Hay algo deliciosamente exagerado en la manera en que el jazz se bautiza a sí mismo cuando mira a las estrellas. Uno dice The Cosmic Tones Research Trio en voz alta —lo repite, incluso— y el salón se convierte en observatorio: incienso imaginario, telescopio emocional y una libreta para registrar avistamientos de cometas interiores. El título del disco, homónimo, añade gasolina al rito. Jazz místico, ceremonia sónica, palabras mayores… y, sin embargo, lo que proponen Roman Norfleet, Harlan Silverman y Kennedy Verrett sucede a ras de suelo, como quien barre la casa en silencio y descubre, entre el polvo, una constelación diminuta que sólo se ve cuando nadie hace ruido.
El trío, afincado en Portland, ya había dejado huella con All Is Sound (2024). Este segundo trabajo —The Cosmic Tones Research Trio (2025)— no redobla la apuesta por lo grandilocuente; la depura. Sopla el mismo viento espiritual, sí, pero ahora la brújula marca una ruta más concisa, con piezas breves que contienen más de lo que aparentan. Norfleetalterna saxofón alto, clarinete y flautas como si fueran llaves de paso; Silverman firma un violonchelo de trazo hondo que también respira en el modular y el bajo; Verrett mueve el centro de gravedad con piano, Rhodes, flautas y ese duduk de madera antigua que abre ventanas hacia otra luz. Lo cósmico como asunto de proximidad: la galaxia cabe en una habitación si sabes dónde colocar la lámpara.
La arquitectura del disco es clara: composiciones mínimas, un pulso meditativo y la convicción de que la repetición no es un bucle sino una escalera. Awakenings inaugura el tránsito con modestia programática —maderas, piano impresionista, aire— y sugiere un prólogo de tres minutos que deja el oído listo para lo importante. Llega Sankofa y el trío enciende el motor rítmico: la figura del chelo de Silverman gobierna con firmeza y Norfleetentra y sale como un narrador que conoce el final pero prefiere insinuarlo. No hay virtuosismo ostentoso, hay economía: quitar lo sobrante para que la melodía respire.
En The Sacred Garden asoma el lirismo del violonchelo sin caer en azúcar; la cuerda mantiene conversaciones la mar de interesantes. Photosynthesis cambia el aire con un workout de sintetizador modular que recuerda que el trío no vive del incienso, sino de la electricidad: geometrías que rozan la “environmental music” nipona, texturas que hacen fotos con luz natural. Spirit of Truthfunciona como interludio devocional —breve, preciso— y Ba Hi Yah devuelve el foco al diálogo entre percusión mínima y fraseo de viento, del tipo que uno reconoce aunque no lo haya escuchado nunca: esa sensación de “esto ya estaba aquí” que no es déjà vu, sino tradición bien entendida.
Lo meditativo no implica quietud. Invocation lo demuestra con un ascenso que va del drone a una especie de canto sin púlpito: flautas, pequeñas percusiones y un bajo que parece escribir a lápiz en el margen. Es uno de los picos del álbum, no tanto por su clímax como por su manera de llegar: caminando, no corriendo. Cierra Eternal Love, pieza de despedida que inicia en clave de piano-jazz —ecos de Bill Evans sin necesidad de guiñar el ojo— y se abre a un estribillo que vuelve a casa sin hacer ruido: conclusión natural, sin moralinas.
El linaje está ahí, claro, pero no pesa. El guiño nominal a Sun Ra convive con la paz gnóstica de Alice Coltrane y el sentido del lugar de Marion Brown; hay afinidades con contemporáneos que orbitan lo espiritual desde otros ángulos —Laraaji, Matthew Halsall, Natural Information Society— y, aun así, el trío suena a sí mismo. El mérito está en la escala: donde otros llenarían el cielo de fuegos artificiales, Norfleet, Silverman y Verrettprefieren encender tres velas y mover las sombras. La producción —sobria, con el máster justo para que todo flote sin perder densidad— deja que la sala haga su parte.
Más que “música de fondo”, este homónimo pide una escucha que no confunda calma con pasividad. El trío trabaja la atención como un recurso musical: sostener una nota, abrir un acorde, dejar un silencio con la medida exacta para que el oyente entre sin tropezar. Esa ética del detalle se entiende mejor si pensamos el álbum como un cuaderno de campo: lo cósmico no aparece en mayúsculas, se deja anotar en minúsculas y a lápiz.
Hay, además, un pequeño gesto político en este empequeñecimiento consciente. En tiempos de ruido grandilocuente, The Cosmic Tones Research Trio apuesta por el rigor íntimo: afinación, respiración, comunidad de cámara. Nada de dogmas, bastante de hospitalidad. Y en la propuesta late una idea amable: la sanación —palabra tan manoseada— quizá sólo sea otra manera de decir “escucha bien”.
Todo suena a nave interestelar con cúpula de cuarzo y manual de instrucciones en pergamino. Sí, hay jazz místico, jardines sagrados, invocaciones y amores eternos. Pero el milagro ocurre donde realmente vivimos. Este es, paradójicamente, un álbum perfecto para domesticar el otoño: enchufarlo en casa, ponerse el batín, ajustar las pantuflas y dejar que la sala —tu sala— haga de templo portátil. Cosmic tones, de acuerdo. Pero hoy, con perdón de las estrellas, también domestic tones.


