Treinta años después de su publicación, After Murder Park conserva intacto ese aire de disco encontrado junto a una zanja: no exactamente manchado, pero sí demasiado cerca de algo que acaba de suceder y que nadie parece dispuesto a explicar. En marzo de 1996, mientras el Britpop sacaba pecho, ondeaba banderas y aprendía a posar para la prosperidad con una pinta en la mano, Luke Haines entregó el tercer álbum de The Auteurs como quien deja una herramienta oxidada sobre la mesa del banquete presidido por los Gallagher y los Albarn. Era pop británico, sí, pero atravesado por una corriente de rencor, elegancia enferma y humor negrísimo al que esta vez incluso se le había apagado la sonrisa. El propio Hainesreconocería años después que, al volver sobre aquellas canciones, lo que más le sorprendió fue su ausencia total de comicidad. En su defensa, conviene recordar que las escribió recuperándose de la rotura de ambos tobillos, instalado en una silla de ruedas y con la medicación haciendo también su modesto trabajo de producción.
Para entonces ya era una figura incómoda dentro de la música británica: demasiado culto para el gamberrismo de manual, demasiado venenoso para la aristocracia pop, demasiado buen escritor para ser reducido a gruñón profesional. The Auteurs habían debutado con New Wave en 1993, un disco de pop afilado y nervioso que perdió el Mercury Prize por un solo voto frente a Suede, detalle que en la mitología de Haines funciona casi como una maldición griega, pero con más sarcasmo y menos túnicas. Después llegó Now I’m a Cowboy, más pulido, más amplio, también menos celebrado de lo esperado. En vez de buscar acomodo, Haines empezó a desmontar el decorado desde dentro.
Ese gesto fue After Murder Park. Un disco levantado contra su tiempo, aunque no de forma panfletaria. Haines no necesitaba escribir un manifiesto contra la euforia blanda del Britpop; le bastó con poner a sonar Light Aircraft on Fire. La canción abre el álbum con guitarras como cables pelados, una batería rabiosa, y una frase inicial que cae con la delicadeza de una maceta desde un quinto piso: “When you cut your lover’s slack / You’ll get a fucking monster back”. En apenas unos segundos, el viejo refinamiento de The Auteurs aparece lleno de polvo, arañazos y malas intenciones. Aún queda melodía, pero ya no viene con la cara lavada y recien peinada. Aún hay glam, pero con el maquillaje corrido. Aún hay pop, pero alguien ha cambiado el azúcar por estricnina y ha tenido la cortesía de no avisar.
La elección de Steve Albini como productor fue algo más que una decisión estética: fue un método de demolición. Grabado en Abbey Road, lugar poco sospechoso de sonar a sótano mugriento, el álbum encontró en Albini una aspereza quirúrgica. Nada de barnices innecesarios, nada de embellecer lo que pedía arista. La banda suena más seca, más física, más expuesta. Las guitarras de Haines adquieren una tensión casi metálica, la batería golpea con una nitidez poco complaciente y los arreglos de James Banbury —violonchelo, órgano, cuerdas— no aparecen para ennoblecer la escena, sino para enfriarla. Como poner flores caras sobre cemento húmedo.
Lo fascinante es que After Murder Park nunca se limita a ser un disco áspero. Su verdadera perversidad está en seguir resultando disfrutable. Es rocoso, sí, pero también pegadizo; venenoso, pero con brillo de cereza recién lavada. Ahí reside buena parte de su magnetismo: Haines no renuncia a su talento melódico, simplemente lo usa con intenciones poco saludables. Unsolved Child Murder es el ejemplo más perturbador. Sobre una melodía casi irresistible, de una claridad que podría haber pertenecido a otro disco menos torcido, Hainesaborda la desaparición y muerte de un niño sin guiños, sin distancia cómoda, sin convertir el horror en cuentecito gótico. La canción avanza con una frialdad que descoloca porque no parece buscar escándalo, sino algo más molesto: quedarse adherida a la memoria como un olor que no se va del todo.
Algo parecido ocurre en Child Brides, donde la crudeza del tema no impide que la canción conserve una extraña gracia formal. Las cuerdas no suavizan el golpe; lo administran mejor. En manos menos precisas, este material habría caído en la provocación fútil, esa cosa adolescente de enseñar el cuchillo para que todos miren. Haines, en cambio, escribe como un dandy de la destrucción: se ajusta los puños antes de arruinar la sobremesa. Su talento no consiste solo en escoger asuntos turbios, sino en incrustarlos en canciones de arquitectura pop reconocible, a veces incluso hermosa, y dejar que el contraste haga el trabajo sucio.
