Roberto Martín: “Estoy centrado en hacer música alejada de industrias y círculos más convencionales”

Foto: Violeta Alcocer

Entre ruidos, grabaciones caseras y una agenda llena de proyectos dispersos, Roberto Martín ha decidido habitar el margen. Puede que lo suyo parezca un giro radical si uno se queda en su pasado pop (como un trasunto del joven Michel Polnareff en Niza) o sus periplos en el folk noir con Uke, pero la verdad es que la inquietud siempre ha estado allí, moviéndose en las sombras. Cerrar un negocio que fue relevante en la vida cultural de Valencia (la tienda Sebastian Melmoth, junto a Laura Soriano), volver a Madrid, encerrarse en un estudio como un eremita del sonido… Todo responde a una misma lógica: la de no repetirse, la de esquivar las estructuras conocidas como si fueran minas en el suelo. Su música ha pasado del formato canción al ruido, del pop al paisaje sonoro. Trabaja con cineastas, poetas y coreógrafos, colabora con quien se cruce en su camino y le interese, porque lo suyo ya no es una carrera de fondo, sino un mapa de conexiones. En esta conversación, Martín habla de ciclos, de su alejamiento del pop y de proyectos que orbitan en el arte sonoro. Si alguien esperaba un estribillo pegadizo, mejor que cambie de emisora.

Has cambiado el Mediterráneo por Madrid y cerrado un negocio que fue clave en la singularidad cultural de Valencia. ¿Cómo influyen estos cambios en tu nuevo enfoque musical?

He estado en Valencia durante casi 20 años, allí he crecido como persona y como músico y considero que todo son ciclos. Fue un ciclo cuando dejé Madrid, cansado de su rapidez, para llegar a una ciudad más agradable y slow… pero el tiempo pasa, las ciudades cambian y nosotros también. La ciudad que conocí ya no se parece en nada a la que me enamoró, cerré el negocio y decidí que tenía que enfocar un cambio radical en mi vida, por eso regresé a mis orígenes. En el fondo, siempre me he considerado un extranjero en Valencia, un invitado que tiene hora de marcharse. Sonaron las 00:00 en el reloj de pared y ese momento llegó. Todos esos ciclos se han visto reflejados en la música que he ido desarrollando: desde el pop en un momento de juventud, pasando a un folk más melancólico y oscuro después. Ahora la música que desarrollo es una imagen de este cambio. Toco solo, me encierro en el estudio como un eremita o un científico loco, y es el lugar donde quiero estar: apartado del mundo.

Viniendo del mundo del pop y la canción, ¿queda algo de ese género en tu música actual, o es un lenguaje que has abandonado por completo?

Creo que ya no queda nada, o al menos quiero alejarme de ello. Ya no escribo canciones ni letras. Es algo que ya he hecho toda mi vida y, aunque me cuesta mucho, quiero poner distancia con ello… Hay artistas que llevan haciendo la misma canción durante 30 años, es algo que personalmente no entra en mi cabeza. En todos mis proyectos, una vez que he acabado uno, he buscado otra forma de hacer las cosas, otro lenguaje, y es lo que hago ahora. Estoy centrado más en el sonido, el paisaje sonoro o el ruido, en crear emociones sin voz, en hacer música alejada de industrias y círculos más convencionales.

Hace unos años, en la época de Uke, me comentabas que tus letras surgían de una especie de escritura automática. Ahora que te centras en lo instrumental, ¿funciona de manera similar con la melodía y la estructura?

Pues no lo había pensado, pero creo que tienes razón. Una de las premisas que tengo ahora es hacer música inmediata, improvisada y efímera. Toco durante horas y, cuando veo que hay algo con sentido, lo grabo en una grabadora digital portátil. Es la única manera que entiendo de conseguir la esencia del proyecto, ya que no hay estructuras ni partitura, solo improvisaciones en un momento dado que no se van a repetir debido, también, a la complejidad y la vida propia de los pedales de efectos.

Háblanos de tu presente. ¿Es la música incidental tu meta o simplemente un nuevo camino dentro de tu evolución como músico?

Tampoco se puede decir que lo que hago ahora sea algo nuevo. En todos los discos que he hecho siempre he intentado hacer las cosas diferentes, buscarme el reverso y salir de esa zona de confort. Aunque nunca lo he grabado, siempre he estado experimentando. Ahora es cuando me estoy volcando en ello al 100%, desarrollando esta faceta más experimental y performativa, pero tampoco te podría asegurar que sea mi meta. Es cierto que es donde quiero estar ahora y que estoy muy a gusto con ello, pero tampoco sé dónde me llevará.

En “Constelaciones” ya se intuía el rumbo de tus nuevos proyectos discográficos. ¿O esta inquietud ya venía de lejos y simplemente ahora ha tomado forma concreta?

