La pregunta flota desde hace años entre quienes siguen a Tom Waits: ¿se ha retirado? No hay respuesta clara. Su último disco, Bad as Me, se publicó en 2011 y desde entonces no ha vuelto a pisar un estudio de grabación. A cambio, ha hecho cine —inolvidable su buscador de oro en La balada de Buster Scruggs de los hermanos Coen o su aparición en Licorice Pizzade Paul Thomas Anderson— y prepara nueva colaboración con Jim Jarmusch, Father Mother Sister Brothers, prevista para 2026. Sin publicar canciones nuevas desde hace más de una década, Waits sigue estando ahí, como si hubiera decidido mirar el mundo desde detrás del cristal, con distancia y discreción, pero sin desaparecer.
Hace cuarenta años, el 30 de septiembre de 1985, editaba Rain Dogs, su noveno álbum y núcleo de la llamada trilogía de Island Records junto a Swordfishtrombones y Franks Wild Years. Si el primero fue ruptura, Rain Dogs supuso afirmación: el momento en que dejó de ser un crooner de piano y humo para convertirse en un chamán urbano. Buena parte de ese giro se debe a Kathleen Brennan, su pareja y cómplice musical, que le acercó a Captain Beefheart, Harry Partch o Kurt Weill. Fue el punto de partida de un Waits nuevo, más experimental, más libre.
El disco se gestó en un sótano de Manhattan, entre tuberías y ruidos de la calle que él mismo grababa para llevarlos al estudio. El título lo dice todo: los rain dogs son perros callejeros que tras la lluvia pierden el olor de referencia y no encuentran el camino a casa. Esa imagen sirve de hilo conductor a un álbum habitado por marineros de puerto, prostitutas cansadas, buscavidas y poetas de madrugada. Waits canta con ellos, como uno más: “Porque yo también soy un perro de lluvia”.
El abanico sonoro sigue sorprendiendo. Polkas dementes (Cemetery Polka), tangos de aire sureño (Tango Till They’re Sore), country crepuscular (Blind Love), spoken word de realismo sucio (9th & Hennepin) o un tema deliberadamente pop como Downtown Train, convertido en éxito masivo gracias a la versión de Rod Stewart. Nada de sintetizadores ochenteros ni baterías enlatadas: aquí todo suena a madera, metal o cartón. Cuando no tenía la percusión que buscaba, golpeaba una cómoda con un tablón en el baño y quedaba grabado.
Las manos que le acompañaron fueron cruciales. La guitarra angulosa y retorcida de Marc Ribot, que entró en la familia Waits con este disco, se convirtió en seña de identidad. Keith Richards apareció por primera vez para dejar huella en Big Black Mariah, Union Square y Blind Love. También estaban Larry Taylor, Stephen Hodges o John Lurie, que redondearon un sonido de feria fantasma y jazz oxidado.
Y en medio del caos, belleza. Hang Down Your Head, coescrita con Brennan, es una de sus melodías más limpias y directas. Time es una balada desnuda que sigue emocionando cuarenta años después. La crítica entendió la jugada: NME lo nombró mejor álbum de 1985 junto a Psychocandy, The New York Times lo describió como el “álbum pop más deslumbrante” del año y, con los años, Pitchfork le daría un 10/10.
Es un disco de transición y, al mismo tiempo, de llegada: la confirmación de que Tom Waits había encontrado una voz única en un paisaje musical saturado de uniformidad. Si algún perro vuelve a perder el rumbo bajo la lluvia, siempre podrá orientarse con estas diecinueve canciones, mitad circo, mitad sermón callejero, que todavía hoy nos hacen sentir que el mundo es más extraño y más habitable al mismo tiempo.


