Después de los viajes, de los hoteles con luz de pecera, de las ciudades que a fuerza de repetirse empiezan a parecer la misma y de esa fatiga discreta que dejan las giras cuando se apaga el último amplificador, Marion Brunetto encontró en el regreso a casa el punto exacto desde el que arrancar Décollage. Hay algo en la vieja idea de volver al lugar donde los pensamientos se ordenan, donde la música vuelve a sonar con otro peso y donde la memoria espera sin hacer ruido, que ayuda a entender muy bien cómo nace este cuarto álbum de Requin Chagrin. Tras el recorrido de Bye Bye Baby, Brunetto dejó París y regresó a Ramatuelle, a su antigua habitación, para instalar allí un estudio provisional y empezar de nuevo, o mejor dicho: comenzar desde lo más hondo. Ese regreso no alentó un disco nostálgico ni una colección de postales juveniles con filtro azul. Configuró algo más interesante: un álbum más luminoso, más preciso y más abierto, donde las guitarras bañadas en reverb conviven con sintetizadores y cajas de ritmos sin que el universo de Requin Chagrin pierda su extraña consistencia. Décollage suena a impulso renovado, pero también a refugio encontrado a tiempo. En esta entrevista, Marion Brunetto habla de ese retorno al origen, del modo en que fue armando las canciones entre intuición y técnica, del equilibrio entre garage, shoegaze y new wave, de colaboraciones como las de Sade Sanchez y Nicola Sirkis, y de cómo una música tan ligada al francés puede seguir encontrando eco mucho más allá de sus fronteras. Una conversación sobre volver para seguir avanzando, que a veces es la forma más elegante de no repetirse.
En Décollage, da la impresión de que has vuelto al punto de partida para seguir avanzando: regresar a tu habitación de adolescente en Ramatuelle, instalar allí un estudio provisional y escribir desde ese lugar. ¿Qué encontraste en ese regreso: recuerdos útiles, una energía diferente o una manera más justa de escuchar tus propias canciones?
Exactamente, después de la gira de Bye Bye Baby sentí la necesidad de dejar París y reencontrarme allí donde crecí, en Ramatuelle, en el sur de Francia. Había un lugar provisionalmente vacío que podía ocupar e instalar allí un pequeño estudio efímero, así que aproveché la ocasión de inmediato.
Al principio no reflexioné ni sentí nada en particular, hacía música todos los días y grababa todo lo que me pasaba por la cabeza. Creo que me vi rápidamente desbordada por todas esas ideas que todavía no tenían dirección y me metía mucha presión. Pero sé que el entorno, el sol, mi familia y los recuerdos de mi adolescencia aquí me tranquilizaron y, de algún modo, se fueron filtrando en este álbum, aunque yo lo percibí mucho más tarde.
Desde el primer álbum de Requin Chagrin hasta Sémaphore, Bye Bye Baby y ahora Décollage, tu música ha ganado en amplitud sin perder su identidad. ¿Consideras este cuarto disco como una continuidad natural o como un ligero cambio de rumbo dentro del proyecto?
En cada álbum, pero sobre todo desde Bye Bye Baby y ahora con Décollage, he probado cosas distintas, empezando por la compra o el préstamo de nuevos instrumentos o efectos. Me atrae e inspira enseguida descubrir nuevos sintetizadores o cajas de ritmos, cosas que todavía no había tenido muchas ocasiones de probar.
Efectivamente, “el reto” de Décollage fue encontrar una manera justa de integrar esos nuevos instrumentos, ganar en amplitud y al mismo tiempo conservar prácticamente la misma cadena de efectos para mi guitarra desde los primeros álbumes.
En las primeras canciones de Requin Chagrin había un grano más crudo, más lo-fi, como si las melodías llegaran con la ropa un poco arrugada —lo cual, por cierto, les sentaba muy bien—. En Décollage todo parece más nítido, más aireado, más luminoso. ¿Fue una decisión muy consciente desde el principio o el propio disco te fue llevando de manera natural hacia esa claridad?
En cuanto a la producción, desde el principio quise aprender a producir y a grabarme. Por eso el primer álbum suena tan lo-fi y el sonido se va afirmando de álbum en álbum. En los dos primeros discos, el 90 por ciento de las pistas se grabaron en mi grabadora de cassette, lo que da un sonido bastante particular.
