Sara Iglesias. Ojos que ven (más) (1ª Parte)

Sara Iglesias. Foto: Cibrán Tenreiro.

Entrevistar a Sara Iglesias es como adentrarse en una tsunami de ideas. La sinceridad que emana de sus palabras y gestos responden a un impulso continuo en busca de una luz, aunque sea oscura. Porque, más allá de formar parte de grupos como Contenedor de Mierda y Zara, su pasión por lo audiovisual está floreciendo en un imaginario que pone en tela de juicio la anodina mega profesionalidad que asola el mundo actual del videoclip. Sobre la libertad del amauterismo, cine quinqui o lo que dictamine su naturaleza locuaz, a continuación, os lanzamos por el tobogán hacia esta mente, infectada por el aguijón de la creatividad.

Sara Iglesias. Foto: Ada Seoane.

Yo veo primero el vídeo que hiciste para Chicharrón de ‘A túa gravidade’ y luego el que realizaste para Avecrem de ‘Bosnia y Herzegovina’, y lo primero que me pregunto es si, de verdad, se trata de la misma directora.

El vídeo que hice para Chicharrón fue el último, y fue muy distinto. Fue el más diferente de todos porque también era lo que pedía la canción. Hablé con Rubén (del sello Prenom), y le dije: «Ponme un reto distinto. No quiero hacer más colores«. Su respuesta fue: «Pues vale, tiene que tirar a rojo o a blanco y negro«. Pensé que si tiraba a blanco y negro, pues malo sería cagarla mucho con los balances. Porque además hay cosas que a Rubén y Mar (también de Prenom) les molan de mi estilo, pero que tampoco comparten. Entonces, quería tirar hacia ellos, metiendo mis cuñitas. Hay cortes en negro en medio del vídeo. Bastantes. Me gusta que haya cortes en negro en todos mis vídeos. En prácticamente todos mis vídeos los hay. Creo que es algo importante porque hace que la vista descanse. 

A medida que avanza el vídeo de Chicharrón, emerge una sensación muy física, muy carnal. 

Se va perdiendo todo en el vídeo. Empieza habiendo gente, habiendo cuerpos, espacios más abiertos, para final terminar cerrándolos en cosas pequeñas: en cuerpos y pellizcos. Entonces, se va perdiendo. Vas solo quedándote con el cuerpo. Empezaste viendo todo el conjunto, luego viste cuerpos, luego viste gente que se movía, para al final entrar directamente solo en la gente, que se haga todo más pequeño.

¿Este concepto lo tenías ideado antes o fue surgiendo conforme los ibas haciendo?

Tenía una idea completamente distinta, pero no la pude producir como yo quería. La primera idea que tuve parte de un hotel viejo en plan ‘El Resplandor‘ (1980), algo así, pero en estético y en soft. Para mí, Rubén y Mar, y toda esta peña, me transmiten todo lo soft que yo no consigo ser nunca. Todo lo bonito y todo lo riquiño del mundo. Como que los veo muy rosas; quiero abrazarme a ellos. Son gente tan luminosa. Y quería que transmitiera eso, pero dentro de la oscuridad y el miedo que me da el tema.  Porque es una canción que, al final, la escuchas, y me parece muy intensa. A cada uno, le recordará a algo. A mí, a campos de concentración, a prisiones. No sé, a agobio; y al final, mataderos. Espacios de sufrimiento. Quería usar eso y hacer un gran desfile de gente, moviéndose, y un montón de sombras. 

A nivel de producción, no tenía un duro. Al final, decidí que era mejor tirar por otros medios, e intentar hacerlo como yo sabía. Me dije a mí misma: «No te vuelvas loca, no hagas un desfile militar de sombras, porque no te va a salir bien. No vas a tener un grúa para hacer algo así, un plano chulo, así que céntrate en lo que sabes«. Así que cogí mi cámara pequeña. Está prácticamente todo grabado con una compacta pequeña de Sony de hace diez años, porque me gusta como graba. Me parece interesante. Tiene una textura guay. Además, grabé todo en VGA para que ya tuviera una calidad muy baja, y no tener que maltratar luego la imagen, sino que ya viniera maltratada, e intentar no modificarla mucho luego en posproducción, sino simplemente algún balance. Porque justo la luz no la tenía tan bien como podía ser. Y fue guay porque primero grabé con Ana Bello y Ada Seoane todo el bruto, que son los que aparecen conmigo en el vídeo: cuerpos que nos acariciamos, con esos cruces tonales entre blancos y negros. El momento del lago, toda esa parte del principio. Y luego, la parte del cuerpo la grabamos juntas. Esto fue lo primero que grabé para el vídeo. 

