revelan capas de ruido humano que nadie había limpiado. No es un álbum de “grandes éxitos” personales, sino un cuaderno de campo sobre la idiosincrasia española e insular: fiestas patronales, verbenas que no perdonan la siesta, bodas gitanas, hoteles con orquesta, cantautores en tránsito y esa fauna ambulante de beatniks, hippies, joteros, rumberos, pioneros del progresivo y poetas de paso que convirtieron la Tramuntana en una especie de universidad abierta. El tono es el de quien ha vivido lo suficiente como para reírse sin rencor y explicar sin altivez: la distancia justa.

El corazón geográfico y espiritual del libro es Deià: un “Camelot bohemio” que Tomás retrata sin postal. La montaña no es telón; es backstage. Los acantilados no son metáfora; son paredes acústicas. Ahí se cruzan los visitantes de Robert Graves —de Jorge Luis Borges a Alan Lomax, de Ava Gardner a Kingsley y Martin Amis— con los músicos británicos que hicieron del pueblo una estación de servicio creativa entre los sesenta y los ochenta. El resultado no es una hagiografía de expatriados exquisitos, sino la radiografía de una fricción: el roce entre una cultura popular ruidosa y una tribu de artistas que buscaba, a veces, silencio interior en medio del barullo.

De esa fricción emergen dos figuras que el libro trata con especial interés: Robert Wyatt y Kevin Ayers. La mirada de Tomás sobre ambos es un punto fuerte de Afinando al Alba: cercana, informada, nada mitómana.

Wyatt llega a Deià muy joven, con la torpeza adorable de quien todavía no ha aprendido a esquivar los charcos pero ya percibe que ahí, en el laberinto de naranjos, hay una clave de ritmo. En 1964, el futuro ex Soft Machine estudia batería con Ramón Farrán —músico y luego yerno de Robert Graves—, practica en el jardín de Canellun (la casa familiar) y se curte en el Indigo de Palma. Vive un tiempo en una cabaña de pescadores sin electricidad: agua del pozo, velas y paciencia, que diría cualquier artesano. Hay una transparencia en la forma en que Tomás lo cuenta: lejos de la caricatura del bohemio eufórico, Wyatt aparece como un muchacho de educación provincial obsesionado con no cruzar la línea de la ley, con la música como refugio y como disciplina. La isla, en su caso, no es sólo refugio: es metrónomo.

Ayers, por su parte, convierte Deià en un domicilio emocional durante años. El fundador de Soft Machine —y aliado de Daevid Allen y Ollie Halsall— encuentra allí tanto el campo base como la coartada perfecta para explorar una bohemia de largo aliento. El libro no escamotea esa doblez: están los días gloriosos (las noches más) en los que el pueblo funciona como laboratorio abierto, y está la resaca moral de quien, ya en los noventa, mira atrás y diagnostica el “mercado de carne expatriado” con una mezcla de sorna y desengaño. Entre medias, quedan huellas oceánicas: That’s What You Get Babe (1980) como reapertura al mundo tras el retiro y, sobre todo, Deià…Vu (1984), homenaje explícito al lugar, con Halsall y Joan Bibiloni tejiendo guitarras que huelen a salitre. También queda la tragedia: la muerte de Halsall en 1992, el cementerio como epílogo compartido. En Ayers hay chispa y sombra; en la escritura de Tomás, diagnóstico sin escarnio.

La virtud de Afinando al Alba es que no se queda en la anécdota ilustre. Tomás organiza el relato como una cadena de micro-escenas donde la cultura popular española —la de verbena, la de hotel, la de peña y peñazo— dialoga con la tradición británica en pie de igualdad. Surgen Pa amb Oli, la banda local donde se aprende a versionar a The Rolling Stones con acento mallorquín; aparecen los cantautores, los pioneros de la nova cançó, los guitar heroes de barrio y los revolucionarios de ultramar con los que Tomás cruza historias en una Nicaragua que suda tinta y canciones. El libro, escrito con ánimo pedagógico para el lector inglés de principios de milenio, regresa hoy como manual de lectura del presente: explica por qué la turistificación ha limado aristas y por qué, aun así, la isla conserva zonas de resistencia donde la música sigue siendo forma de ciudadanía.

Hay, además, un subtexto hermoso: el de la doble pertenencia. Educado en internado británico, formado en guitarra clásica desde los siete con Bartolomé Calatayud, Tomás escribe como quien traduce un país a otro sin traicionarlos. No idealiza la España de transición, tampoco la demoniza; no convierte a los británicos en gurús, tampoco en villanos. Prefiere el punto medio del testigo que ha afinado el oído en dos orillas. Y cuando toca ajustar cuentas con los tópicos —el Mediterráneo como postal, la bohemia como pose—, lo hace con una ironía seca que no necesita subrayado. De paso, nos recuerda algo que convendría tatuarse en la libreta: la música no va sola; viaja con su contexto en el asiento delantero.

Si buscabas una biografía más de Wyatt y Ayers, este no es el libro. Si buscabas una guía de bares de Deià, tampoco. Afinando al Alba es otra cosa: un mapa afectivo que escucha los ecos de Gong, The Offbeats, Boxer o Pa amb Oli mientras repasa, con calma de impresor, cómo un pueblo pequeño puede funcionar como nodo de una red mayor que conecta Mallorca con la península y de ahí con medio mundo. Un volumen que se lee como conversación larga al caer la tarde —con brisa, con historias— y que devuelve a Tomás Graves el papel que le corresponde: el del cronista que supo estar cuando pasaban las cosas y, sobre todo, supo contarlas sin poner focos de feria. En tiempos de souvenir y eslóganes, no es poca cosa.