Raúl Pastor es Rauelsson. Foto: Alia R. Koehler

La electrónica nocturna e intimista de Rauelsson mantiene la precisión de un Junghans gracias a la infinidad de detalles y engranajes sonoros que transitan por sus canciones, desde aquellos apuntes tecnológicos que subrayan su relación con la vanguardia europea – sus discos más recientes han sido editados por Sonic Pieces y están distribuidos por Morr Music – hasta los sonidos orgánicos que destilan emoción a través de cuerdas, teclados e instrumentos de viento y que ponen sobre el tapete su inevitable relación con el Mediterráneo y su pasión por el folk del sur de Europa. Una simbiosis con la que el proyecto del castellonense Raúl Pastor conformó el paisaje urbano y cinematográfico de ‘Vora’ (Sonic Pieces, 2013) y que, un lustro después y ya muy lejos de aquel folk-rock de autor de los comienzos de su trayectoria, refrenda su habilidad para evocar y salir ganando en el recientemente publicado ‘Mirall’ (Sonic Pieces, 2018). 

El único contacto que podemos tener con Rauelsson en la Red es a través de su música (no he encontrado un perfil oficial de Facebook, Instagram o Twitter) como me dijo cierta vez Javier Colis: “En mi caso, prefiero que me busquen. Y si me buscan, de una forma u otra, me encuentran”. ¿En el caso de Rauelsson, se trata de una cuestión estética o moral?

En mi página web ahora mismo hay una foto en la que estoy enseñándole un pequeño conejo de peluche a un conejo belga que se llama BunBun. El conejo de verdad muestra mucha curiosidad. Yo creo que esa es una más que respetable presencia en La Red.  Bromas aparte, la mejor respuesta que puedo dar a la pregunta es que mi vida es mejor sin redes sociales. Es cierto que hay un lado bastante perturbador detrás de todas estas herramientas “gratuitas” como Facebook, Instagram o Twitter, pero no lo son ni menos ni más que otras que sí utilizo, como los servicios que ofrece Google o Apple. Así que no es una cuestión exclusivamente moral, es más bien una manera de reducir ruido en mi vida y así concentrarme en lo que me hace más feliz, como hacer música. Por cierto, muy buena frase de Javier Colis.

Portada de ‘Mirall’

Aún así, jugando en el territorio de Sonic Pieces y con la distribución de Morr Music, seguro que siempre hay un público sin fronteras para una propuesta tan arriesgada como la tuya…¿No es así?

Me siento muy afortunado por haber tenido el apoyo de gente maravillosa, como Chad Crouch en Hush Records o Monique Recknagel en Sonic Pieces. Tanto a nivel personal como profesional ha sido y es un placer editar mi música con ellos. Sonic Pieces es un sello realmente independiente, que de alguna manera funciona a una velocidad tranquila, editando pocos discos y cuidando mucho la presentación de sus lanzamientos. Además, su distribución es buena, así que estoy muy agradecido y me siento representado y cuidado en esta especie de colaboración entre empresas casi familiares, pequeñas, que hacen las cosas con profesionalidad y cariño.

Berlín siempre ha sido considerada como el epicentro europeo de la música electrónica más experimental e intimista. ¿Ha sido inevitable acabar publicando allí haciendo la música que facturas?

La verdad es que ha sido todo bastante natural y hasta cierto punto accidental. Mi amiga Heather Woods Broderick se iba de Portland durante un tiempo, ya que se unía a la banda en directo de Efterklang en 2007. Como pequeño proyecto privado fue pasando con una  grabadora por casas de amigas y amigos, sin avisar, para que le tocasen una canción y ella la pudiera grabar, y así escuchar a sus amigos en la distancia. El proyecto le gustó mucho a Nils Frahm (que ya había conocido a Peter Broderick, hermano de Heather) y él se lo enseño a Monique, de Sonic Pieces, que empezaba con el sello y decidió editarlo en 2009 bajo el nombre ‘Portland Stories’. En ese disco había una canción mía que luego formó parte de ‘Réplica‘, un disco que hice a medias con Peter Broderick y que se publicó en 2011. Cuando completé ‘Vora, mi anterior disco, a Monique le gustó y decidió editarlo. Algunos amigos de Portland se mudaron a Berlín durante un tiempo y, visitándoles a ellos y a Nils, acabé conociendo a más gente, otros músicos y otros estudios de grabación, y poco a poco la ciudad ha ido siendo más importante para mí. Suelo ir varias veces al año. Además, ahora que estoy más tiempo aquí, me resulta más fácil que tener el sello en Portland. Berlín tiene un buen equilibrio entre mucha libertad creativa y mucha profesionalidad y fiabilidad.

