Small Faces nunca fueron una banda para la posteridad. No por falta de talento —que les sobraba—, ni por escasez de canciones, sino porque su historia siempre pareció contada a medias. Como si alguien hubiese extraviado el último carrete en el laboratorio, o como si Steve Marriott, en uno de sus arranques volcánicos, hubiese dicho “hasta aquí hemos llegado” justo cuando todo parecía alineado para algo grande. Y así fue: de repente, ya no estaban.
“I was nowhere, til you changed my mind / Love is sent through being good to you”, canta Marriott en The Autumn Stone, una de esas piezas que resuenan como epitafio y carta de amor al mismo tiempo. Un tema que ahora, más de medio siglo después, se convierte en el hilo conductor de una reedición que sí —por fin— honra a sus autores. The Autumn Stone (2025) no es sólo una caja con vinilos preciosistas: es la historia del grupo contada desde dentro, sin los errores de la edición original de 1969, sin el apresuramiento del sello Immediate, sin la portada mutilada. Y con un mimo tan palpable que dan ganas de invitar a Kenney Jones a casa a tomar el té.
El origen de The Autumn Stone es tan accidentado como fascinante. El grupo se separa en 1969. Marriott se marcha para fundar Humble Pie, y los otros tres —Ronnie Lane, Ian McLagan y el propio Jones— terminan formando Faces junto a Rod Stewart y Ronnie Wood. Immediate, desesperado por mantenerse a flote, decide rascar el fondo del barril y compila éxitos, descartes y grabaciones en vivo (algunas con velocidad de Alvin y las Ardillas), todo aderezado con errores de masterización y una portada que ni siquiera incluye el nombre del grupo. El intento de sacar tajada resultó ser una obra huérfana, maltratada y, con los años, medio olvidada.
La edición de 2025 corrige el entuerto con precisión quirúrgica y gusto enciclopédico. Supervisada por Kenney Jones, se presenta en un cofre de tres vinilos —colores “autumn stone and gold”, casi como las túnicas de un emperador mod—, con letras doradas en relieve y cinta de seda para extraer el contenido. Dentro: un libro de 68 páginas que es a la vez archivo, memorándum y confesionario. Fotografías nunca vistas, collages de McLagan, notas a pie de página, memorabilia que va desde sleeves hasta bocetos de batería dibujados por el propio Jones. Todo en edición limitada de 3.000 ejemplares, 750 de ellos firmados por Kenney y el fotógrafo Gered Mankowitz. Si esto no es redención, que baje Paul Weller y lo vea.

En lo musical, la reedición es una revelación. Las grabaciones en vivo de Newcastle 1968 suenan con una claridad insólita; las mezclas “stripped-down” de temas clásicos devuelven a Marriott a la dimensión de vocalista de leyenda, menos gritón, más humano. La cara 5 de la edición en vinilo, dedicada a estas versiones acústicas inéditas, se antoja como el álbum perdido que nunca llegaron a grabar. Una especie de White Album suburbano, más cálido y menos ácido.
El conjunto, ahora sí, logra lo que ni Immediate ni las reediciones anteriores consiguieron: hacer justicia. Porque Small Faces eran mucho más que “Itchycoo Park” y Lazy Sunday. Eran soul vestido de tweed, eran psicodelia de pub, eran pop con raíz obrera y actitud de clase media en ascenso. Eran, para decirlo sin rodeos, la mejor banda inglesa de los 60 que no tuvo tiempo de demostrarlo del todo.
Y eso es lo que The Autumn Stone (2025) remedia: no reescribe la historia, pero sí la presenta con todas sus páginas, incluso las arrugadas. Un documento vital y hermoso que no sólo sirve de despedida —porque lo fue—, sino también de bienvenida para quienes aún no han paseado por ese parque, ni escuchado la brisa de esa sweetest spring de la que habla la canción.


