A principios de los setenta, Shelagh McDonald parecía destinada a un lugar privilegiado en la realeza del folk británico. Con dos álbumes aclamados, comparaciones inevitables con Sandy Denny y colaboraciones con luminarias como Richard Thompson y Danny Thompson, su ascenso era tan prometedor como meteórico. Luego, en un acto que haría palidecer a cualquier estrella de rock con aspiraciones de misterio, desapareció. Nada de giras en Japón ni discos de platino; un mal viaje de LSD la llevó de la escena londinense a la vida errante en Escocia. Cuarenta años después, su reaparición fue casi tan inesperada como su huida.
De su escueta discografía, Stargazer (1971) es la obra maestra. Si su debut, Album (1970), la presentaba como una promesa con tendencia a lo pastoral, Stargazer es un salto cualitativo, un álbum donde el folk británico se asienta sobre arreglos audaces, con la producción de Sandy Roberton y el toque inconfundible de Robert Kirby en los arreglos de cuerdas. Es un disco que coquetea con lo psicodélico sin perder su raíz acústica, un equilibrio delicado que pocos lograban en la época sin sonar pretenciosos o, peor, tediosos.
El álbum abre con Rod’s Song, un tema contenido que, como el prólogo de una novela, promete un desarrollo más amplio. Liz’s Song y City’s Cry confirman esta sensación, con una McDonald más segura en sus composiciones y una instrumentación elegante pero nunca opresiva. El punto álgido llega con Dowie Dens of Yarrow, una reinterpretación de la balada tradicional que arranca con la voz etérea de McDonald, solo para desembocar en un clímax orquestal que roza lo épico sin perder un ápice de emotividad. Si Stargazer tiene un momento de trance, es este.
La canción titular, Stargazer, es otro de los puntos altos del álbum. Aquí, el piano de McDonald se une a un arreglo de cuerdas que expande la melodía hasta lo cinematográfico. La coda coral, con un fragmento del epitafio de Johannes Kepler, es un detalle que bordea lo grandilocuente pero que, en manos de McDonald, resulta melancólico y conmovedor.
Pero si Stargazer fue la confirmación de su talento, su carrera se desvaneció antes de que pudiera consolidarse. “No era mi intención desaparecer”, dijo alguna vez. “Era una joven ambiciosa de 24 años que estaba trabajando en su tercer álbum. Pero un mal viaje de LSD cambió todo.” La paranoia, las alucinaciones y el aislamiento hicieron el resto. Sin dinero ni contactos, volvió a Glasgow y, cuando intentó cantar, solo salió “un graznido ahogado”. Pasaron décadas antes de que supiera que sus discos habían sido reeditados y su nombre convertido en una leyenda menor del folk perdido.
Hoy, Stargazer vuelve en una reedición en vinilo negro a cargo de Different Strokes for Different Folks, haciendo justicia a una joya del folk-rock británico. Más que un disco olvidado, es un recordatorio de cuánto talento puede perderse en los desvíos de la vida. Y, en el caso de Shelagh McDonald, también es un testimonio de un regreso improbable, el de una artista que nunca dejó de brillar, aunque fuera desde la distancia.


