Sinfonía de Hormigón: La Música de The Brutalist

Dicen que la arquitectura es música congelada. Si eso es cierto, el brutalismo es un acorde sostenido en el aire, desafiante y sin resolución. En The Brutalist, la película de Brady Corbet, la historia de László Tóth, un arquitecto húngaro que busca labrarse un futuro en América tras la Segunda Guerra Mundial, es la de un artista que intenta imponer su visión en un mundo que no siempre la entiende. Su travesía es monumental en ambición y en duración—más de tres horas y media con intermedio incluido—y, como un edificio de concreto expuesto, resulta imponente, pero no necesariamente acogedora.

Entre la opulencia de Harrison Lee Van Buren (el influyente mecenas interpretado por Guy Pearce), la precariedad de los primeros años de Tóth en Estados Unidos y la gradual erosión de su idealismo, The Brutalist habla de muchas cosas a la vez: la inmigración, la lucha de clases, la integridad artística, la corrupción del sueño americano. Al final, la acumulación de temas amenaza con hacer que la película se diluya sin concretar una idea, pero su música—compuesta por Daniel Blumberg—sí sabe exactamente lo que quiere decir.

No todas las bandas sonoras son narrativas. Algunas se limitan a subrayar emociones, otras crean atmósferas. La de Blumberg es diferente: es arquitectura sonora. Con un ensamble compuesto por John Tilbury, Sophie Agnel y Axel Dörner, entre otros, la partitura no embellece ni subraya, sino que levanta estructuras sobre las que los personajes caminan. No hay grandes crescendos para momentos épicos ni temas memorables que se repitan en distintas variaciones. En su lugar, la música se desarrolla en capas, como el hormigón derramándose sobre un encofrado, endureciéndose con cada nueva escena.

Los metales se retuercen en líneas angulares, los silencios son tan importantes como las notas y la percusión se despliega en patrones irregulares, evocando tanto la construcción como el colapso. En las escenas más íntimas de Tóth, el sonido se vuelve contenido, casi contenido en sí mismo, como una habitación sin ventanas. En contraste, en los momentos de éxito, la orquesta no se expande con grandilocuencia sino que se desmorona en fragmentos, sugiriendo que el triunfo de su arquitectura es, en última instancia, una victoria hueca.

El siglo XX redefinió tanto la arquitectura como la música. A medida que las ciudades crecían en vertical, la armonía tradicional se desmoronaba en manos de compositores que buscaban nuevas estructuras, nuevas reglas. La atonalidad, el minimalismo, la experimentación con el ruido y la textura: todo respondía a un mundo en transformación, un mundo en el que los adornos debían ser arrancados para revelar la crudeza de la verdad.

Blumberg parece entender esto profundamente. No hay nostalgia en su partitura, ni intentos de hacer la historia más digerible con una banda sonora convencional. Como los edificios de Tóth, la música de The Brutalist es dura, difícil de amar a primera vista, pero innegablemente poderosa.

La película de Corbet aspira a ser una catedral del cine contemporáneo, pero corre el riesgo de ser más un monumento a sus propias influencias que una obra con identidad propia. Sin embargo, su música se mantiene en pie incluso cuando la estructura narrativa amenaza con tambalearse.

Al final, lo que queda no es la historia de Tóth, ni su ascenso ni su caída, sino el eco de sus pasos en edificios vacíos, el sonido del concreto envejecido y el rumor de una música que, como el brutalismo, no busca gustar, sino perdurar.