Si el dolor no se va, se administra. En Cotton Crown, The Tubs eligen lidiar con él a su manera: guitarras en punta, melodías con filo y letras que, en vez de consolar, revuelven la herida. No hay solemnidad ni golpes bajos, solo una urgencia feroz por transformar la pérdida en algo que suene fuerte. Su nuevo álbum no es un lamento, sino un ajuste de cuentas con la memoria.
Desde su formación en 2018, Owen Williams (voz, guitarra), George Nicholls (guitarra), Max Warren (bajo) y Taylor Stewart (batería) han trabajado un sonido que se mueve entre el jangle pop de The Chills y la aspereza melódica de Hüsker Dü o de Paul Westerberg. Cotton Crown es la intersección entre ambas cosas: un disco que empuja y arrastra, que no se decide entre la rabia y la resignación, así que elige ambas.
Es también un álbum que amplía su paleta sonora. La conocida como "Celtic Jangle boyband" se adentra en terrenos más oscuros y personales sin renunciar a su talento para fabricar canciones adictivas. Aquí hay de todo: desde el pub rock con alma de Chain Reaction hasta la agresión escuela Bob Mould de One More Day, pasando por el pop sofisticado y melancólico de Narcissist. The Tubs ven el jangle pop como un mundo en sí mismo, lleno de posibilidades aún por explorar, y lo hacen con una identidad cada vez más propia.
La voz de Williams está llena de ecos: de Richard Thompson, de los primeros R.E.M., de cierto linaje de cantantes que entienden que el tono importa tanto como la palabra. Aquí se lo oye en su versión más áspera, más herida, como si estuviera buscando respuesta a preguntas que nadie quiere contestar. Su estilo se mezcla con letras que van de la ironía brutal a la confesión más desarmante. Cotton Crown lo encuentra obsesionado con los temas de siempre: el amor como enfermedad, el comportamiento errático de una mente que no se deja domar, las humillaciones de ser un músico en Londres. Pero hay más riesgo esta vez. Strange, el cierre del disco, es su relato más crudo hasta la fecha.
Escrito tras varios intentos fallidos de poner en palabras la muerte de su madre, la cantante folk Charlotte Greig, Williams encontró finalmente una forma de hablar de la pérdida centrándose en los momentos incómodos y absurdos que vinieron después: los pésames torpes, las conversaciones que no llevaban a ningún lado. En sus palabras: "Siempre sonaba o cursi o explotador, hasta que salió esta canción y sentí que había dado con algo verdadero". La portada del álbum le muestra siendo un bebé, amamantado por Greig en un cementerio.
Pero si Williams empuja las letras hacia la oscuridad, el resto de la banda las viste con una energía casi eufórica. El truco esencial de Cotton Crown es contrastar la amargura de su lírica con explosiones de pop impecable. Nicholls, a la guitarra, se desliza entre la precisión jangle de Johnny Marr y el folk-rock contundente de Pentangle. En la retaguadia, Stewart y Warren sostienen el peso con una sección rítmica que ataca cada canción con ferocidad power pop, recordando a Guided by Voices en su mejor (y más ebrio) momento.
Su debut, Dead Meat, se convirtió en un secreto a voces, de esos que terminan sonando en los lugares correctos. Sus conciertos, siempre ruidosos y cerveceros, les han llevado por festivales de todo tipo, y han sabido destacar en una escena británica donde la monotonía post-punk y el indie pretencioso parecen haberse convertido en norma. The Tubs juegan en otra liga: aquí no hay calculadas poses de nihilismo ni producción de laboratorio, sino un grupo de músicos que, sin hacer ruido fuera de lo necesario, han elevado su sonido a otro nivel. No hay catarsis, pero hay electricidad. Y a veces, con eso alcanza.


