Ryley Walker. Foto: Evan Jenkins

El aspecto desaliñado que se gasta de un tiempo a esta parte Ryley Walker pone de manifiesto que estamos ante un tipo que, a pesar de la enjundia de su trayectoria (cinco discos largos y tres EP) y las cicatrices vitales que parece haber cantado en discos tan representativos del nuevo folk-rock norteamericano como ‘Primrose green‘ (2015) o ‘Golden sings that have been sung‘ (2016), apenas alcanza la treintena. El músico de Chicago es un avezado instrumentista que, junto a su inseparable guitarra y un talante vocal que lo sitúa en algún lugar entre Nick Drake y Tim Buckley, ha configurado una carrera sólida y estimulante, ciertamente alejada de los preceptos de la moda y las hojas de ruta preconfiguradas por las compañías independientes con poderío. Con un cancionero construido con mimbres de poso añejo, ya que muchos citan a Bert Jansch, Pentangle o el primer Van Morrison como fuentes de inspiración de Walker y fermentando con pericia una mixtura con el jazz y apuntes de psicodelia, su último registro con canciones nuevas esquiva esos lugares comunes y presenta un repertorio arriesgado, que parte desde la experimentación para encontrar espacios en ciertos momentos incómodos y la mayoría de las veces, excitantes. Hablamos de ‘Deafman glance’ (Dead Oceans, 2018), un álbum que con canciones como la inicial ‘In castle dome‘ parece guiarse por el continuismo pero que sorprende con bifurcaciones del calibre de ‘22 days‘, un número instrumental a medio camino entre la No Wave y las texturas guitarreras escuela Wes Montgomery, que conviven con el folk obtuso, casi vanguardista, de temas como ‘Acommodations‘.

Una evolución que quizás está en consonancia con un cierto cambio en las necesidades vitales de Ryley Walker, quien hace un par de años confesaba que le gustaba viajar más que quedarse en su propia casa. Sin embargo, ahora las tornas han cambiado, “joder, no. Quiero estar en casa. He cambiado. Mi cerebro está derretido“, nos confiesa desde Estados Unidos. Un agotamiento mental propio de un año altamente productivo: disco largo, colaboraciones varias, conciertos por doquier… Incluso ha anunciado recientemente la publicación de un álbum con el que recupera a través de 12 versiones un disco perdido de Dave Mathews Band, ‘The Lillywhite sessions‘, algo que, según Walker, es una aproximación a “la música con la que creció”; un curso agotador que viene a rematar en noviembre con una intensa gira Europea que sirve de excusa ineludible para poder entrevistarle.

Foto: Evan Jenkins.

No puedo componer en la carretera. No me puedo concentrar”, explica a las primeras de cambio. Prefiere centrarse en cómo defender sus canciones en vivo y en directo. Sopesar la manera que tiene de enfocar su trabajo encima de un escenario para que cada concierto sea una experiencia única. Algo que tiene mucho que ver con la improvisación y el trote mutante que deviene de un sonido tan expansivo como el suyo: “La improvisación es la columna vertebral de nuestros sets en vivo. Se traduce en algo divertido y mantiene las cosas frescas“, asiente. Ryley Walker sigue siendo un músico altamente productivo. Con su último trabajo parece que desea enfatizar que a pesar de que su cancionero mantiene raíces que se remontan a los usos del siglo pasado, el autor de ‘Rock on rainbow’ es un estilo en sí mismo. Aunque su respuesta dista de lo pretencioso: “No tengo ni idea. Creo que todo es orgánico. No quiero que ningún sonido resulte calculado y forzado”.

Portada de ‘Deafman glance’.

Lo que sí tiene claro es los derroteros por los que va a transcurrir su trayectoria desde el presente. “De ahora en adelante no va haber más grabaciones folk”, sentencia. La impronta de su sonido es esencialmente elegante e íntima, pero no elude el riesgo. Con las canciones de ‘Deafman Glance‘ trama una mezcla avezada entre el sonido crujiente de la No Wave, –aproximándose al rock cubista cincelado por la bossa nova de Arto Lindsay – y el folk progresivo tan recurrente en el resto de su repertorio. Walker apunta otros nombres que han marcado el clima de este disco. “Creo que bandas como Red Krayola han tenido su incidencia en el disco. No he escuchado demasiadas cosas de la No Wave. Siempre he hecho canciones extrañas antes de cualquier trabajo firmado con mi nombre. Es lo que mejor sé hacer”. Un buen ejemplo es su colaboración con la banda de punk Running en el sofocante single compartido que publicaron en cassette en el sello Dull Tools durante este mismo año: dos canciones en sendas caras para un total 32 minutos de duración. Running es una banda ruda llena de locos como yo. Era de esperar”.

A pesar de que a priori el abanico de influencias de Walker ha crecido exponencialmente en cada grabación que atesora, la escucha atenta de material ajeno no entra en sus prioridades actuales, “Ya no escucho discos. Realmente no tengo mucho interés en escuchar música en este momento. Principalmente veo películas o salgo a caminar”, confiesa. Con respecto a la política, y a sabiendas del panorama tan extraño y desesperanzador que planea sobre su país desde hace unos años, tampoco parece un tema que le resulte cómodo tratar: “No le presto atención al discurso político en Estados Unidos. No creo estar muy formado en nada de eso, por lo que no me toca a mí decirle a nadie lo que es mejor. Estoy en contra de la opresión y en contra de la guerra, pero más allá de eso soy un ignorante”, confiesaHace un tiempo comentó que quería introducir el humor en sus letras. Se trata de algo muy sutil, muy privado: “Absolutamente. El sentido del humor es mi peor y mejor característica”.

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Como dejó escrito el recientemente desaparecido Stan Lee, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. La crítica definió a Ryley Walker como “la descripción sonora de Chicago“. Walker prefiere el lado Peter Parker de la vida. “Eso es demasiado. Soy un músico que de alguna manera ha evitado acabar trabajando como lavaplatos. Hay otros tres millones de personas que trabajan duro y definen mejor a Chicago. No tengo ni idea de cómo definir a Chicago. Me mudé a Nueva York“.

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