A veces, sí que me es más fácil simplemente ponerme yo y tirar pa’lante y grabarme a mí misma. Hay momentos del vídeo donde, en realidad, soy yo sentada, viendo que me molaba meter algún gesto más, y grabándome así, en la pierna. Tampoco es que tuviera una planificación muy grande, sino que el vídeo fue teniendo necesidades, y yo fui cubriéndolas. Fui cosiendo todas las partes; y, la vez, con sentido. Al final, yo corto, pego y tiro pa’lante. Como que, al final, noto que me baso en un rollo más dadaísta del collage. Además, el collage me encanta. Y, al final, grabo, monto y pienso como un collage.

En este sentido, ¿qué referencias tienes en el subconsciente a la hora de grabar, aunque no sean visuales?

Referentes, seguramente, muchos. Pero, por ejemplo, para mí el Xabarín Club me influenció muchísimo. Pero no fui consciente hasta que me paré bastante a pensarlo. «Dios mío, me ha hecho mucho daño esto. Mucho color». Es una locura. El dadaísmo, en general, me interesó muchísimo. Durante la carrera, fue algo que me encantó. Hanna Höch, que fue una dadaísta que hizo muchos collage, siempre me pareció súper interesante porque, además, me daba la sensación de que acogía muchas cosas que yo podía estar sintiendo. Era pareja de alguien que creaba, pero ella también era creadora, pero no se le veía. Al final, me da la sensación que ese tipo de roles también los admitimos las mujeres a día de hoy. Y como que luego ella viene descubriendo su obra, rompe con todo, se separa y decide ser autónoma. Y siempre pegando y cortando. Me gusta bastante cortar y pegar. También los puzzles. Mi madre hacía muchos puzzles. Yo creo que de ahí me viene también mucho el rollo. 

De hecho, me transmite esta sensación en el vídeo me ‘Ponte de pijo’, que hiciste para Contenedor de Mierda, con ese pantallazo Word Art en las imágenes.

Sí, este es un videoclip que es totalmente distinto al de Chicharrón, que es muy íntimo, que te apetece verlo entero. El de Chicharrón es suave. Y creo que conseguí algo. Me gusta el de Chicharrón. Me gusta que la mitad de las imágenes sean oscuras, y sea difícil verlas y pensarlas. Me parece interesante.

Volviendo a ‘Ponte de pijo’, fue muy divertido de grabar. Todo fue en plan «Vamos a hacerlo, vamos a hacerlo rápido». Una compañera de Monforte, Ana Bello, me enseñó unas fotos que había hecho en Instagram de localizaciones que había hecho que nos recordaban mucho a las pelis de quinquillada. Sin que pretenda sonar despreciativo, queríamos hacer algo riéndonos del rollo trapeiro, con esa vestimenta y combinándolo con Contenedor de Mierda para que fuera una broma. Por eso no creo que sea ofensivo, porque lo que quisimos hacer fue una broma de nosotras mismas. Y de lo que nosotras estábamos viendo que estaba pasando en ese momento, en abril de 2018. 

Yo analizo el vestuario y, a partir de todas esas localizaciones que tenía ella, me empezaron a grabar, y empezamos a hacer locuras. El montaje con el WordArt apareció de casualidad, y fue muy divertido. Lo hice con Iria Silvosa, que me echó un cable. Yo me quedé súper contenta con el vídeo. Estoy contenta de verme a mí misma, dándome más o menos vergüenza, pero también gracia. 

‘Ponte de pijo’ es una canción de amor, aunque no lo parezca. Pero es una canción de amor dedicada a mi compi. Me gusta poder tener a Contenedor de Mierda para hacer falsas canciones de amor. Sentirme completa.«Hice una canción de amor». Haces una canción de amor pero permitiéndote enfrentarte a la vida como tú te enfrentas. Es bonita. No tienes que ser una poetisa ni nada. Simplemente, estás ahí. Y es lo que digo. Va más reflejada al principio del amor que al conocerse. 

