Hay lugares que no fueron hechos para lo cotidiano. La Fondation Maeght, felizmente localizada en Saint-Paul-de-Vence, no se pensó para albergar objetos, sino para que todo lo que suceda allí tenga algo de revelación. “Haz algo aquí, algo que no tenga propósito especulativo, algo que nos permita, como artistas, exhibir escultura y pintura en las mejores condiciones posibles de luz y espacio. Hazlo, yo te ayudaré”, dijo Georges Braque al arquitecto Josep Lluís Sert, y entre ambos tramaron un espacio donde el arte no se expone: flota.
A principios de los 70 del siglo pasado, Sun Ra ya era mucho más que un músico. Era una institución flotante, una teoría del universo con forma de orquesta. Nacido en Birmingham, Alabama, con el nombre de Herman Poole Blount, había abandonado no solo su país de origen, sino también su planeta. En sus propias palabras, venía de Saturno. Su misión: usar el jazz —o mejor dicho, su propia versión cósmica del jazz— para liberar mentes y cuerpos. Desde los años 50, al frente del Arkestra, había transformado cada actuación en un viaje ritual. Publicó decenas de discos en sellos imposibles, diseñó sus propias portadas, escribió manifiestos místicos y construyó una narrativa en la que el Antiguo Egipto, los sintetizadores y la redención espiritual compartían escenario. Su música no seguía una línea temporal, sino una trayectoria elíptica: un sistema solar autónomo, donde cada álbum giraba a su propio ritmo y con su propia gravedad.
Nuits de la Fondation Maeght, publicado ahora en una edición monumental por Strut, reúne por fin de forma íntegra y restaurada aquellas actuaciones legendarias en la Fundación. La edición física —seis vinilos, libreto con textos de Daniel Caux, Jacqueline Caux y Paul Griffiths, fotos inéditas de Philippe Gras y el programa original del festival— es casi un objeto de arte por sí misma. Para quienes no tienen tocadiscos, existe una versión digital más contenida pero igual de vibrante, basada en la antigua edición doble en CD.
¿Y qué ocurre en estos discos? Mucho más que un concierto. Es un descenso colectivo a las profundidades del espacio, liderado por una orquesta vestida de faraones espaciales y comandada por un profeta con sintetizador. En Enlightenment, Theme Of The Stargazers o Calling Planet Earth, June Tyson y el coro del Arkestra invocan galaxias a voz limpia, mientras en Cosmic Explorer y Tone Science Sun Ra manipula el Mini Moog como si escribiera una novela sonora con frecuencias y zumbidos.
El repertorio es tan extenso como diverso: desde las invocaciones cortas como Sun Interlude, Sky o Three Cheers For Ra, hasta improvisaciones épicas como Pleasant Twilight, Shadow World, Spontaneous Simplicity o Friendly Galaxy No.2 (presentadas en versiones distintas durante las dos noches). Hay paradas surrealistas (Why Go To The Moon?, Second Stop Is Jupiter, Next Stop Mars), momentos devocionales (I’ll Wait For You, Imagination) y mantras de ida y vuelta como We Travel The Spaceways o Satellites Are Spinning, que aparecen varias veces, como si fueran estribillos intergalácticos que el Arkestra repite hasta que el mensaje atraviesa la atmósfera.
Hay espiritualidad y ciencia ficción. Baladas suspendidas, improvisaciones volcánicas, percusiones tribales y estallidos de big band que suenan como si Duke Ellington hubiese montado su orquesta dentro de una estación espacial. John Gilmore al saxofón y Marshall Allen al oboe llevan la nave por rutas que no aparecen en ningún mapa.
Lo interesante es que en su momento no todo el mundo supo cómo reaccionar a todo esto. Jean-Robert Masson, crítico de jazz francés, se quejaba de que lo que se escuchaba era “casi estático”, “grosero y simple”. Quizá porque nadie le avisó de que los conciertos del Arkestra eran más bien portales a otra dimensión.
Porque Sun Ra no solo tocaba: activaba resortes energéticos. Cada concierto suyo era una ceremonia donde la música, el vestuario, la danza, las luces y el silencio tenían el mismo rango. En Maeght, ante un público que no sabía si aplaudir o rezar, el Arkestra no ofreció un espectáculo: hizo un alunizaje en toda regla. Esta reedición no solo pone en contexto una de las actuaciones más importantes de su carrera, sino que restituye su dimensión ritual, su potencia escénica, su rareza bien calculada.


