Simone / Gotas D’Água (EMI-Odeon, 1975)

El año era 1975 y Simone —todavía lejos de convertirse en icono navideño nacional y soundtrack omnipresente de telenovelas— lanzaba Gotas D’Água, su tercer álbum, y probablemente el más inspirado de su carrera. A medio siglo de distancia, este disco no solo resiste el polvo del tiempo: lo mira de soslayo, copa de caipirinha en mano y brisa templada de fondo. La producción corre a cargo de Hermínio Bello de Carvalho, con Milton Nascimento como copiloto y cómplice espiritual. La escena está servida.

Gotas D’Água es MPB en su versión más depurada: jazz que no se enrosca en sí mismo, samba con gusto por las pausas, y una bossa que parece recién salida de una sala de estar alfombrada, a media luz. La voz de Simone, profunda, grave, de esa estirpe dramática donde habitan también figuras como Maria Bethânia, se despliega aquí con una autoridad que desarma, pero también con una sutileza que hipnotiza. Su registro no seduce; impone.

El repertorio, como el elenco de una película coral brasileña de los 70, es de primera línea: Chico Buarque, Danilo Caymmi, Luiz Gonzaga Jr., Joyce, João Bosco. En el título del disco —una composición de Chico que interpreta junto a Nascimento— se resume todo: la elegancia, la melancolía, el peso emocional de una voz que no teme el silencio ni la oscuridad armónica.

Y si la voz es el faro, la banda que la acompaña es el oleaje preciso: Luiz Eça y Wagner Tiso firman los arreglos con una mezcla de orfebrería y nocturnidad; Toninho Horta, Beto Guedes, Paulo Moura, Dino 7 Cordas, Abel Ferreira… la lista suena a alineación titular del Clube da Esquina, y no estaríamos tan lejos. Todo en el disco suena cuidado hasta el delirio, pero sin alarde: aquí no hay solos pirotécnicos ni crescendos gratuitos. Hay un trabajo de sutura sonora que hace de cada tema una atmósfera, una habitación con historia, una calle poco transitada donde uno se puede quedar a vivir.

A veces, el problema con este tipo de discos es que la perfección técnica diluye el alma. No ocurre aquí. Gotas D’Água tiene alma, carácter y algo más difícil de definir: perspectiva. Simone canta como quien ha vivido y decidido no dramatizarlo todo. Como quien sabe que la tristeza, si va bien acompañada, también puede ser una fiesta. Una fiesta elegante, eso sí, con músicos que no bajan del podio ni para servirse otro trago.

En un terreno como la MPB, tan fértil que produce más talentos por metro cuadrado que Neymar regates en el área, Simone brilla con luz propia, menos estridente, más sostenida. Gotas D’Água no es solo su obra magna —lo cual ya sería suficiente excusa para desempolvarlo—, sino una clase maestra de cómo llevar la balada y la bossa hacia territorios personales, íntimos, sensuales, sin despeinarse. El disco cumple 50 años, y no podríamos celebrarlo mejor que escuchándolo como se debe: con la ventana abierta, el ventilador girando lento, y el vaso con bebida espirituosa enfrascada en un par de hielos apoyado en el alféizar.