En un período en el que el folk-rock confesional interpretado por mujeres está atravesando una de sus etapas más ricas y audaces—con artistas como Adrianne Lenker, Billie Marten y A.A. Williams expandiendo sus universos sonoros—Sophie Jamieson sobresale del pelotón por su habilidad para convertir la vulnerabilidad (honesta, sin artificios) en parte de su código narrativo . No se trata únicamente de la intimidad que emana de sus letras o de la fragilidad de su voz, sino de cómo sus canciones parecen apoyarse en el borde de algo elusivo, siempre al límite del desvanecimiento o de metamorfosearse en algo completamente diferente.
Desde su irrupción en la escena nu-folk londinense hace más de una década, Sophie Jamieson ha trazado un camino poco convencional, marcado por pausas autoimpuestas y regresos silenciosos pero contundentes. Tras un prometedor EP en 2013 y una crisis que le alejó de la música durante años, reapareció con Hammer y Release, dos trabajos que canalizaban la depresión y la reconstrucción personal con una honestidad brutal. Luego llegó Choosing (2022), su primer álbum de larga duración, donde la autodestrucción y el deseo de redención se enfrentaban en un delicado equilibrio. Ahora, con I Still Want to Share, Jamieson demuestra que no ha terminado de hurgar en los rincones más incómodos de la emoción humana. Su folk melancólico, teñido de texturas electrónicas y un lirismo incisivo, le sitúa en la champions league del folk-rock contemporáneo.
Su segundo álbum, I Still Want to Share, no se limita a seguir el trayecto establecido por su primer trabajo, el ya mencionado Choosing (2022). En esta ocasión, Jamieson indaga en la soledad, el deseo y la nostalgia, pero con una sensación renovada de dinamismo. Más que una queja estática, este disco avanza—por carreteras desiertas, habitaciones de motel, recuerdos reconstruidos desde la distancia—como si el acto de continuar adelante, aunque incierto, fuera lo que realmente importa.
Co-producido junto a Guy Massey (ojo a su hoja de servicios), el álbum se sostiene sobre una instrumentación delicada y envolvente. El Suzuki Omnichord y el órgano de tubos aportan una cualidad etérea, mientras que las cuerdas de Josephine Stephenson emergen como sombras alargadas en el horizonte. Ningún elemento es exagerado ni pomposo; cada arreglo parece elaborado para resaltar lo esencial: la voz de Jamieson, fascinante y reconfortante a la vez, que penetra el álbum con la precisión de alguien que elige cuidadosamente cada palabra antes de pronunciarla.
En Highway, una de las composiciones más impactantes del disco, su interpretación oscila entre la resignación y la súplica mientras la canción se expande hacia un clímax que deja una huella profunda. Vista adopta un enfoque más espectral, con capas de sintetizadores que envuelven su voz como si flotara entre recuerdos vagos. La lírica, a su vez, transforma lo cotidiano en algo inquietante y familiar; canciones como Your Love is a Mirror y How Do You Want to Be Loved? convierten momentos efímeros en preguntas sobre la identidad, la pérdida y el anhelo de pertenencia.
Es una lástima que discos como I Still Want to Share salgan publicados a principios de año, porque la memoria colectiva es cada vez más corta y rara vez encuentran su hueco en las listas que resumen lo mejor de cada temporada. Pero este lo merece. Sophie Jamieson ha creado un álbum que, con su fragilidad contenida y su exploración de la añoranza, no debería quedar relegado al olvido cuando lleguen los balances de lo mejor del año. Su música no requiere de estridencias para dejar una impresión duradera; su lugar está junto a esos discos que no reclaman la atención del oyente agarrándole por la solapa, pero terminan convirtiéndose en refugios inagotables.


