Todd Rundgren / Faithful (Bearsville, 1976)

Los discos de versiones operan como inventarios de convicciones ya conocidas: el artista repasa su educación sentimental, ordena influencias y deja que el repertorio confirme lo que el público sospechaba. Faithful (Bearsville, 1976) no se conforma con esa auditoría afectiva. Todd Rundgren decidió convertir la devoción en un ejercicio de precisión casi obsesiva. No buscaba nostalgia ni tributo complaciente; quería abrir el motor del pop clásico, desmontar cada engranaje y comprobar por qué aquellas canciones de 1966 seguían funcionando diez años después. El álbum alcanzó un discreto puesto 54 en Billboard y dejó a parte de la crítica preguntándose si tenía sentido rehacer piezas que ya parecían inamovibles.

El contexto era cualquier cosa menos neutro. En 1976 el progresivo exhibía su musculatura técnica sin complejos y el punk empezaba a levantar acta de defunción del exceso. En medio de esa tensión, Rundgren —productor minucioso, multiinstrumentista insaciable, propietario de un estudio diseñado a su antojo— publica un disco dividido en dos mitades bien diferenciadas. Cara A: reconstrucciones milimétricas de clásicos de los sesenta. Cara B: canciones propias, pop directo y afilado. Un puente entre la disección del pasado y la reafirmación de su instinto melódico.

La sombra de The Beatles atraviesa todo el proyecto. Desde los días de Nazz, aquella banda anglófila en pleno territorio estadounidense, Rundgren asumió que el estudio podía ser un instrumento más. En Faithful recrea “Rain” y “Strawberry Fields Forever” con precisión quirúrgica; años después, con Utopia, llevaría la apropiación estilística al extremo en Deface the Music. El idilio incluyó un enfrentamiento público con John Lennon, cartas abiertas con títulos burlones y una reconciliación posterior menos estridente que el choque inicial. Con el tiempo, su presencia habitual en la All-Starr Band de Ringo Starr terminó de cerrar el círculo, como si la admiración hubiera resistido a la caricatura mediática.

La Cara A funciona como laboratorio forense. Acompañado por Roger Powell, John Siegler y John Wilcox, Rundgren se impone una regla clara: respetar cada detalle del arreglo original. “Good Vibrations” reproduce armonías y theremín con una exactitud casi desconcertante; “If Six Was Nine” y “Happenings Ten Years Time Ago” replican la electricidad psicodélica con solvencia técnica; “Rain” y “Strawberry Fields Forever” revelan una obsesión por el timbre y la textura que convierte la copia en acto de artesanía extrema. No hay reinterpretación libre ni gesto autoral visible: cualquier desviación sería un fallo de fabricación. Su estudio —sin horarios ajenos ni contadores corriendo— le permitió ejecutar la mayoría de las partes instrumentales y ajustar la mezcla hasta que la semejanza rozara lo inquietante.

La Cara B propone otra conversación. “Love of the Common Man” emerge como estandarte melódico, pop luminoso que recoge la lección aprendida sin parecer ejercicio académico. “The Verb ‘To Love’” se expande durante siete minutos y ofrece una de sus interpretaciones vocales más intensas; “Black and White” introduce un pulso más áspero que anticipa el sonido comprimido de futuros trabajos; “Cliché” devuelve al Rundgren íntimo, con una economía acústica que demuestra que la complejidad no siempre necesita artificio. Estas canciones no reniegan del espíritu sesentero analizado en la primera mitad, pero lo transforman en materia propia. La originalidad surge informada por la mimesis previa.

El debate sobre la identidad artística planea sobre todo el álbum. Rundgren demuestra que puede imitar con una precisión desconcertante y, acto seguido, escribir canciones que no necesitan coartada histórica. El título juega con esa ambivalencia: fidelidad al detalle sonoro del pasado y fidelidad a una ética constructiva del pop. Mientras otros optaban por la ruptura frontal o la grandilocuencia técnica, él eligió escudriñar la arquitectura del pop clásico para seguir edificando.

Faithful no es un simple disco de versiones ni un regreso acomodado a 1966. Es un estudio aplicado sobre cómo funciona una canción cuando se la observa con herramientas técnicas y voluntad analítica. Rundgren rinde homenaje a sus influencias con disciplina casi obsesiva y, al mismo tiempo, entrega un puñado de composiciones adictivas que sostienen el proyecto más allá del concepto. En lugar de copiar para venerar, copia para comprender; y comprender, en su caso, equivale a continuar escribiendo.