Sigo conservando siempre ese método de grabación, pero también tengo la suerte de poder ir a grandes estudios en París o Bruselas y trabajar con ingenieros de sonido que me acompañan y que también me dejan libertad en la manera de trabajar el sonido. Me encanta además descubrir esos estudios y todo lo que pueden ofrecer, porque soy muy fan del material. Lo que creo que cambió en Décollage es que se percibe más la presencia de la batería, el bajo y la voz. La sala del estudio era muy grande y el sonido de esa sala se nota en el álbum, lo que añade como un poco de aire al sonido.
Las guitarras bañadas en reverb siguen siendo una de las señas de identidad de Requin Chagrin, pero en este nuevo álbum los sintetizadores y las cajas de ritmos ocupan un lugar más central. ¿Cómo trabajaste ese equilibrio entre la bruma de las guitarras y esa pulsación más new wave que atraviesa buena parte del disco?
He intentado asociar en este disco mis influencias de siempre: las guitarras bañadas en reverb del garage sesentero o del shoegaze con el lado frío y terriblemente eficaz de la new wave y las máquinas. Como decía antes, primero conseguí hacerme con dos o tres instrumentos bastante icónicos de la new wave: un Juno 60, un Juno 106 y una TR 707.
La mezcla se hizo muy progresivamente, y lo que mejor funcionaba era cuando empezaba mis maquetas únicamente con la caja de ritmos (la TR 707) sincronizada con el Juno 60. El Juno hacía a veces como drones, capas o arpegios un poco agudos que se pueden oír en For You, o graves como el bajo en Rêveries o BB. Cuando esa base me gustaba, añadía después guitarras y bajos para reencontrar mis sonoridades más habituales.
La voz también llama la atención por su presencia: en Décollage aparece de una manera más directa, más inteligible, como si quisieras dar más peso a las palabras. ¿Buscabas precisamente esa relación más frontal entre texto, melodía y oyente?
Sí, en este disco quise dejar un poco más de espacio a la voz, no necesariamente en relación con los textos, sino más bien como un instrumento que guiara un poco más las melodías. También quise que se oyera de una manera bastante pura, dejando por supuesto los efectos como el eco o la reverb, pero captando en lo posible la sensibilidad de la voz.
Incluso con algunos defectos, no quise utilizar corrector, ni siquiera de manera ligera. Elegíamos simplemente la mejor pista, estrofa, estribillo… la que era más justa y sonaba mejor. El micrófono utilizado era magnífico, y mejor todavía si así se aprovecha un poco más la voz.
El título Décollage evoca el movimiento, el impulso, la partida, pero también ese instante justo anterior en el que todavía no sabes muy bien si vas a elevarte o a caer con elegancia. ¿Qué significa para ti esa idea de “despegar” en este momento preciso de tu trayectoria?
La imagen del “despegue”, o más bien el instante del salto hacia lo desconocido, se presta totalmente al sentimiento que se puede tener al trabajar en un álbum. En este, en particular. Me siento afortunada de poder publicar un cuarto disco y, al mismo tiempo, me puse mucha presión, así que la imagen de la portada y el nombre del álbum encajan muy bien con este momento de mi recorrido 🙂
Parachute me parece una de las grandes canciones del disco: en ella hay algo de fuga, de carretera abierta, de vértigo muy elegante. ¿Cómo nació esta canción y qué querías atrapar en ella: una idea de libertad, de evasión, de velocidad, una imagen precisa o una emoción más difícil de nombrar?
Esta canción nació en mi grabadora de 4 pistas de cassette, esencialmente tocando el bajo sobre un bucle de batería con otras dos guitarras, incluida la guitarra que hace el riff. Después de estructurar y trabajar el tema en mi software, y en el momento de escribir la letra, quería evocar a la vez la “niebla” en la que me encontraba antes de sacar el disco y, al mismo tiempo, el lado onírico, soñador e hipersolar de las guitarras.
Otra canción que me interesa mucho es BB, con esa tensión en las guitarras y esos coros que parecen empujar el tema hacia delante. ¿Qué buscabas en esta pieza y cómo fue la colaboración con Nicola Sirkis en las voces de BB y Ultra fort?
