La pregunta vuelve cada cierto tiempo, como vuelven los impuestos, los catarros y la tentación de comprar otro disco “porque este sí”. Quién sigue comprando música en 2026 y para qué. Si compensa continuar alimentando una estantería que ya cruje como una casa vieja o si conviene rendirse a la sociedad bien avenida entre streamer y plataforma, que promete orden, comodidad y una paz doméstica bastante razonable. Entonces aparece Cherry Red con una de esas cajas que parecen concebidas por un archivero minucioso y un fetichista con buenos modales, y la discusión cambia de sitio. Ya no va solo de acumular objeto, sino de decidir si todavía merece la pena conservar un pasado cuando alguien se toma la molestia de presentarlo con inteligencia, contexto y una cierta dignidad material. Con What a Day for a Daydream: The Complete Recordings 1965-1969, publicado el 27 de marzo de 2026, el sello británico vuelve a hacer una de las cosas que mejor se le dan: convertir el rescate en una forma de crítica cultural. Son siete CDs, 170 cortes, mono y estéreo, bandas sonoras, rarezas, el disco final pilotado por Joe Butler, el desvío solista de Zal Yanovsky y el mastering de Alec Palao. Una barbaridad, sí, pero de las útiles.
Hace tiempo que Cherry Red entendió algo que muchas majors han tratado como si fuera una molestia contable: que la historia del pop no la sostienen solo los títulos canonizados, sino también las zonas intermedias, los catálogos mal distribuidos, los discos que acabaron en cubetas de saldo y las carreras cuya reputación quedó reducida a dos canciones radiantes y una foto en blanco y negro. Su trabajo con divisiones como Now Sounds, Grapefruit o Strawberry ha ido precisamente por ahí: reediciones amplias, mezclas recuperadas, ensayos, documentación y una cierta idea del archivo como lugar vivo. Ahí están el tratamiento dado a The Beau Brummels, presentados por la propia casa como una síntesis brillante de folk, country, barroquismo y rock, o la recuperación del tramo más extraño de The Electric Prunes. Esta caja de The Lovin’ Spoonful entra en esa misma tradición de lección de historia metida dentro de una caja, solo que aquí el botín incluye una banda a la que demasiada gente sigue recordando como si hubiera escrito tres o cuatro himnos soleados y luego se hubiera esfumado detrás de unas gafas tintadas.
La gracia del asunto, y también la injusticia, es que The Lovin’ Spoonful fueron bastante más que un grupo de singles felices. Surgidos del hervidero de Greenwich Village, llevaron al pop estadounidense una mezcla rarísima de folk urbano, tradición jug-band, blues, country y artesanía pop con oído de estudio. En su mejor momento, parecían una bisagra entre dos mundos: el de la vieja música popular norteamericana y el de una modernidad hecha de radio, cables y estribillos inmediatos. Mucho antes de que alguien empezara a hablar de Americana con esa tipografía de motel de carretera que hoy parece venir de serie, John Sebastian, Zal Yanovsky, Steve Boone y Joe Butler ya estaban construyendo una versión móvil, callejera y muy neoyorquina de esa idea. No extraña que el grupo colocara siete Top 10 en apenas año y medio, ni que Daydream acabara dejando huella incluso en la cocina melódica de Paul McCartney. Lo extraño, en realidad, es que durante décadas se les haya contado casi siempre por la vía del single luminoso, como si el resto del edificio fuera simple atrezzo.
Escuchar hoy el núcleo de la caja permite entender mejor hasta qué punto había ahí una imaginación instrumental poco común. Sebastian convirtió la armónica en algo más refinado que un simple adorno de folk club y se llevó al escenario una autoharp electrificada cuando casi nadie imaginaba ese instrumento dentro del rock. Yanovsky, con su Guild S-200 Thunderbird, aportó un toque raro, elástico, ligeramente caricaturesco y a la vez elegantísimo, capaz de pasar de una torsión casi campestre a un fraseo con vocación psicodélica sin perder nunca la sonrisa torcida. Ese equilibrio entre pericia y juego fue parte central de su estilo: en Jug Band Music ya había distorsión y travesura en 1965, y en Bald Headed Lena llegaron a colar gárgaras al micrófono como quien entra en el estudio con ganas de hacer un poco el gamberro, pero afinado. Era una banda con oficio y con humor, combinación cada vez más escasa; casi una rareza antropológica.
Luego está Summer in the City, que sigue funcionando como un pequeño manifiesto técnico y estético. Suena a verano, sí, pero a uno pegajoso, nervioso, con asfalto, bocinas y mala leche. Ahí el grupo abandonó la comodidad del gracioso repertorio de “good time music” para levantar una miniatura urbana, musculosa y bastante avanzada para 1966. Roy Haleecolocó un micrófono y un altavoz en una escalera metálica para usar el edificio como cámara de eco natural, Yanovsky golpeó un cubo de basura para añadir percusión y el grupo incorporó tráfico y ruido de ciudad en la mezcla. No era simple decoración: era una forma de narrar Nueva York desde dentro del estudio. Más tarde, Everything Playing se grabaría con una primitiva máquina de 16 pistas en Mirasound, otra prueba de que The Lovin’ Spoonfultenían bastante más curiosidad de laboratorio de la que suele concedérseles. Bajo esa apariencia cordial de grupo amable había más ingeniería y más ambición de la que permite el mito del combo soleado.
Naturalmente, la historia también tuvo su grieta. La caja la deja ahí, a la vista, sin necesidad de dramatizarla más de la cuenta. Yanovsky fue el elemento desquiciado y genial, el guitarrista que abría ventanas por donde la banda podía respirar aire raro; Sebastian, el gran artesano melódico, el hombre que sabía cómo convertir materiales de procedencia muy distinta en canciones que parecían haber existido desde siempre; Boone, además de bajista, ha sido uno de los mejores refutadores del tópico de que aquello era una factoría de sencillos y poco más; y Butler sostuvo un tramo final menos recordado, aunque no irrelevante, incluido aquí con todo el respeto archivístico del mundo. Que la trayectoria se torciera por tensiones internas, escándalos de drogas y cambios de formación no reduce el tamaño de la obra: más bien la vuelve más legible, más humana y menos postal.
Por eso esta edición importa. No porque convierta a The Lovin’ Spoonful en un secreto exquisito —a estas alturas sería una coquetería un poco ridícula—, sino porque les devuelve volumen, relieve y contradicción. Permite escuchar cómo una banda célebre por fabricar canciones de tres minutos fue también un cruce decisivo entre el Village folkie, la tradición popular norteamericana, el pop de estudio y una intuición de futuro que otros convertirían después en escuela, etiqueta o negocio. What a Day for a Daydream no está aquí para alimentar una nostalgia recurrente, sino para recordarnos que ciertas discografías necesitan espacio, notas al margen y una escucha sin prisa. A veces comprar una caja no consiste en añadir peso a la estantería. Consiste, sencillamente, en evitar que una parte de la música se vuelva plana. Y The Lovin’ Spoonful, escuchados así, vuelven a tener tres dimensiones, que no es mala manera de regresar del pasado.


