The Artistry of Freddie Hubbard: colisión cósmica en Englewood Cliffs

El 2 de julio de 1962, seis hombres entraron en el estudio de Rudy Van Gelder con una idea bastante precisa de quiénes eran. Quizá ahí residiera el problema.

Freddie Hubbard tenía veinticuatro años y tocaba la trompeta con una autoridad impropia de su edad. Curtis Fuller y Louis Hayes traían consigo la disciplina musculosa de Art Blakey. Tommy Flanagan poseía esa rara facultad de colocar una nota en el lugar exacto y conseguir que después pareciera inevitable. Art Davis sostenía el contrabajo con una firmeza lo bastante flexible como para permitir imprudencias. Y John Gilmore llegaba desde otra jurisdicción. No exactamente en sentido figurado.

Gilmore pertenecía al universo de Sun Ra, una organización musical con sus propias leyes, su liturgia y una relación bastante discutible con la Tierra. Sacarlo de aquella órbita para una sesión ajena no era sencillo. Hubbard llevaba tiempo siguiéndole la pista: cuando aún vivía en Indianápolis viajaba a Chicago para escucharlo tocar con la Arkestra, fascinado por aquel tenor que podía iniciar una frase dentro de las convenciones del jazz y terminarla unos metros más allá. Que John Coltrane admirase también a Gilmore no hizo sino agrandar la curiosidad. Así que Hubbard lo llamó.

La colisión cósmica que atraviesa The Artistry of Freddie Hubbard (Impulse!, 1963) nace ahí: un trompetista formado en el núcleo más vigoroso del hard bop incorpora a uno de los hombres decisivos de Sun Ra a un disco que, sobre el papel, podía haber sido otra excelente sesión de jazz moderno de comienzos de los sesenta. Lo interesante es escuchar cómo poco a poco deja de serlo.

Hubbard venía de vivir deprisa. Había publicado para Blue Note Open Sesame, Goin’ Up, Hub Cap y Ready for Freddie; había participado en Free Jazz de Ornette Coleman y militaba ya en los Jazz Messengers. Técnica le sobraba. También potencia, imaginación y un registro capaz de convertir determinadas notas agudas en un pequeño problema administrativo. La cuestión empezaba a ser otra: qué hacer con semejante arsenal. The Artistry of Freddie Hubbard es el disco en el que esa pregunta empieza a encontrar forma.

El título casi parece una broma. The Artistry of Freddie Hubbard. Suena al tipo de fórmula que una discográfica reserva para un músico con veinte años de carrera, varios desencantos y suficiente obra como para justificar una caja de lujo. Hubbard tenía veinticuatro. Pero Bob Thiele, responsable de la sesión para Impulse!, entendió que allí había algo más que un joven trompetista en estado de gracia. El propio Hubbard recordaría después aquel álbum como uno de los primeros en los que escuchó sus arreglos y reconoció algo inequívocamente suyo.

Antes de The Artistry of Freddie Hubbard, Freddie Hubbard ya sabía tocar como Freddie Hubbard. Aquí empieza a aprender a pensar como Freddie Hubbard.

En algunas sesiones anteriores había contado con la ayuda de Tina Brooks para perfilar arreglos. Ahora quería asumir esa responsabilidad con mayor nitidez: decidir cómo debían moverse los instrumentos alrededor de su trompeta, cuánto aire necesitaba cada voz y de qué manera una pieza podía adquirir personalidad antes incluso de que llegara su turno para improvisar. El virtuosismo, hasta entonces casi una fuerza natural, empezaba a convertirse en herramienta de construcción.

El sexteto estaba pensado para poner a prueba esa idea. Curtis Fuller aportaba al trombón una voz perfectamente compatible con la suya; Louis Hayes, amigo y durante un tiempo compañero de piso en Brooklyn, conocía bien el pulso que Hubbard necesitaba detrás; Art Davis daba al conjunto una base móvil y robusta, mientras Tommy Flanagan administraba el piano con una elegancia que resulta especialmente valiosa cuando alrededor empiezan a suceder demasiadas cosas. Gilmore era la anomalía.