En este tema quise dejar y empujar el lado crudo y un poco punk de las guitarras, que avanzan maquinalmente con los elementos de la TR 707. La idea de añadir coros llegó en el momento en que estaba buscando la letra. Siempre envío mis canciones a Nicola antes de grabarlas, incluso cuando están muy desordenadas y necesito una opinión. En el caso de BBy Ultra fort le gustaron mucho los coros y se ofreció a grabarlos. La idea me pareció genial.
En Lucky Star aparece Sade Sanchez, de L.A. Witch, y el disco cambia ligeramente de temperatura sin perder su coherencia. ¿Cómo nació esa colaboración y qué te interesaba de su voz y de su manera de habitar una canción?
Me encanta Sade Sanchez y L.A. Witch, y todo lo que transmiten en sus discos y en directo. Fue Antoine Poyeton, con quien trabajé en el álbum, quien pudo ponerme en contacto con Sade. Me parecía que Lucky Star se prestaba bien a un dúo con ella, tiene algo un poco más “rock”, aunque el tempo sea lento. Su voz es demasiado cool y además añadió un riff de guitarra en el estribillo. Muy feliz con esta colaboración.
Tu universo sonoro parece circular entre referencias francesas y anglosajonas: Indochine, Étienne Daho, The Cure, OMD, una cierta dream pop, un cierto shoegaze, e incluso una luz visual que a veces recuerda al cine de Gus Van Sant. Cuando compones, ¿piensas en esa constelación de influencias o prefieres olvidarte de todo eso para trabajar más desde la intuición?
Cuando compongo intento no pensar en nada musical para dejar simplemente que mis manos trabajen. Para ayudarme, dejo una imagen fija en mi teléfono, que miro mientras estoy tocando. Puede ser una ilustración, un vídeo, una foto… Creo como una especie de moodboard visual. Así que intento vaciar mi mente y me dejo guiar por la imagen.
En España, el músico pamplonés J’aime interpretó y grabó una versión muy bonita de Sémaphore. No sé si la conocías, pero tenía curiosidad por preguntártelo: ¿recibes a menudo este tipo de relecturas llegadas de otros lugares, y qué te produce escuchar tu música atravesada por la voz o la sensibilidad de otra persona?
He descubierto esa versión gracias a vosotros. Me parece muy lograda. Me encanta el sonido, tengo la impresión de que ha utilizado un Omnichord, un instrumento que me gusta mucho. De vez en cuando recibo versiones, la mayoría publicadas en redes sociales, pero es raro que vayan asociadas a un EP. Me emociona muchísimo cuando las recibo o las descubro por casualidad; ver que una canción da ganas a otros de volver a tocarla es para mí una recompensa muy hermosa.
Requin Chagrin canta en francés, lo que sigue siendo a veces, para algunos, una especie de frontera mental cuando se habla de circulación internacional, aunque eso cambie poco a poco. ¿Piensas que tu música puede encontrar un eco natural en otros países de Europa, más allá del idioma, o consideras que el francés forma parte integrante de su encanto y de su singularidad?
Sí, elegí de manera muy natural el francés, sin pensar ni un solo segundo en la barrera del idioma de cara al internacional. Y además, solo sé escribir en francés, aunque mis influencias musicales vengan más bien de países como Inglaterra o Estados Unidos y Canadá. Me hace muy feliz recibir reacciones o mensajes que llegan de otros países. Y en algunas personas noto un interés real por el francés y por comprender la letra. Mi sueño es poder viajar un poco más.

Cuatro discos para entrar en el mundo de Requin Chagrin
La carrera de Requin Chagrin tiene algo poco frecuente: avanza sin dar la impresión de estar rectificándose a cada paso. Desde que Marion Brunetto puso en marcha el proyecto a mediados de la pasada década, su discografía ha crecido con una coherencia poco aparatosa, como si cada álbum hubiese encontrado la manera de ampliar el anterior sin discutir con él. Entre el grano lo-fi de los comienzos y la claridad luminosa de Décollage hay una evolución evidente, pero también una fidelidad de fondo: la misma querencia por las guitarras veladas, por el pulso sintético, por cierta melancolía francesa bien administrada y por unas melodías que entran con suavidad y luego se quedan dando vueltas bastante más de lo previsto.
