Hay músicos cuya vida parece diseñada por un novelista cruel: infancia precoz, virtuosismo desbordado, un genio que no sabe o no quiere ser domesticado, y una caída tan discreta como injusta. Sean Levitt entra de lleno en esa categoría. Fue un guitarrista sublime, un sabio del bebop y un personaje maldito, de esos que no caben en los márgenes bien alineados del reconocimiento oficial. Le conocieron en Nueva York, le entendieron en Barcelona, y le lloraron (poco, porque pocos lo sabían) en París, donde murió con solo 47 años.
Nació como Shawn Felipe O’Rourke el 14 de marzo de 1955 en Long Beach, California, pero creció bajo el apellido de su padrastro, el batería Al Levitt, en un entorno jazzístico tan saturado que para los diez años ya había visto más jams que cumpleaños. Con trece, una guitarra en las manos y el Central Park como escenario improvisado, fue descubierto por el sello ESP-Disk. Así acabó grabando We Are the Levitts (1968), un álbum familiar con cierta inclinación hippie pero que escondía en sus pliegues los primeros solos de un niño llamado Sean que no tocaba como un niño. Tocaba como un poseso.
Los discos que vendrían después no serían muchos, pero cada uno es testimonio de un modo de entender la guitarra como extensión del pensamiento. Levitt desplegaba “abanicos de corcheas en todos los cromatismos del bebop”, frase atribuida a un testigo embelesado que se quedó sin metáforas. Comparado a menudo con Pat Martino y Doug Raney, fue este último quien dio la vuelta a la comparación: Raney consideraba a Levitt una influencia. El círculo cerrado, como quien dice.
Pero Levitt no era de círculos, sino de espirales. Era un “Coltrane de la guitarra”, decían algunos, aunque con menos fama, más problemas y el mismo nivel de entrega total. Tocaba con una concentración tan intensa que parecía hipnótico: el cuerpo quieto, las manos en trance, y una música que no dejaba escapar ni un cliché. No había frase hecha, ni relleno, ni nada que no fuera urgente. Tocaba como si estuviera resolviendo una ecuación imposible en voz alta.
Su periplo español comienza en 1982, cuando aterriza en Barcelona, y se prolonga —con un intervalo madrileño entre el 86 y el 91— hasta finales de los 90. Allí, sin grandes alardes ni campañas de marketing, marcó a una generación entera de músicos, muchos de ellos alumnos ocasionales del Taller de Músics, donde daba clase en horarios que solo él conocía. No era profesor de planilla y calendario: era una leyenda ambulante que ejercía de faro para los que sabían mirar.
En el Harlem Jazz Club, donde solía tocar, corría la leyenda de que cuando Levitt arrancaba, nadie se atrevía a levantarse ni a pedir una cerveza. Le miraban como se mira una lámpara de aceite en mitad del apagón. Tocó junto a músicos como Chano Domínguez, Kurt Rosenwinkel o Mario Rossy, dejó grabaciones memorables en Jazz entre amigos(RTVE) y regaló a la ciudad momentos de pura gracia que casi nadie grabó pero muchos recuerdan.
Sin embargo, la sombra del malditismo fue creciendo con él. Las adicciones al alcohol y otras sustancias le robaron oportunidades y constancia, pero no el talento. Levitt podía olvidarse de ensayos, perder trenes o llegar un día tarde a sus propios conciertos, pero nunca tocó a medio gas. Fue un improvisador tan feroz como vulnerable, y un personaje difícil de manejar fuera del escenario. Como todos los que vivieron demasiado rápido y demasiado bien, pagó el precio.
Falleció en París el 8 de julio de 2002. La noticia pasó de puntillas, como casi todo en su vida. Su discografía se cuenta con los dedos de una mano, y su reconocimiento no alcanza ni de lejos la calidad de su obra. Pero en los bares de jazz de Barcelona aún se habla de él con reverencia. Porque hay músicos que pasan, y otros que dejan huella en la madera del escenario.
Desde entonces, su figura ha sido reivindicada en blogs, foros de guitarristas y documentales como Sean Levitt: Retrato de una memoria (Israel Pérez, 2017). Su legado se ha mantenido en parte gracias a las ediciones póstumas del Taller de Músics, que publicó varios volúmenes con grabaciones inéditas, incluyendo Vol.1 Alone Together, Vol.2 From Paris With Love y November Song. También fue homenajeado por el guitarrista Ray Paz en Return: The Music of Sean Levitt (2021), disco que funciona como carta de amor y acto de justicia poética.
Sean Levitt fue un misterio, sí, pero un misterio luminoso. Un caso singular en el jazz europeo, donde su paso fue tan breve como trascendente. No cabía en las discográficas ni en los escaparates. Su lugar estaba en esa esquina entre el rigor del bebop y el desorden vital, donde algunos se pierden y otros —como él— brillan aunque no quieran.


