Richard Dawson / End of the Middle

Por más que Richard Dawson insista en definir su música como “ritual comunitario” antes que folk, lo cierto es que su nuevo disco, End of the Middle (2025), vuelve a afianzarle como un cronista peculiar de lo cotidiano, con raíces en lo tradicional pero ramas que se retuercen hacia lo inesperado. Como si Nick Drake hubiese compartido casa con Captain Beefheart y, de vez en cuando, hubiesen invitado al Mike Patton más esquizoide a tomar el té.

Con cada disco, el músico de Newcastle —que pasó una década vendiendo vinilos antes de convertirse en uno de los compositores más inquietos de la escena británica— ha ido labrando un espacio propio, ajeno a las modas pero profundamente contemporáneo. Lo que en The Magic Bridge (2011) o Nothing Important (2014) parecían miniaturas de cámara que rozaban lo hermético ha crecido hasta convertirse en obras monumentales sin perder su escala doméstica. End of the Middle es prueba de ello.

La voz de Dawson sigue siendo un animal imposible de domesticar: antigua, quebradiza y melódica a su manera, capaz de deslizarse como un río sinuoso entre arpegios de guitarra que desafían las leyes de la gravedad. En canciones como Bolt, un rayo atraviesa un hogar, dejando a su paso escombros físicos y emocionales. Pero Dawson, como un artesano obsesionado, reconstruye cada pedazo con sus arpegios nerviosos y su fraseo entre lo confesional y lo teatral.

Su guitarra, esa misma que accidentalmente rompió y cuya reparación defectuosa le otorgó un sonido irrepetible, es aquí más protagonista que nunca. No se trata de un simple acompañamiento, sino de un personaje más en el drama: tan inestable como los ancianos que, en Knot repasan su vida entre la nostalgia y la culpa. Dawson, siempre atento al detalle, logra que cada disonancia importe tanto como las palabras que la rodean.

Si 2020 (2019) era un retrato de una sociedad en plena crisis, End of the Middle es un zoom a las fracturas invisibles de las familias, donde la salud mental, las enfermedades y las heridas generacionales conviven en un mismo pasillo estrecho. Pero en este paisaje de crisis —donde un invernadero colapsa en Polytunnel o una mente se derrumba en Gondola— siempre hay lugar para la redención.

El disco, que bien podría haberse sumido en el pesimismo, encuentra su redención en los pequeños gestos: un acorde inesperado, un verso cargado de ternura, un coro que, a pesar de su aspereza, suena como un abrazo. En More Than Real, la presencia vocal de Sally Pilkington (su pareja y cómplice musical en Bulbils) aporta un contrapunto delicado, recordando que incluso en las sombras más densas hay destellos de luz.

Lo fascinante de Dawson no es solo su capacidad para narrar las fracturas humanas, sino cómo lo hace. Aunque los andamiajes de End of the Middle parecen tradicionales —guitarra acústica, melodías folk, arreglos mínimos—, el resultado es un mundo sonoro que desafía etiquetas. Los ecos del Qawwali, las cadencias de Henry Makobi o los giros melódicos de Mike Waterson conviven con estructuras que se deshacen y reconstruyen en cuestión de segundos. Cada canción es un laberinto donde perderse es parte de la experiencia, y cada escucha revela nuevas capas: un rasgueo apenas audible, una respiración que marca el pulso, un acorde suspendido que nunca termina de resolverse.

A estas alturas, Richard Dawson ya no necesita demostrar nada. Desde The Glass Trunk(2013) hasta The Ruby Cord (2022), ha demostrado ser un autor obsesivo, cuya aparente pequeñez inicial ha crecido con el tiempo, como esas plantas que encuentran su camino incluso en las grietas de los edificios. End of the Middle no es solo un nuevo capítulo en su discografía, sino una confirmación de que, con cada disco, su obra es más grande, más compleja y, paradójicamente, más cercana. Dawson, el trovador que rompió su guitarra y con ella rompió también las convenciones del folk, sigue creciendo. Y nosotros, afortunados, seguimos escuchando.