El primer capítulo, Requin Chagrin (Almost Musique, 2015), presentaba ya a una autora con una intuición muy definida para convertir la escasez de medios en carácter. Aquel debut sonaba crudo, inmediato, casi ingenuo por momentos, aunque no en el mal sentido de la palabra, sino en ese otro más raro en el que la canción todavía conserva su temblor original. Adélaïde fue la primera señal seria de que allí había algo más que una buena colección de gustos bien colocados. La sombra de Indochine estaba presente, desde luego, pero Marion Brunetto no parecía interesada en el homenaje servil, sino en doblar esas referencias hacia un lugar más propio. El álbum tenía algo de primer cuaderno, de habitación cerrada y ventana entreabierta, de ideas que todavía no han aprendido a comportarse del todo bien.
Con Sémaphore (KMS Disques, 2019), Requin Chagrin ganó espesor sin perder ligereza. Fue el disco de la consolidación, aunque la palabra suele traer consigo un ligero olor a oficina. Aquí significa otra cosa: canciones más seguras de sí mismas, una neblina sentimental mejor administrada y una producción que ensanchaba el universo del grupo sin volverlo pesado. Brunetto tocó todos los instrumentos y utilizó un viejo magnetófono de casetes para conservar ese grano analógico que tan bien dialoga con sus melodías. Temas como Croisades, Clairvoyance o la propia Sémaphore confirmaban que aquello ya no era solo una promesa especialmente atractiva, sino una voz reconocible dentro del nuevo pop francés. Por algo apareció después J’Aime para versionar la canción titular y demostrar que ciertas piezas no solo se escuchan: también dan ganas de llevárselas a casa.
Bye Bye Baby (KMS Disques, 2021) introdujo otra variación importante. El disco fue grabado en los estudios ICP de Bruselas, en pleno tiempo de confinamientos y relojes trastocados, y ese cambio de contexto se notó en la forma de respirar de las canciones. Sin abandonar el pulso melancólico ni las guitarras con niebla incorporada, Requin Chagrin se movía aquí hacia un dream pop más amplio, más cálido, más cuidadoso con los detalles. La mezcla de Ash Workman ayudó a dar al conjunto un relieve mayor, pero lo importante seguía estando en la escritura: Déjà vu, Fou o Perséides mostraban a Brunetto afinando su mundo sin convertirlo en una pieza de escaparate. El disco tenía un punto nocturno, ligeramente narcótico, como si mirara al cielo sin esperar una respuesta inmediata.
Y luego llega Décollage (KMS Disques, 2026), que no rompe con nada y, sin embargo, cambia bastantes cosas. Para escribirlo, Marion Brunetto dejó París y regresó a Ramatuelle, a su antigua habitación de adolescente, convertida para la ocasión en estudio provisional. La escena podría haberse prestado al sentimentalismo de catálogo, pero el disco esquiva esa trampa con bastante elegancia. Aquí no hay ajuste de cuentas con el pasado ni excursión nostálgica con banda sonora en sepia. Lo que hay es una artista que vuelve al lugar de origen para escuchar mejor lo que está haciendo ahora. El resultado es su trabajo más luminoso, más abierto a la new wave, con sintetizadores y cajas de ritmos ocupando un lugar más visible, una voz más presente y unas canciones decididas a dejar entrar más aire sin perder espesor.
En Décollage conviven el impulso melódico de Parachute, la energía inmediata de For You, la deriva vaporosa de Voyager y colaboraciones que amplían el relato sin romperlo, como el dúo con Sade Sanchez en Lucky Star o los coros de Nicola Sirkis en BB y Ultra fort. Todo está colocado con una precisión poco presumida, que suele ser la mejor. Brunetto sigue haciendo muchas cosas por su cuenta —escritura, composición, instrumentos, producción— y esa continuidad en el mando se nota en la coherencia del conjunto. Su discografía, escuchada de una pieza, cuenta una historia de crecimiento sin ruido innecesario: del lo-fi intuitivo de los inicios a una forma de pop más nítida, más espaciosa y más ambiciosa, pero reconocible a los pocos compases.