El álbum está lleno de esas viñetas de violencia, humillación y decadencia británica pasada por ácido. Tombstone fantasea con volar por los aires el Columbia Hotel, refugio simbólico de cierta aristocracia pop de la época, y anticipa la fascinación de Haines por la iconografía de Baader-Meinhof, que poco después tendría proyecto propio. New Brat in Town empuja desde el órgano con una amenaza seca, Married to a Lazy Lover lleva las relaciones sentimentales a un terreno de hastío y violencia donde el amor aparece como contrato mal redactado, y Dead Sea Navigators mira el alcoholismo y la ruina social sin indulgencia. Son canciones donde la observación cruel y el oído melódico avanzan juntos, como si Haineshubiera decidido que la elegancia también podía tener antecedentes penales.
La comparación con Murder Ballads de Nick Cave and The Bad Seeds, publicado también en 1996, resulta tentadora, pero hay una diferencia esencial. Cave abordaba el asesinato desde una teatralidad bíblica, pantanosa, casi operística. Haines lo hacía desde una Inglaterra de hoteles baratos, bares con moqueta sufrida, suburbios mentales y resentimientos de clase media. Su violencia no llega montada a caballo ni envuelta en tormenta; aparece en recibos, ascensores, conversaciones agriadas y noches que terminan peor de lo previsto. Por eso After Murder Park incomoda de otra manera. No parece un descenso al infierno, sino un trayecto corto por una ciudad que de pronto ha cambiado todos los escaparates por cristales opacos.
También es, probablemente, el disco en el que The Auteurs funcionan con más claridad como banda. Aunque Haines sea el centro gravitatorio, aquí el grupo no actúa como simple vehículo para sus invectivas. La producción de Albini da espacio a cada elemento sin volverlo amable: el violonchelo de Banbury corta el aire, la base rítmica aprieta los dientes y las guitarras dejan marcas visibles. El resultado tiene algo de pop barroco golpeado contra una pared de ladrillo, pero sin perder el sentido de la canción. Esa es la proeza. After Murder Park no se hunde bajo el peso de su propio mal humor porque detrás de cada gesto de sabotaje hay composición, nervio y una inteligencia formal que impide despacharlo como simple ataque de bilis.
Escuchado hoy, el disco ha ganado una cualidad casi documental. No porque explique el Britpop, sino porque enseña su reverso mientras la fotografía oficial todavía estaba revelándose. Frente a la sonrisa expansiva de la época, Haines ofreció una mueca exacta. Frente al deseo de pertenecer, cultivó la rareza con disciplina de monje cabreado. Frente al relato ascendente de la Inglaterra pop de mediados de los noventa, escribió canciones sobre niños muertos, amantes convertidos en monstruos, fantasías terroristas y hoteles condenados. Su condición de “consumado outsider” no fue una pose calculada, sino una estrategia de supervivencia artística: quedarse fuera para poder mirar mejor, aunque mirar mejor le costara acabar con fama de aguafiestas profesional.
Hay algo de Oscar Wilde friqui y venenoso en Luke Haines, pero sin encaje verbal ni reverencias de salón: su ingenio suele llevar barro en los bajos y una factura pendiente en el bolsillo. Como escritor de canciones, pertenece a esa rara familia de autores capaces de convertir el desprecio en forma, el rencor en electricidad, la provocación en estilo. En After Murder Park, esa capacidad alcanza una concentración feroz. No es su disco más amable, quizá tampoco el más variado, pero sí el que mejor captura su talento para hacer del pop un instrumento de precisión incómoda. Cada melodía parece saber demasiado. Cada arreglo mira de reojo. Cada estribillo podría haber sido encantador si no hubiera decidido presentarse con una noticia pésima.
Treinta años después, After Murder Park sigue sin facilitar una reconciliación. Tampoco la necesita. Su grandeza está en haber convertido el autosabotaje en una forma de claridad, en haber cruzado el glam, el pop barroco y la crudeza de Steve Albini hasta levantar un disco que aún corta sin necesidad de agitarse. Puede que en 1996 pareciera una maniobra suicida en plena barra libre del champán britpopero. Hoy suena más bien como una prueba de lucidez: The Auteurs miraron la fiesta desde el bordillo y entendieron antes que muchos que aquella euforia traía el recibo doblado en el bolsillo. Haines, por supuesto, no llamó a nadie para avisar. Escribió canciones. Mucho más peligroso.


