Cuando Álvaro Muñoz puso fin a la aventura de Tarik y la Fábrica de Colores a mediados de los noventa, lo hizo con la convicción de alguien que deseaba “terminar con todo el rollo que conlleva una banda”. Lo dijo sin aspavientos, como quien cierra una puerta con la esperanza de que no crujan los goznes. Lo cierto es que a Tarik siempre le ha gustado desaparecer como el Guadiana, con apariciones brillantes, huidas sin ruido y regresos inesperados, como Sequentialee, que en 2025 cumple veinte años y suena hoy tan vigente como cuando cayó —como la lluvia— sobre un panorama pop necesitado de ambición melódica y sentido del detalle.
Detrás del nombre artístico se esconde Álvaro Muñoz, músico cordobés con formación jazzística, recorrido post-punk (en los tiempos de Yacentes) y una querencia evidente por la melodía inglesa de los sesenta y la poética romántica de acento dramático. Le han llamado “el Bowie español” —con esa hipérbole tan española—, pero basta con escuchar su obra para intuir que hay algo de verdad en esa etiqueta que nadie pidió.
Sequentialee fue, en 2005, su regreso discográfico tras el explosivo y cabaretero On the Radio (1997), un álbum en inglés de acento industrial que bien podría haber colado en la escudería glam de un Ziggy transiberiano. Pero aquí Álvaro regresaba con otra piel: sonido orgánico, composiciones cuidadas y un pulso pop que no necesita de andamiajes ruidistas para mantenerse en pie. El disco, producido por Pedro Cantudo (de Jubilee), se gestó con calma en su estudio, y a punto estuvo de titularse Las sesiones de Sequentialee. Pero el pudor hizo su trabajo y ganó la concisión.
Este regreso discográfico —firmado ya con Mushroom Pillow, sello entonces en plena efervescencia— abría con una tripleta de canciones en castellano que valdrían por sí solas para justificar toda una discografía. “Porque es domingo” fue el single: una exaltación doliente del amor como refugio y condena, una especie de crooner romántico abandonado a su destino pasional. A su lado, “Algo que cae como la lluvia” servía de declaración estética: ruido, lirismo y desgarro melódico en equilibrio delicado, como si The Jesus and Mary Chain hubieran pasado un verano en Córdoba escuchando a Antonio Vega.
El disco es, además, un mapa de las obsesiones de Tarik. Está el inglés (“I forgot the lyrics”), el homenaje a los héroes eléctricos (“Cinnamon Girl” de Neil Young, reimaginada con distorsión y un solo monocorde que es puro dardo emocional) y la pulsión lírica (“Vengan los amantes”), donde la exaltación amorosa se convierte en manifiesto vital. Por no hablar de “Velvet Suicide”, drama glam y escorzo suede que fue —según confesión del propio Álvaro— el único acercamiento frontal al tema del suicidio en su repertorio. A los rumores hay que ponerles banda sonora.
Sequentialee contiene también hallazgos como “Un apartamento en Père Lachaise”, instrumental orquestado con guiño a Burt Bacharach, que pone violines y coros femeninos donde otros habrían metido nostalgia barata. Que el título aluda al cementerio parisino no es gratuito: Álvaro siempre ha preferido la ironía elegante al sentimentalismo obvio.
El álbum contaba, además, con la batería de Eric Jiménez (Los Planetas) y colaboraciones de miembros de Jubilee, Limousine y Underwater Tea Party. La producción cuidada y la diversidad de estilos no impiden que Sequentialee suene coherente, como si todo lo grabado respondiera a un plan secreto del que solo el autor conoce los detalles.
Tras este álbum llegó El Hueso y la Carne (2007), más crudo, más guitarrero, y por primera vez íntegramente en español. Cerraba —al menos en apariencia— la etapa más sólida y visible de Tarik. Después vinieron estupendos experimentos electrónicos bajo el alias Summer Spree, homenajes a Los Módulos, alguna reaparición en acústico, una exposición artística en Córdoba y, como siempre, esa elegante intermitencia que define su figura. Álvaro Muñoz nunca ha querido jugar con las cartas de la industria. Prefiere terminar un disco y desaparecer durante años. Y volver, si acaso, cuando nadie lo espera.
Sequentialee, veinte años después, resiste como esos álbumes que no caducan ni necesitan de reediciones lujosas para justificar su valía. Una obra que condensa olfato melódico, letras con filo y una elegancia atemporal que, si no fuera porque a Tarik nunca le interesó figurar, debería situarse entre lo mejor del pop español de su siglo.


