Tim Hill / Shades of Green

Hay discos que parecen pertenecer a un paisaje, como si hubieran crecido con él, arraigados en su tierra y su aire. Laughing Stock de Talk Talk es lluvia y ramas secas, Ambient 2: The Plateaux of Mirror de Harold Budd es niebla sobre un lago inmóvil, No Other de Gene Clark es desierto al atardecer, vasto y dorado. En esa misma línea aparece Shades of Green, el nuevo álbum de Tim Hill, un trabajo que no ilustra la naturaleza, sino que parece brotar de ella, como una enredadera que se aferra a una vieja pared.

No es que Hill sea un desconocido, pero su presencia en la música ha sido más bien esquiva. Ha estado en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, girando con Allah-Las, tocando teclados para Nick Waterhouse, saxo para Curtis Harding, guitarra para PAINT. Siempre aportando algo, pero en un segundo plano. Su debut, Payador (2019), llegó como si siempre hubiera existido, una colección de canciones que parecían encontradas en una caja de casetes olvidada en la guantera de un coche. Luego vino Giant (2023), un disco más producido, más de estudio, que Hill reconoce como “diferente”, con momentos de belleza pero sin la misma chispa.

Criado entre partituras clásicas y bandas punk, acabó grabando Payador  en un cuatro pistas, un debut de factura casera convertido en pieza de culto. Giant amplió su alcance con una producción más pulida y guiños a Randy Newman, Townes Van Zandt y Neil Young, aunque su mayor salto vino con la pandemia, cuando decidió trabajar en un rancho de Silverado, California, entre caballos y tractores. Más que un cambio de rumbo, fue una extensión natural de su música. Ahora, con Shades of Green (2025), vuelve a lo esencial: ocho canciones donde el polvo, el tiempo y la distancia atraviesan cada acorde como la luz filtrándose entre las ramas.

Ocho canciones, apenas media hora. Pero en esa brevedad hay un mundo entero. Shades of Green se despliega como un álbum de country espectral, folk crepuscular, soul evaporado e incluso incursiones en el ambient, donde el espacio importa tanto como el sonido. El tema principal, Shades of Green, abre el disco con la delicadeza de un hilo de agua deslizándose entre las piedras. Un piano eléctrico que oscila como la brisa sobre la hierba, una voz que observa sin dramatismo cómo todo se hunde en el tiempo. No hay grandes giros ni momentos de clímax: todo avanza con la cadencia de quien ya ha aprendido a aceptar lo inevitable.

Más allá del tema que da nombre al álbum, Shades of Green despliega su universo en piezas que funcionan como variaciones de un mismo tono, explorando la delicadeza y el misterio de lo cotidiano. Euphoria se desliza con un aire etéreo, casi como un susurro atrapado en el viento, mientras que Hummingbird flota con la ligereza de su propio título, un tema que parece moverse en círculos antes de evaporarse. Lure introduce una tensión sutil, como una llamada lejana que nunca termina de resolverse, mientras que Emerald Shine brilla con una melancolía contenida, su piano y guitarras enredándose en una niebla sonora.

En el tramo final, Virescent adopta un tono más abstracto, con capas de sonido que se disuelven en una atmósfera casi líquida, mientras que Bathroom Clock es un vals crepuscular, una observación íntima de lo efímero y lo permanente. Cierra el álbum Fern, la más minimalista del conjunto, una despedida que deja flotando la sensación de algo que se apaga sin desaparecer del todo. Ocho canciones que no buscan imponerse, sino deslizarse como luz entre las hojas, formando un cuadro de verdes cambiantes, húmedos y polvorientos, donde todo se mueve lentamente, sin apuro por llegar a ninguna parte.