No porque tocara deliberadamente contra el grupo, sino porque pensaba desde otro lugar. Su aprendizaje junto a Sun Ra le había enseñado a desconfiar de las soluciones armónicas demasiado previsibles. En The Artistry… abre pequeñas grietas en una música que conoce perfectamente las reglas del hard bop. Hubbard parece haberlo convocado precisamente para eso: para introducir una dosis de incertidumbre en una maquinaria demasiado bien engrasada.


Caravan establece el conflicto desde el principio. El clásico de Juan Tizol y Duke Ellingtonera ya una pieza tan reconocible que podía convertirse fácilmente en ejercicio de repertorio. Hubbard la trata como materia inflamable. Art Davis y Louis Hayes levantan una base oscura mientras los vientos presentan la melodía sin demasiada reverencia. Cuando entra la trompeta, Hubbard despliega toda la maquinaria: cambios de registro, ataques secos, frases largas, aceleraciones que en otras manos acabarían en accidente. Aquí es donde aluniza Gilmore.

Su solo altera la geometría del tema. Hay en él una resistencia a cerrar cada idea por el camino más cómodo. Si Hubbard parece saber con precisión dónde quiere aterrizar, Gilmore disfruta unos compases comprobando qué ocurre cuando desaparece la pista. Esa tensión entre control e incertidumbre acaba definiendo buena parte del álbum.

Summertime ofrece otro tipo de enfrentamiento. Cuatro años antes, Miles Davis y Gil Evanshabían dejado en Porgy and Bess una versión monumental, vaporosa y melancólica. Hubbard escoge otra vía. Su lectura es más corporal, más tensa, menos contemplativa, y desplaza la melodía de George Gershwin hacia terrenos modales y ciertas inflexiones latinas. Donde Miles tendía a retirar elementos hasta encontrar una especie de núcleo secreto de la canción, Hubbard todavía disfruta comprobando cuánto puede introducir dentro de ella sin romperla.

La diferencia es reveladora. Ya no suena como un discípulo discutiendo con un maestro, sino como otro temperamento frente a la misma melodía. Y ahí empieza a aparecer una identidad verdadera: cuando una canción conocida deja de ser terreno común y se convierte en una cuestión personal.

The 7th Day termina de mover el disco hacia una zona menos previsible. Hubbard atribuía a la composición un significado espiritual relacionado con el séptimo día y construyó alrededor de esa idea una pieza modal sostenida por una figura rítmica insistente. Bajo los vientos corre una pulsación casi ceremonial que altera la relación habitual entre tema e improvisación.

A esas alturas importa menos establecer qué parte pertenece a Blakey, cuál procede de Sun Ra y qué elementos pueden relacionarse con otras experiencias que estaban transformando el jazz a comienzos de los sesenta. Durante unos minutos el grupo encuentra otra cosa: un territorio todavía inestable donde Hubbard puede escribir desde el hard bop sin permanecer del todo dentro de él. Después la música se desvanece.

Seis hombres habían entrado unas horas antes en Englewood Cliffs sabiendo perfectamente quiénes eran. No salieron convertidos en otras personas. La música rara vez ofrece transformaciones tan limpias. Hubbard volvería poco después a Blue Note y seguiría avanzando a través de Hub-Tones, Here to Stay o Breaking Point!, afinando una personalidad que terminaría desbordando ampliamente las coordenadas de aquel verano de 1962. Pero algo había empezado a moverse.

The Artistry of Freddie Hubbard no documenta una revolución. Su interés reside en algo más escurridizo: escuchar a un músico llegar unos segundos antes que su propia identidad. Hubbard posee ya todas las herramientas, pero todavía está probándolas, acercándolas unas a otras, comprobando qué sucede cuando coloca a Curtis Fuller junto a John Gilmore, cuando enfrenta Summertime a su propia personalidad o cuando descubre que una composición puede revelar tanto sobre él como el solo más espectacular.

Tenía veinticuatro años y podía tocar prácticamente cualquier cosa. En The Artistry of Freddie Hubbard empezó a decidir cuáles merecían la pena. Y para averiguarlo necesitó, entre otras cosas, sacar durante unas horas a John Gilmore de Saturno.