Sí. Como te comentaba antes, en discos anteriores intentaba dejar huella de distintos tipos de diálogos, introducir instrumentos que no sabía tocar, experimentar con letras o pedales de efectos… Es algo que siempre he hecho, pero que ahora he podido dejar patente. Si antes era una parte afluente de la parte principal, ahora es el tronco y el grueso del proyecto, quizás también potenciado por el hecho de no tener un grupo, de estar yo solo y no pensar en las canciones y los arreglos para un grupo.

En “The Task of Moving”, una pieza ideada por Julia Zac, parece imponerse lo accidental y lo inesperado en tu música. ¿Es así? ¿Qué te atrajo de este proyecto y cómo encajaste tu sonido en él?

Conozco a la coreógrafa Julia Zac desde hace varios años y siempre tuvo en la cabeza que la música que estaba desarrollando en estos momentos podría ser parte de una pieza de danza. Ponerle música a una coreografía ha sido uno de mis objetivos de toda la vida, al igual que ponerle música a un documental o una película. Cuando Julia me propuso la idea, me lancé a ello sin ambages. Hay una pieza fundamental que se interpretó en el escenario del Teatre El Musical de Valencia, y como comentas, hay mucho de inesperado e improvisado. Además, la pieza incluía otras partes de grabación de sonidos in situ que se iban desarrollando a través del tiempo y el espacio del teatro. Todo eso me atrajo: la coreografía en sí y el carácter experimental de la pieza, usando varios ambientes del espacio y la interacción y disposición del público, ya que eran parte misma del espectáculo.

En “Geheimnis”, donde musicalizas textos de Alexandra Nin, tu participación aparece definida por el término “Soundscapes”. ¿Se trata de paisajes mentales o de instantáneas de tierras baldías?

Trabajar con la poeta Alejandra Nin es también uno de los regalos que me ha ofrecido esta forma de hacer música. Nos conocimos de una forma accidental y así describiría el proyecto: un accidente inesperado y positivo. Al principio quisimos hacer una pieza en video, pero con el tiempo empezaron a surgir las composiciones, tanto sus textos como la música, de una forma muy sencilla y encontramos sentido en reunirlas en forma de disco. La música que hago aquí es un mero acompañamiento a su voz y sus letras. Buscaba algo que te infundiera una duermevela suave, ponerte al borde del abismo… y saltar, como cuando sueñas que vuelas. Una especie de onírica cósmica (aunque se podría definir igualmente como paisajes mentales o instantáneas de tierras baldías, como bien apuntas).

Tus últimos proyectos incluyen la pieza audiovisual “Giallo” con Dulcenombre y la música para la Agencia Creativa Margulis. ¿Has desterrado el formato tradicional para siempre o sigues abierto a estructuras convencionales?

Ahora mismo estoy centrado en esto. Por un lado, me gusta la locura de Dulcenombre y su proyecto. Es muy sencillo trabajar con ella porque siempre llegamos a un mismo lugar común. La Agencia Creativa Margulis me pidió hacer la música para el lanzamiento de su agencia y no me pude negar, tanto por los valores que transmiten como por los lazos que me unen a ella. Así que sí, he desterrado el formato tradicional. Estoy más cómodo trabajando para otros artistas (escritores, fotógrafos, cineastas, artistas o coreógrafos) y haciendo encargos que me interesen, que volcar toda mi energía durante 2 o 3 años en componer y sacar un disco que luego tenga un recorrido de una semana.

Supongo que en este proceso te habrás empapado de músicos y estilos que orbitan en el enfoque instrumental e improvisado. Pienso en el jazz más libre, LaMonte Young, Fennesz… ¿Es así o tu paleta de influencias sigue siendo diversa?

Siempre he escuchado a un montón de artistas, nunca me he cerrado en un estilo. He escuchado a LaMonte Young, Keiji Haino, Loren Connors, Jim O’Rourke o Marc Ribot, por poner algunos nombres más. Pero sigo escuchando todo lo que cae en mis manos, aunque cada vez estoy más alejado de estructuras y grupos de pop e indie.

Por último, ¿hay algún proyecto o colaboración futura que puedas adelantarnos? ¿Hacia dónde te gustaría dirigir tu próximo trabajo?

Ahora mismo lo que tengo entre manos es la música para la presentación del libro de la fotógrafa Anne Marie Eluard, Fragmentos de vida, donde habrá una pieza que musicalizaré. También estamos creando nuevas canciones Dulcenombre y yo, que probablemente reuniremos en un disco, y con Alejandra Nin haremos la presentación de Geheimnis en una galería de Madrid. En junio tengo intención de volver a Valencia para hacer un nuevo Noise Vérité, los conciertos que doy basados en paisaje sonoro y ruido, para dar la bienvenida al verano. También quiero llevarlo a una galería de arte en Madrid, aunque aún no está confirmado. Con Viktor Hervé, de Black Toska, estoy ayudándole con la música de unas piezas que oscilan entre lo oscuro y lo industrial. Todo esto es un poco el resumen de hacia dónde estoy enfocando mi trabajo: colaborar con artistas y personas con las que pueda crecer y desarrollar mi música, siempre fuera de cánones establecidos. Me interesa la gente con riesgo, los locos suicidas que circulan al margen y en el filo de las artes.