Sharon Van Etten & The Attachment Theory / Sharon Van Etten & The Attachment Theory

“El mundo no necesita otro disco country.” Esto dijo Sharon Van Etten en una entrevista para Mondo Sonoro en 2018, y si hay algo que su nuevo álbum confirma es que, efectivamente, no tenía la más mínima intención de contradecirse. En 2025, regresa con Sharon Van Etten & The Attachment Theory, un disco que parece más bien una declaración de principios disfrazada de soft rock melancólico con atmósferas ochenteras. Nada de raíces polvorientas ni baladas acústicas junto al fuego. Aquí hay sintetizadores, bajos redondos, y una banda que no suena como acompañamiento, sino como un organismo vivo.

Este álbum homónimo no es un simple cambio de registro; es un salto al vacío con los ojos bien abiertos. Es como si Sharon hubiera decidido que, si va a estrellarse, al menos será con estilo, rodeada de distorsión, reverberación y una sección rítmica que late como un corazón fuera de control. ¿El resultado? Un trabajo que tiene destellos de genialidad y, también, momentos que parecen perderse en su propia neblina sonora. Pero, ¿acaso no es ese el encanto de las reinvenciones?

Este disco, homónimo y con título de manual de psicología emocional, nos presenta a una Sharon Van Etten menos solitaria y más… ¿acompañada? Tal vez, pero no en el sentido cómodo del término. Aquí hay una banda: Jorge Balbi a la batería, Devra Hoff al bajo y Teeny Lieberson en teclados y voces. No es una mera escolta; es un coro griego que acompaña, interviene o cambia el rumbo del sonido, según necesite cada canción. Este no es el disco de una cantautora con músicos de respaldo. Es un experimento de apego, como sugiere el nombre, con todo lo que eso implica: dependencia, fricción, lazos que tiran y que se aflojan.

El álbum abre con “Live Forever”, una canción que suena como si Brian Eno hubiera producido un tema perdido de Tears for Fears en una tarde particularmente filosófica. El sintetizador flota, etéreo, mientras la voz de Van Etten se desliza por un tobogán emocional. No hay nada inmediato aquí, nada que agarre de golpe. En su lugar, hay un crescendo que parece nunca llegar a destino.

Luego viene “Afterlife”, el sencillo estrella, que es tan pegajoso como un chicle pisoteado en pleno agosto. Un ritmo contagioso, una atmósfera que huele a Arcade Fire pero sin el drama épico. Aquí, Van Etten juega con la repetición como un niño fascinado con su eco en un acantilado. ¿Funciona? Sí, aunque a mitad de la canción uno podría preguntarse si ha cambiado de pista o si la canción simplemente decidió girar en círculos. Es un riesgo calculado, uno de esos momentos donde el mantra se queda un poco corto y el martillo no golpea con la fuerza esperada.

“Idiot Box”, por su parte, es una crítica mordaz a la adicción digital, envuelta en un beat que podría haber salido de una colaboración improbable entre The Cure y Nine Inch Nails en un bar de mala muerte. Es ruidosa, un poco desordenada, y funciona precisamente por eso. Aquí, la voz de Van Etten no lidera la carga del séptimo de caballería; se hunde en la mezcla, un elemento más en un cóctel sonoro que sabe a electricidad estática y descontento moderno.

El corazón del álbum podría ser “Southern Life (What It Must Be Like)”, una canción que explora la maternidad, la empatía y esa incapacidad crónica de entender por completo la experiencia del otro. Suena grande, casi demasiado grande para sus propios límites, con un bajo redondo que hace temblar las paredes y una guitarra que parece querer escapar de la canción hacia algún lugar más libre. Aquí, el apego del título prende la mecha de lo literal: hay una lucha entre las partes, una tensión que nunca se resuelve del todo. Y eso está bien. No todas las canciones necesitan un final feliz.

El disco cierra con “I Want You Here”, una balada apocalíptica que suena como si Siouxsie Sioux hubiese decidido escribir una canción de amor después de una resaca emocional. Es hermosa, pero no en el sentido convencional. Es hermosa como lo es un edificio abandonado: llena de grietas, con la pintura descascarada, pero aún en pie. La voz de Van Etten, desgastada y cruda, enfatiza que la vulnerabilidad no necesita adornos.

Sharon Van Etten & The Attachment Theory es un disco valiente, pero no por su grandilocuencia. Es valiente porque se atreve a ser incómodo, repetitivo, incluso frustrante en ciertos momentos. Hay destellos de genialidad—esas líneas de bajo que se clavan en la cabeza, esos coros que acarician como un abrazo distante—pero también hay momentos que devienen en relleno emocional, ideas que quizás necesitaban un poco más de cocción.

Lo decía Samuel Beckett: “Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better.” Y eso es, en el fondo, lo que hace este disco. No busca ser impecable. Busca fallar mejor. Reinventarse no como un acto de grandilocuencia, sino como un proceso inevitable, casi biológico. Van Etten ha aprendido a fracasar con elegancia, a construir belleza en medio de lo caótico, y este álbum es la prueba de que, a veces, eso es más que suficiente.