The Triffids: canciones para carreteras sin final y corazones a la deriva

Se diría que la muerte de David McComb fue, más que un acontecimiento inesperado, la culminación de un lento y silencioso proceso, un destino escrito en las propias canciones que él había compuesto con una intensidad que rozaba lo profético. Aquellos que le conocieron –y entre ellos se contaban no solo amigos y músicos, sino también aquellos que habían amado sus canciones desde la distancia de una radio nocturna o un disco olvidado en la estantería– no pudieron evitar sentir, al recibir la noticia, que algo de él había estado desvaneciéndose mucho antes de aquel mes de febrero.

En la prensa, la causa de su muerte se informó con la precisión desalmada de los obituarios: insuficiencia cardíaca, toxicidad por heroína, complicaciones derivadas del trasplante de corazón al que se había sometido años antes. Pero para aquellos que habían seguido su trayectoria, era difícil no pensar en ello en términos más abstractos, más literarios incluso. Si había un hombre que parecía haber nacido para traducir la vastedad del paisaje australiano en música, ese era David McComb. Y si alguien podía, sin buscarlo, convertir su propia vida en una tragedia escrita en los acordes de un pedal steel, también era él.

El eco de su muerte resonó como un murmullo entre quienes aún recordaban el sonido de su voz arrastrada por la brisa de una carretera abierta. Se habló entonces de The Triffids, aquella banda que, a finales de los setenta, había nacido en la lejana Perth con la convicción ingenua de quienes creen que el talento, por sí solo, puede romper cualquier barrera geográfica. McComb y su inseparable Alsy MacDonald, armados con una sensibilidad que, vista con el tiempo, parecía más una condena que un don, comenzaron a escribir canciones sin saber que lo que realmente estaban haciendo era dibujar un mapa de la desolación australiana, un cancionero de soledad y distancias insalvables.

Se habían llamado Dalsy en un principio, un nombre que, como los años demostrarían, no era sino una ironía involuntaria: su música, lejos de aliviar cualquier dolencia, tenía el poder de abrir heridas emocionales con una precisión casi quirúrgica. Pronto cambiaron el nombre por uno más adecuado: The Triffids, y con él llegaron los largos trayectos en furgoneta, las noches sin dormir, las canciones escritas en moteles polvorientos mientras el aire ardiente del desierto se colaba por las rendijas de las ventanas.

Si en algo coincidían todos los que habían conocido a McComb, era en su extraña presencia. No era un hombre que se impusiera por la fuerza de su físico –alto, algo desgarbado, con la expresión de quien está siempre a punto de desaparecer en sus propios pensamientos–, pero sí por la intensidad con la que se entregaba a cada palabra que cantaba. No componía canciones, construía pequeños mundos. Y en esos mundos, la carretera siempre era infinita, el amor estaba condenado al fracaso y el horizonte permanecía inalcanzable.

En 1983, grabaron Treeless Plain, su primer álbum oficial, una colección de canciones en las que ya se intuía el pulso narrativo de McComb y la personalidad errante de la banda. Pero fue tres años más tarde, con Born Sandy Devotional, cuando alcanzaron su cima creativa. El disco era, en cierto modo, una novela escrita en notas musicales, y su canción más emblemática, Wide Open Road, una de esas composiciones en las que cada palabra parece arrastrar el pesar de todas las despedidas posibles. “¿Qué esperabas ver, en la línea del horizonte?”, preguntaba la letra, como si la respuesta a esa pregunta pudiera contener la clave de toda su obra.

Aquellos fueron los años en los que The Triffids rozaron la fama, aunque nunca la atraparon del todo. Tocaron en Europa, fueron portada del NME, recorrieron escenarios junto a Echo & the Bunnymen, Iggy Pop y The Ramones. Pero si había algo que los diferenciaba de otros grupos australianos de la época, como The Go-Betweens o The Church, era su incapacidad para plegarse a las exigencias del mercado. Sus canciones eran demasiado grandes para las listas de éxitos, demasiado líricas para encajar en el circuito del pub rock, demasiado intensas para ser consumidas con indiferencia.

Después de Born Sandy Devotional vinieron In the Pines, grabado en un cobertizo de esquila de ovejas, con una crudeza casi documental, y Calenture, donde la banda se sumergió en atmósferas más densas y sofisticadas. Luego llegó The Black Swan, producido por Stephen Street, en el que intentaron una aproximación más pop sin perder su esencia. Pero la industria no supo qué hacer con ellos. Island Records no los entendió, el público masivo no los abrazó con fervor y, en 1989, The Triffids se desvanecieron, dejando tras de sí un legado que solo el tiempo se encargaría de reivindicar. David McComb, por su parte, intentó seguir adelante. Grabó un álbum en solitario, Love of Will, pero el interés fue mínimo. Su salud, siempre frágil, se fue deteriorando hasta que, en 1999, la historia llegó a su epílogo inevitable.

Los años posteriores a su muerte trajeron consigo el reconocimiento tardío que en vida le había sido esquivo. En 2010, el sello Domino publicó Come Ride With Me… Wide Open Road – The Deluxe Edition, una caja de 10 discos que recopilaba no solo sus álbumes, sino también demos, grabaciones en vivo y rarezas que permitían reconstruir la historia de la banda con una claridad hasta entonces imposible. La devoción de Graham Lee por preservar su legado ha sido clave en esta reivindicación, al igual que el entusiasmo de críticos como David S. Mordoh (Rockdelux, Música en La Mochila), que han escrito sobre él en castellano con la admiración reservada a los genios malditos. En 2008, The Triffids fueron incluidos en el Salón de la Fama de los ARIA, un gesto tardío, pero justo. En Australia, donde la geografía y la cultura están marcadas por la distancia, su música ha seguido resonando en bandas más jóvenes, en escritores que encuentran en sus letras el vahído de una literatura sin final.

Es febrero otra vez. El mes en que David McComb nos dejó. Afuera, la carretera sigue extendiéndose, como en una de sus canciones. Quizá sea momento de volver a poner Wide Open Road, de escuchar su voz una vez más y recordar que algunas historias, aunque terminen, nunca se cierran del todo. Bruce Chatwin escribió en Los trazos de la canción que los aborígenes australianos creaban su geografía a través del canto, que cada melodía era un sendero invisible que permitía recorrer el mundo con la memoria como único mapa. Si algo hizo McComb, fue dibujar sus propias canciones-trazo, caminos sonoros que aún resuenan en el viento y en la tierra, esperando ser seguidos por quienes entienden que la música también puede ser un territorio.