The Band: El Último acorde en la casa grande

La noticia llegó desde Woodstock, Nueva York, en la mañana del 21 de enero de 2025. Garth Hudson, último de los cinco originales, se había ido. Con él, The Band dejaba de existir en tiempo presente para convertirse, definitivamente, en historia. Hudson tenía 87 años y su música, como siempre, estaba en otro plano, desbordando el espacio y la etiqueta. Un arquitecto del sonido que prefería el órgano Lowrey al Hammond, el misterio a la exposición pública, la música al ego. Nunca fue un hombre de declaraciones grandilocuentes, pero su forma de tocar decía lo necesario.

La historia empieza en los años 50 con Ronnie Hawkins, el rockabilly de Arkansas que reunió a un grupo de músicos canadienses—Robbie Robertson, Rick Danko, Richard Manuel—y un sureño con la voz de un predicador y el pulso de un tren de mercancías: Levon Helm. Hudson se unió en 1961, con la única condición de que le pagaran un sueldo como “consultor musical” para que sus padres no pensaran que estaba desperdiciando su formación clásica en una banda de bares. No pasó mucho tiempo antes de que su capacidad para llenar cada espacio con texturas inimitables se convirtiera en parte esencial del sonido del grupo.

Después de un tiempo como The Hawks, el destino los cruzó con Bob Dylan en 1965. Dylan estaba en plena metamorfosis, electrificando su sonido y desatando la ira de los puristas del folk. Necesitaba una banda con la fuerza suficiente para sostener el huracán que estaba desatando. Ellos eran la banda. Acompañaron a Dylan en la legendaria gira de 1966, la de los abucheos y las ovaciones mezcladas, la que redefinió el concepto de la música popular. Cuando Dylan sufrió un accidente de moto y se retiró por un tiempo, ellos se refugiaron en una casa en las afueras de Woodstock, conocida como Big Pink, donde grabaron horas de música con él. Aquel sótano fue un laboratorio. Un punto de origen.

Fue ahí donde se convirtieron en The Band, dejando atrás la sombra de Dylan y encontrando su propia voz. En 1968 lanzaron Music from Big Pink, un disco que sonaba como si hubiera estado siempre ahí, como si alguien hubiera excavado en la tierra y lo hubiera encontrado enterrado, intacto. Era el anti-hipismo en plena era psicodélica, un regreso al blues, al folk, al country. A la madera y al polvo. Hudson, con su órgano flotante y su capacidad de transformar cada acorde en un espacio cinematográfico, fue el alquimista del sonido del disco.

Un año después llegó The Band (1969), el álbum marrón. “The Night They Drove Old Dixie Down”, “Up on Cripple Creek”, “Rag Mama Rag”. Canciones que no parecían compuestas, sino extraídas del folclore americano, como si hubieran existido desde siempre. Las voces de Manuel, Danko y Helm se entrelazaban en armonías rugosas y atemporales, y en el fondo, como un río que lo sostenía todo, estaba el órgano de Hudson.

Los 70 trajeron giras, tensiones y cansancio. En 1976 decidieron despedirse con un funeral a la altura de su leyenda. The Last Waltz, filmado por Martin Scorsese, reunió a Dylan, Van Morrison, Joni Mitchell, Neil Young, Muddy Waters y más. Fue un epílogo majestuoso, pero la historia no terminó ahí. En los 80 y 90 la banda volvió a girar sin Robertson, pero la magia nunca fue la misma. Hudson, sin embargo, nunca se aferró a la nostalgia.

Se convirtió en el más enigmático de todos, un músico que prefería colaborar en las sombras, aportando su magia sin pedir crédito. Tocó con Van Morrison, Leonard Cohen, Emmylou Harris, y con artistas más jóvenes como Neko Case, Teddy Thompson, The Sadies. The Sea to the North (2001) fue su primer álbum en solitario, un trabajo instrumental que demostraba que su creatividad seguía intacta. En 2011, con Garth Hudson Presents: A Canadian Celebration of The Band, reinterpretó el legado de su propia banda junto a una nueva generación.

Los últimos años fueron menos amables con él. Problemas financieros, bancarrotas, un genio sin estabilidad económica. Pero su legado ya estaba asegurado. Hudson fue el último en partir, pero la música sigue su curso, como un río que se niega a secarse. “Turn the stern and point to shore / The seven seas won’t carry us no more.”