The Saxophones / No Time for Poetry (Full Time Hobby, 2025)

El azul del mar inunda mis ojos… y aún así, malos tiempos para la lírica. Basta con mirar la portada de No Time for Poetry: una pareja fundida en un beso que no termina de ser romántico ni clandestino, iluminada por un haz verdoso que recuerda más a un foco policial que a un rayo celestial. Todo en esa imagen vibra entre lo íntimo y lo teatral, como si The Saxophones hubieran querido preservar la ternura en un ambiente noir, congelar el abrazo justo antes de que irrumpa el ruido del mundo. Esa fotografía —las siluetas, la bruma, el negro que devora los márgenes— revela que este disco no es un refugio, sino un territorio donde incluso el amor avanza a contracorriente. Malos tiempos para la lírica, sí, pero aquí están ellos, besándose a oscuras como quien desobedece al parte meteorológico emocional.

La evolución del dúo ha sido un viaje peculiar: de aquellos primeros días en los que Alexi Erenkov, cansado del estudio formal del jazz, arrastraba su saxofón por habitaciones lo-fi mientras Alison Alderdice asumía la batería bajo la amable mentira de que “la técnica no importa”, hasta una etapa reciente en la que su chamber pop ganó nitidez, dejando atrás la bruma analógica para acercarse a un sonido más pulido, más digital y atento a los nervios del presente. Desde los EPs grabados en Portland hasta el clima casi ingrávido de To Be a Cloud, aquel álbum forjado en una antigua iglesia de Washington, todo parecía empujarles hacia este nuevo territorio: un pop de cámara iluminado por pantallas LED y atmósferas tensas.

En No Time for Poetry, Erenkov prescinde de la guitarra y compone el álbum entero desde teclados y sintetizadores. Lo hace bajo la influencia del Cohen ochentero, ese que imaginaba ciudades hechas de neón taciturno y advertencias veladas. El resultado es un paisaje sonoro donde los synth pads podrían sonar en un drama policial angelino de 1986, los vientos entran y salen como figuras familiares y la rítmica de Alderdice avanza con una precisión que no necesita imponerse para gobernar. Es un sonido más limpio, casi clínico en su modernidad, pero también más inquietante: la calma previa a un apagón emocional.

California se cuela por todas las rendijas. Oakland, los incendios, la crisis de vivienda, la apatía que avanza por las avenidas como una bruma tóxica: todo ello alimenta la escritura. “Too Big for California” abre el disco con esa mezcla de estupor y cinismo que provoca ver arder una colina mientras se discute sobre vinos naturales. “America’s the Victim” convierte la sátira en una bomba silenciosa contra los privilegiados que insisten en sentirse perseguidos, sostenida por una cadencia que juega con ecos de bossa nova deformada. En “Cypress Hill”, el cementerio de Petaluma donde creció Erenkov sirve de escenario para una meditación íntima sobre la pérdida. Y “I Fought the War” avanza como una profecía en clave Carpenter: voces graves, teclados que respiran como máquinas antiguas y un aire ominoso que no necesita elevarse para incomodar.

En este escenario aparece una figura cuya presencia, al menos para mí, tiene un peso especial: Frank Maston. Le admiro desde hace años; le conocí personalmente en un concierto de Jacco Gardner, cuando ejercía de arquitecto silencioso en los teclados, y desde entonces me parece un músico capaz de transformar un ambiente sin reclamar autoría visible. Aquí aporta capas orgánicas que suavizan lo digital: vibrafonos discretos, armonías que alteran la temperatura de las canciones sin que uno lo perciba, detalles que funcionan como pequeñas ventanas abiertas en un cuarto dominado por sintetizadores. Su elegancia —siempre medida, funcional, nunca ornamental— es un contrapunto perfecto a la tensión eléctrica que recorre el álbum.

La producción —a cargo de Erenkov y Richard Laws, con mezclas de Noah Georgeson y masterización de Philip Shaw Bova— consolida esa transición hacia un sonido más nítido, menos ruidoso, atento al espacio entre notas. Y, aun así, no hay frialdad: la precisión funciona como un modo de resistencia estética, una forma de ordenar el caos sin pretender convertirlo en algo domesticado.

No Time for Poetry revela a una banda que ha aprendido a mirar su entorno sin adornos, recogiendo las tensiones sociopolíticas de California y filtrándolas a través de un chamber pop que no renuncia a la elegancia, pero tampoco a la crítica. Un álbum que transforma la ansiedad contemporánea en claridad narrativa, que halla poesía entre cenizas, teclados y brisas electrónicas. Y que, pese a lo que afirma su título, demuestra que siempre queda un hueco para la lírica. Aunque toque escribirla con humo en el horizonte.