¿Tu música parte de la intuición o es todo muy cerebral y pensado? No olvidemos que, a pesar de las evidentes influencias teutonas, una minimalista brisa mediterránea puede aparecer en ciertos detalles, sin ir más lejos en ‘Marbles’.

Este disco parte de sesiones de grabación a las que iba sin una preparación o un plan concreto. A diferencia de lo que he hecho otras veces, en este caso empecé a grabar a la vez que, por decirlo de alguna manera, exploraba. A veces yo solo o a veces con otros músicos, siempre había un elemento de novedad y aventura. Empecé en una iglesia con un gran órgano que no sabía ni siquiera muy bien como funcionaba. A veces estas sesiones son frustrantes e incluso cómicas porque te sientes un poco desubicado, pero también son emocionantes y pueden abrir puertas a lugares que, de otras formas, tal vez nunca visitarías. Un espacio especial, un instrumento concreto o la compañía de otros músicos se pueden convertir en oportunidades para abrirse a ideas espontáneas o nuevas.  Siempre hay una mezcla de un proceso que empieza de manera muy intuitiva e inmediata y que poco a poco va entrando en otros terrenos de la composición, como los arreglos o la estructura, más reposados. Así que siempre hay un poco de todo en el proceso.  Empiezas haciendo muchas fotos, sin pensar, y luego vas viendo con qué te quedas. Es como buscar algo hermoso en ese contenedor de basuras varias que es en lo que suele convertirse nuestra existencia. Es un proceso personal enriquecedor. Lo único de estos procesos tan íntimos que me resulta un poco confuso es que amplifican mucho la desconexión con lo que ocurre en el mundo. El mundo es un lugar bello, pero también violento y devastador, y el ejercicio de aislarse de todo y buscar dentro de ti es muy sano, pero políticamente puede ser un poco irresponsable y egoísta. Es algo que no tengo muy bien resuelto, la verdad. Respecto a las influencias, sinceramente escucho muchas cosas muy variadas, y últimamente mucho folklore del sur de Europa. El otro día vi en directo a Silvia Pérez Cruz con un quinteto de cuerda y fue uno de los mejores momentos musicales que he vivido en vivo como adulto; me pareció absolutamente maravilloso. El mundo es grande y hay músicas increíbles aquí y allí. Lo importante es la emoción y la historia que se cuenta.

Incluso en temas como ‘Transits II’ hay hasta elementos orientalistas. ¿La electrónica da pie a encajar piezas sonoras de aquí y allá pero primando que la coherencia discursiva no se pierda entre esos fragmentos?

Sinceramente, no lo sé. Creo que, en todo caso, en la música hay más preguntas que respuestas. No estoy seguro de que la música electrónica tenga alguna característica especial a la hora de incluir registros melódicos más o menos variados, o al menos no más que otras músicas instrumentales. En esas dos piezas, ‘Transits I y II‘ (que originalmente eran solo una), decidí añadir clarinete y un final en el que el órgano volviera a tener protagonismo. Con el clarinete y clarinete bajo quería llegar a la percusión. Utilizar golpes de aire como recurso rítmico, como en la primera canción del disco, ‘Arrows’.  Sin embargo, al final la sesión con Claudio Puntin (clarinetista) nos fue llevando a otros sitios, y en la parte final de esa canción me dejé llevar por las melodías y armonías que el clarinete sugería.  

Se habla mucho del componente cinemático y paisajista de tu música, pero en este disco hay una especie de tensión interna que lleva al sonido a fronteras diluidas. Incluso en canciones como ‘Sierra’ hay una especie de debate sonoro entre la belleza de las cuerdas y la repetición de fondo. ¿Era esa tu intención? ¿Mantener al oyente en una especie de vigilia atenta más allá de promover el escapismo?

