Desde Harlem hasta Lagos, pasando por un tiempo que se desdobla entre 1968 y 2024, The Last Poets siguen recordándonos que la palabra tiene filo, ritmo y una memoria implacable. Su último álbum, Africanism, es tanto un testimonio de resistencia como una celebración de la diáspora africana, una reinvención que los muestra tan urgentes como siempre. Porque si el hip-hop es una casa, The Last Poets son los cimientos: sólidos, vibrantes y, como bien saben, constantemente remodelados.
Nacidos en el Harlem de finales de los 60, en pleno auge del Black Power y la lucha por los derechos civiles, The Last Poets hicieron de la poesía hablada un arma de combate. Formados inicialmente por Abiodun Oyewole, David Nelson y Gylan Kain, el colectivo se expandió con Umar Bin Hassan, Jalal Mansur Nuriddin y Suliaman El-Hadi, entre otros, manteniendo siempre una línea de denuncia y militancia. Fueron la chispa antes del incendio del hip-hop, una influencia directa en figuras como Public Enemy, The Roots y Common. Más de cinco décadas después, siguen de pie, transformando su mensaje sin perder filo ni urgencia.
The Last Poets nunca han sido solo un grupo de poesía hablada. Son una institución viviente, una línea directa entre la tradición oral africana, el Black Arts Movement y el hip-hop en su forma más pura. En Africanism, esa conexión se expande con el pulso inconfundible del Afrobeat, cortesía de la batería espectral del difunto Tony Allen, quien deja su huella rítmica en el ADN del disco.
Abiodun Oyewole y Umar Bin Hassan revisitan textos icónicos como When the Revolution Comes y Niggers Are Scared of Revolution, pero los visten con nuevos colores y texturas, cortesía de una instrumentación más rica que nunca. El jazz británico entra a través de los teclados de Joe Armon-Jones, el funk de Kaidi Tatham le da elasticidad, y las líneas de bajo de Kunle Justice (de Egypt 80) sirven de ancla. Lo que en los 70 fue un fuego en el asfalto de Harlem ahora arde con otro oxígeno, expandiéndose más allá de cualquier coordenada fija.
Desde el inicio, Africanism deja claro que esta no es una obra de nostalgia. La apertura con African Man es puro trance percusivo, un mantra sobre la identidad y la diáspora, con la voz de Oyewole marcando el tono con una cadencia que es sermón, conversación y advertencia. This Is Madness, en su nueva forma, adquiere una cualidad cinematográfica, con saxos que serpentean como columnas de humo sobre un beat hipnótico. Pero es en Gashman donde el disco alcanza su punto más explosivo. La furia del poema se sostiene sobre un groove feroz, recordándonos que la sátira y la denuncia no tienen fecha de caducidad. The Last Poets no solo narraban la revolución, sino que le ponían banda sonora.
En un mundo donde la brutalidad policial, la opresión económica y el racismo estructural siguen siendo moneda corriente, The Last Poets continúan ofreciendo una perspectiva que es tanto histórica como urgente. No están aquí para entretener, sino para iluminar, y Africanism lo deja claro. No hay complacencia en este disco. No hay resignación. No están aquí para colgarse la medalla de “pioneros” y mirar con nostalgia sus días de gloria. Siguen en la trinchera, y este es su último disparo: feroz, hermoso y absolutamente necesario.


