Susannah Stark / Minor Gestures (STROOM / Night School, 2025)

En The Minor Gesture (2016), la filósofa canadiense Erin Manning describía los “gestos menores” como esas fuerzas diminutas que interrumpen el flujo de lo establecido: movimientos casi invisibles que, sin grandes aspavientos, transforman lo que tocan. Algo parecido ocurre con Susannah Stark. Su segundo álbum, Minor Gestures, no llega para corregir el rumbo de nada, sino para torcerlo con delicadeza, como quien cambia el curso de un riachuelo moviendo apenas una piedra.

Procedente de Fife, artista visual antes que música, Stark trabaja desde ese territorio “menor”: los márgenes, los temblores, lo que sucede fuera del foco. Su voz no ilumina sino que parpadea; sus canciones fluyen y se derraman en en bucle. En este disco, editado por los sellos STROOM (Bruselas) y Night School (Glasgow), la artista convierte la sutileza en una práctica espiritual, una invitación a escuchar con el oído del silencio.

Grabado en Glasgow con un ensamble que parece convocado más por afinidad mística que por planificación —Laurie Pitt (batería y percusión, de Golden Teacher y The Modern Institute), Philip Cardwell (trompeta), Caroline Hussey (acordeón), además de las texturas de armonio y sintetizadores modulares de la propia Stark—, Minor Gestures se presenta como una “sesión extendida de folk” atravesada por el drone, la electrónica artesanal y la voz en gaélico escocés (Gàidhlig). Suena a ritual sin liturgia, a plegaria pronunciada desde las piedras húmedas del Clyde.

El disco abre con “Caochan”, un remolino de cantos de pájaros, corrientes de agua y sintes que parecen flotar en la niebla. El título significa algo así como “te veo, te veo”, dicho por “el ciego”: metáfora perfecta para quien confía más en la intuición que en la vista. En “Dithis phrìosanach”, la percusión se vuelve litúrgica, la trompeta abre espacio como si convocara a los dioses del subsuelo, y el acordeón respira con la cadencia de un mar antiguo. Más adelante, “Mu choinneamh, ri taobh”, con la colaboración de Cinder (Cindytalk), se despliega como una procesión funeraria animista, un homenaje lateral a Dimple de Scott Walker.

El uso del gaélico no es aquí un simple gesto identitario: es un modo de pensar el lenguaje desde su fisura. Stark lo utiliza para explorar la traducción, la pérdida y la memoria cultural, convirtiendo cada palabra en una reliquia fonética. Cuando canta, germina una invocación. Y aunque no entendamos lo que dice, intuimos lo que busca.

La producción, firmada por Ronan Fay y Alliyah Enyo en Green Door Studio, suena como si el aire se hubiera colado entre los micrófonos. Hay grabaciones de campo de ríos y pájaros, drones serpenteantes, ornamentaciones modulares, percusiones que parecen latir desde el interior de la tierra. Es una música que crea nuevos paisajes, más allá de describir los existentes.

Comparado con su debut, Time Together (Hues and Intensities) (2020), donde Stark se debatía entre la electrónica casera y la introspección espiritual, este nuevo álbum es una deriva más terrenal, pero también más cósmica. Si en el primero buscaba “suavidad” y “vulnerabilidad” como principios sonoros, aquí el gesto menor se vuelve geológico: algo que reconfigura lentamente el terreno, a escala humana pero con paciencia universal.

Minor Gestures es, en definitiva, un disco que exige tiempo, espacio y, preferiblemente, un poco de barro en los tobillos. Lo ideal sería escucharlo junto a un círculo de piedras o a orillas de un río, dejando que la corriente decida el orden de las pistas. Quien espere melodías redondas puede acabar como personaje de Outlander perdido en un vórtice temporal; quien se deje arrastrar, en cambio, puede encontrarse en el futuro sin haber dado un solo paso.