Pese a que su nombre rara vez se menciona fuera de Italia —salvo que uno haya rebuscado hasta el fondo de las estanterías de Tiendas Tipo o tenga un primo que jura que “Luglio” lo reconcilió con el pop ligero—, Riccardo Del Turco es uno de esos nombres que, sin armar ruido, firmó varios momentos estelares del cancionero melódico transalpino. No tiene la leyenda beatnik de Luigi Tenco, ni el pathos político de Gino Paoli, pero sí una discografía que, en su modestia, cobija un puñado de canciones irresistibles y un disco homónimo de 1969 que merece más que un rescate arqueológico.
Del Turco, natural de Fiesole (Florencia, 1939… o quizás Florencia, 1941, según quién lo cuente), fue un hombre de orquesta, literalmente. En sus años mozos puso voz a I Diaboliciy a la formación de Riccardo Rauchi, donde conoció a su futuro cuñado, el gran Sergio Endrigo. Tras una serie de sencillos para RCA Italiana en los primeros 60, su paso a CGD le permitió dar forma a un repertorio más definido: canciones de autor de corte melódico, sin las ínfulas del cantautor engagé ni el lastre de la canción tradicional. Un crooner de provincias con espíritu pop y oído para la melodía.
El punto de inflexión llegó con “Luglio”, temazo estival que reventó las listas italianas en 1968 y que, por mucho que él quisiera dárselo a Orietta Berti, acabó por marcarlo de por vida. Vendió más de medio millón de copias, ganó el Disco per l’Estate y la Gondola d’Oro, y se convirtió en un hit pan-europeo gracias a las versiones de Joe Dassin, Herman’s Hermits, The Tremeloes o Los Hermanos Rigual. Ironías del destino: “Luglio” fue grabada “a la primera”, con esa urgencia que tienen las canciones que nacen destinadas a sonar en las radios, en los chiringuitos y, por qué no, en los veranos ficticios del pop mediterráneo.
Tras ese torbellino de éxito llega Riccardo Del Turco (1969), el álbum. Publicado por CGD, y reeditado en 1991 con catorce temas, este disco es una radiografía precisa de su estilo: pop orquestado, arreglos de altura, letras que oscilan entre la introspección y el costumbrismo ligero. Y una voz, la suya, que sin alardes, logra colarse en el oído y quedarse ahí.
“Cosa hai messo nel caffè?”, presentada en el Festival de Sanremo junto a Antoine, es un ejemplo de manual: una canción que juega con la insinuación y la ternura sin volverse cursi. “Il compleanno”, escrita junto a Giancarlo Bigazzi, combina melancolía de celofán y sección de cuerda tipo easy listening europeo. “Uno tranquillo” y “Figlio unico” muestran su habilidad para adaptar éxitos extranjeros (del brasileño Adoniran Barbosa al pop británico) sin perder el acento propio.
Sí, “Luglio” lo estigmatizó como “el del hit”. Pero este álbum muestra que había mucho más. La ligereza aquí no es sinónimo de superficialidad, sino de refinamiento. Las canciones están bien resueltas, son breves, elegantes, nunca presuntuosas. A veces parecen sacadas de la discografía imaginaria que alguien como Chris Montez pudo haber grabado si se hubiera dejado caer por Florencia.
Que Del Turco se apartara de la primera línea en los 70, que se refugiara en su café florentino, o que regresara en los 80 en clave nostálgica con los Superquattro, no le resta mérito. Más bien confirma que su vocación nunca fue la de estrella sino la de orfebre. Hoy, con un nuevo álbum en 2024 bajo el brazo, titulado I colori della mia vita, sigue recordándonos que la melodía no pasa de moda. Y que sí, puede que el verano ya no sea lo que era, pero basta con poner este disco para que vuelva esa brisa en la que hasta el desamor se deja tomar en broma.


