Sandy Denny / The North Star Grassman and the Ravens (Island Records, 1971)

Los discos otoñales no son un género, pero deberían serlo. Hay álbumes que llegan con la precisión de una tormenta sobre un puerto: cargados de bruma, vino agrio y promesas que ya sabemos incumplidas. The North Star Grassman and the Ravens es uno de ellos. La primera canción, “Late November”, abre con una imagen que parece salida de un sueño marino: “The wine it was drunk, the ship it was sunk…”. Vino, naufragio y serpientes que se arrastran por un barranco; niebla, muerte. Todo lo que un otoño necesita para parecerse a la vida adulta.

El debut en solitario de Sandy Denny, tras su paso por Fairport Convention y Fotheringay, suena a tránsito, a mudanza sentimental. La separación no fue un portazo, sino un cambio de viento. La tripulación es casi la misma —Richard Thompson, Trevor Lucas, Gerry Conway—, pero el timón lo lleva ella. Y eso se nota en el modo en que el álbum pone el acento en sus composiciones, su piano y su voz: un instrumento con el poder de una plegaria y la fragilidad de una vela mojada.

Denny había querido escapar del corsé colectivo, buscar su propio idioma. Lo encontró entre el misterio, el mar y los muertos. “Late November”, inspirada por la pérdida de Martin Lamble, miembro de Fairport, es casi un réquiem pagano, una letanía sobre el destino y la memoria. “The North Star Grassman and the Ravens”, que da título al álbum, amplía esa imaginería marina y fúnebre: el viaje como metáfora de la muerte, la brújula descompuesta, los cuervos como custodios del tránsito. La letra no se explica, se sueña. Y Denny canta como si el sueño pudiera romperse al primer golpe de aire.

Pero la cantante no se refugia en el misticismo. También hay momentos de energía contenida, como “John the Gun”, donde el folk-rock de raíz británica se impone con guitarras tensas y percusión de pólvora. En el otro extremo, su lectura de “Down in the Flood” (de Bob Dylan) y el rock and roll de “Let’s Jump the Broomstick” (de Brenda Lee) funcionan como respiros, aunque dejan entrever cierta vacilación: Denny todavía tantea su autonomía, buscando el punto exacto entre la fuerza y la contención.

El disco, co-producido por ella misma junto a Thompson y John Wood, evita el pecado de la sobreproducción que empañaría sus obras posteriores. La instrumentación es sobria, con arreglos de cuerda de Harry Robinson en temas como “Next Time Around” o “Wretched Wilbur”. El pedal steel de Buddy Emmons da un tinte country a “Crazy Lady Blues”, y el piano —su refugio, su ancla— domina las piezas más melancólicas. Todo suena deliberadamente humano, sin barnices innecesarios: una simplicidad engañosa donde cada instrumento respira al ritmo de su voz.

Persiste también una dimensión casi literaria en el álbum. Denny compone como quien escribe cartas cifradas: “Next Time Around” es un retrato en clave de Jackson C. Frank, su antiguo amor; “Wretched Wilbur” parece una parábola sobre la compasión y la ruina. En cada canción hay un eco de tragedia, pero sin autocompasión. Denny observa sus propios desastres con la serenidad de quien ha visto ya demasiadas mareas.

Puede que su salida de Fairport Convention no fuese tan estratégica como romántica, pero fue oportuna. Liege & Lief había sido un punto de no retorno: un clásico inmediato y una carga imposible de replicar. Con The North Star Grassman and the Ravens, Denny se permitió el lujo de dudar. De hacer un disco que no necesitaba demostrar nada, solo existir. Es verdad que no todas las piezas encajan —las versiones cojean, alguna canción se disuelve en su propia niebla—, pero el conjunto respira una autenticidad que no se mide por la perfección, sino por la temperatura.

En aquel primer intento de trazar su rumbo, Denny ya estaba dibujando la brújula que guiaría a tantas voces después. Escuchar este disco hoy es como abrir una carta que llega sin remitente pero escrita a mano, con tinta corrida. Uno reconoce la voz, la cadencia, el temblor. El viento del norte sigue soplando por esas canciones, y los cuervos aún giran sobre el mástil. No hay redención ni moraleja, solo la confirmación de que Sandy Denny fue —y sigue siendo— una de las voces más lúcidas y misteriosas del folk británico: la que transformó la melancolía en cartografía.

Y aunque el piloto de “Late November” volaba solo sobre un mar de mercurio, Denny supo convertir esa soledad en un mapa para los que vinimos después. Uno donde las nubes son pájaros, las lágrimas mareas, y cada noviembre —inevitablemente— vuelve a empezar.