Entre las sombras de la música de biblioteca y las luces tenues del club de jazz, Roger Webb transitó sin hacer demasiado ruido, pero dejando rastros imborrables en el sutil arte de la composición. Pianista autodidacta, director de orquesta, arreglista y alma mater de un repertorio sonoro que se coló en películas, series y vinilos olvidados en estanterías polvorientas, Webb es uno de esos nombres que deberían estar en letras doradas, pero que a menudo quedan atrapados en los márgenes de la historia musical británica.
Si hay un espacio donde su presencia se hizo notar, fue en el jazz de los años sesenta. Con su Roger Webb Trio, acompañado por Ken Baldock al bajo, Roy Antis a la batería y Johnny Fourie a la guitarra, Webb paseó su swing elegante por clubes de Liverpool y estudios de radio de la BBC. En 1964, en un rapto de inspiración (y probablemente de necesidad comercial), el trío lanzó John, Paul and All That Jazz, un álbum en el que revisitaron a Lennon y McCartney con un toque de piano saltarín y percusiones de terciopelo. Se podría decir que fue el primer gran crossover entre el pop británico y el jazz, pero como en muchas historias de este tipo, la fama se la llevaron otros. No sería la última vez que Webb rendiría tributo a un compositor esencial: en Roger Webb Plays Gershwin, su piano recorría con soltura y elegancia los clásicos de George Gershwin, como si fueran estándares de un club que nunca cerraba.
Más allá del jazz, Webb encontró su hábitat natural en el mundo de las bandas sonoras. Desde producciones británicas de culto hasta películas que hoy sobreviven más en la memoria de los noctámbulos del cine de medianoche que en los catálogos oficiales, su música fue el hilo invisible que unió décadas de producciones audiovisuales. Bartleby (1970), una inquietante adaptación del relato de Herman Melville, One Brief Summer (1970), Burke & Hare (1971) o Au Pair Girls (1972) llevan su firma, así como las partituras de series de televisión como Strange Report, Hammer House of Horror y The Gentle Touch. Si hubo un crimen en la ficción británica de los setenta y ochenta, lo más probable es que Roger Webb estuviera en los créditos, aunque nadie se fijara en su nombre.
Pero su trabajo más duradero, aunque no siempre reconocido, fue la música de biblioteca, esa gran fuente de sonidos listos para ser reutilizados en contextos inesperados. En la discográfica De Wolfe Music, Webb dejó una colección de piezas que terminaron sonando en documentales, comerciales y producciones televisivas de medio mundo. Vocal Patterns(1971), con la voz etérea de Barbara Moore, y Moonshade (1971) son ejemplos perfectos de ese jazz-soul-funk que en su momento pasó desapercibido, pero que con los años se ha convertido en material de culto. De hecho, Moonshade fue reeditado en 2023 por Be With Records, confirmando que algunos fantasmas nunca se van del todo.
Lo curioso es que, aunque no sea un nombre de culto en el sentido tradicional, su música ha encontrado nuevas vidas en el siglo XXI. Blackalicious lo sampleó en World of Vibrations, donde el espíritu de Webb se filtra entre ritmos y scratches, demostrando que su jazz de otro tiempo aún tiene cosas que decir. Agnes Obel, siempre con un oído atento para las joyas escondidas, incluyó Moonbird , una de sus mejores composiciones, en la recopilación Late Night Tales, un nutrido disco donde reunió piezas que parecen existir en una dimensión paralela de sonidos hipnóticos y atmósferas oníricas. “Para mí, los sonidos siempre han sido más interesantes que las palabras”, explicó Obel sobre su selección, donde Webb encaja como un cómplice perfecto en esa mezcla de misterio y nostalgia que atraviesa todo el disco.
Falleció en 2002 sin grandes homenajes ni documentales en su honor, pero su música sigue flotando en algún lugar. Puede que en un viejo episodio de The Sweeney, en una película británica olvidada o en el sample de algún productor que no tiene idea de quién fue Roger Webb. No hace falta. A veces, la mejor forma de estar presente es simplemente seguir sonando.