A mí me interesa por el concepto ya del videoclip, que surge ya como una extensión de la música. Algo que en los últimos 20, 30 años se ha perdido, salvo en algún momento puntual. Cuando escucho esta canción, me vienen imágenes del vídeo, pero no del vídeo en play, sino de flashes. Y creo que entiendo más la canción, no narrativamente, sino el fondo. Eso se ha perdido. Creo que vivimos en una época del videoclip, incluso a nivel más underground, donde siempre se tiende hacia un rollo más cinematográfico, una textura “profesional”. Todo muy políticamente correcto, muy de anuncio de televisión. 

Claro, yo como sé que no tengo medios para hacerlo, ya ni intento llegar a eso porque sería como si ahora me pongo a grabar una película. Además, me agobiaría yo sola. Y si es algo que encima hago porque me gusta, pues…

Antes mencionabas a Rubén y Mar, de Prenom. ¿Qué importancia tuvieron en tus comienzos en el mundo del videoclip?

Conocí a Rubén y a Mar un fin de semana, y al siguiente ya rodaba ‘Natillas‘. Fue en un curso de videoclips. Ellos habían traído canciones de peña que conocían. Y yo les dije: «Mira, yo tengo un grupo que se llama Contenedor de Mierda, y tenemos canciones de un minuto y veinte segundos, y creo que es más fácil de hacer que un videoclip de tres minutos en dos días». E hicimos ‘Viellos‘. Que es así, muy de colorines y con mucha mierda. Mar y Rubén me acababan de conocer y lo siguiente que vieron es que me estaba tirando un puré por encima en medio de una clase, y en sujetador. No sé, fue un poco como empezó todo. Yo me enamoré de ellos, y espero que ellos también de mí. Yo les dije que tenía que grabar un videoclip para la semana siguiente, y que me tenían que enseñar a hacerlo de puta madre. «Tiene que salir guay«. Era el de Vozzyow, de ‘Natillas’. 

Yulian me había propuesto otro tema del disco. Yo me lo puse, lo estaba escuchando en casa, y de repente, salió ‘Natillas’. Estaba cocinando, y me dije: «Es que tiene que ser ‘Natillas”’ No puede ser el otro«. El otro era un tema muy largo, y no creía que representara tanto a Vozzyow como este. No creía que nos pudiera salir tan impactante y tan chulo. Les llamé y les dije: «Quiero que compréis natillas. Quiero que vengáis a mi casa, y necesito que encontréis, por lo menos, a 15 colegas«. Creo que fue lo más rápido que rodé. Llegaron a las doce de la mañana, nos pusimos a ello, y las seis de la tarde ya estaba acabado. Y, mientras, había fiesta en casa, porque tenía a 15 personas dentro. Fue una suerte encontrar a Ciara, que es la chica que aparece en el vídeo. Es la hostia. Ahora está en Barna. Creo que tiene unos conceptos de la vida y de sí misma muy interesantes. Y me ayudó mucho a enfocar el vídeo.

Sí, porque parte de una idea, en principio, que parece muy simple, pero que, conforme va avanzando, va pillando dinamismo.

Al principio, fue un poco raro. Claro, la primera persona con la que grabo el vídeo es una amiga de mi hermana a quien, de repente, le digo. «Celtia, tírate la natilla y disfrútala«. Y, claro, hubo un momento en el que yo, viendo los brutos… Normal que la gente se pusiera muy incómoda a veces. Yo estaba intentando que se metieran en el erotismo de tal manera que era un poco en plan «venga, disfruta, chupa, lame«. 

Para mí, fue un súper acierto. «Mira, qué ópera prima que me hago yo sola. Y el resto, bueno… ya no fue ‘Natillas'». Hubo mucha gente que se decepcionó porque lo siguiente que me encargaron ya no era eso. Pero, claro, no iba a hacer todos los vídeos de erotismo y tetas. Porque si no tiene sentido, no hay un fondo, y no me convence. Nada. 

Luego, otros vídeos, como el de Avecrem, sí que llegaron más por el tema de Vozzyow. Pero dista mucho de lo que fue, ya en los colores y todo. Con Vozzyow, me gustaba que tuviera tonos setenteros. Lo rodé en el piso de los señores del bar Candilejas, donde yo viví seis años, en Santiago. Y me gustaba que tuviera todo ese tono. Además, el amarillo que le meto fue también para que el amarillo de la natilla quedara un poco más desagradable. 

Sí, tiene un punto algo claustrofóbico.

Claro, está todo rodado en el mismo piso, prácticamente. Esto es lo primero que monté yo sola. Bueno, me ayudó un compañero, pero realmente la que estuvo rayada, rayada, rayada fui yo.