En cierta manera siempre he entendido la música como algo que es parte del mismo lenguaje que el arte visual, la fotografía y el cine. La música y el teatro han sido cine antes del cine. Sea como sea, las canciones que me gustan, instrumentales o no, tienen una especie de narrativa emocional. Hago un esfuerzo por tratar de entender qué es lo que me está queriendo decir o cómo me hace sentir un sonido o una melodía en concreto y trato de seguir ese camino. Lo único que realmente he aprendido en los últimos diez años es a estar atento, a estar abierto, a esforzarme por escuchar y escucharme.  

¿Como fue la grabación de partes del disco en una iglesia gótica del centro de Portland? ¿El órgano tubular de ‘The Old Church’ es uno de los pilares de ‘Mirall’?

Aunque no esté presente de una manera muy obvia o aparente, este instrumento acabó en siete de los nueve cortes del álbum. A veces a través de líneas melódicas y otras veces como fuente de sonidos rítmicos, y a veces simplemente como aire en frecuencias muy bajas. Después de un año de más o menos desconexión, esos días en The Old Church fueron en inicio de algo que por aquel entonces no tenía muy claro. Acumulé bastante material en estas sesiones, la gran mayoría descartado e incluso hay cosas que ni he escuchado todavía, pero sí empecé a interesarme por explorar cosas nuevas, ciertas líneas borrosas, como la que hay entre entre el aire y el tono, o entre el tono y el ritmo. Más tarde, con samplers y secuenciadores “inventé” una serie de instrumentos que a veces combinaban aire del órgano con el de un saxofón y algo de sonido percusivo que venía de los pedales del órgano y todo eso, junto, se convertía en un nuevo instrumento que trataba como si fuese un sintetizador; pequeños juegos, básicamente, para tener recursos propios y sonidos que inspirasen más curiosidad.  

Foto: Paco Poyato

¿Estás pensando en localizaciones especiales para poder presentar esta música en directo? Ya has tocado en lugares como la Basilika Sankt Aposteln de Colonia, en cines bombardeados en Leizpig, salas japonesas o festivales de música electrónica. Supongo que formar parte de esos paisajes desde la atalaya de lo creativo es de lo que más orgulloso puedes estar como músico.

El viernes pasado hice el primer concierto con material de este disco (en el Auditori de Castelló), de hecho, lo toqué entero. Fue un concierto muy especial para mí, ya que me acompañaban Peter Broderick (a quien no he dejado de admirar desde que lo conocí), Anne Müller y Tatu Rönkkö; buenos amigos, con mucho talento. De momento no voy a hacer más conciertos hasta otoño / invierno. He tenido mucha suerte, y he tocado en muchos sitios muy interesantes, la verdad, y siempre añaden algo extra a un concierto. Union Chapel en Londres (donde toqué como parte de un evento), por ejemplo, fue una experiencia increíble. Sientes el impacto que tiene el espacio en cómo suena todo y te ayuda a entender la relación entre la música, el espacio y la audiencia. Las tres cosas son parte indivisible de lo mismo en cada concierto. No sé si tendré la suerte de repetir en algunos de esos lugares o aparecerán otros nuevos. Ojalá.  En cualquier caso, el lugar natural de la música es el escenario.

La evolución de Rauelsson de un tiempo a esta parte, del country-folk orgánico de tus inicios a la experimentación actual, es más que evidente. ¿Crees que esta transformación ha podido despistar al seguidor de tus primeros tiempos o lo consideras como una transición natural e inevitable?

Posiblemente, pero para mí la transición ha sido muy natural y muy poco meditada. He cantado mis canciones cuando las letras han aparecido en mi vida de manera casi inevitable, y me he centrado en otras voces, otros instrumentos, cuando éstos han llegado también de la misma manera. Me gusta lo uno y lo otro. Una guitarra y una voz me siguen satisfaciendo igual o más que cualquier otro formato. Tengo curiosidad e interés por muchas cosas, pero no tengo un plan; quiero seguir haciendo lo que me apetezca en cada momento, mientras me siga entusiasmando. Hace unas semanas un periodista me decía que le parecía inmaduro e incluso infantil el hecho de cambiar tanto de estilo o de sonido; fascinarse por el juguete nuevo, entre otras cosas. Me entraron ganas de preguntarle si poner estrellitas o, por ejemplo, una nota con decimales a una opinión respecto a un disco le parecía maduro y nada infantil, pero no le dije nada. Tal vez tenga razón, pero sí le comenté que infantil e inmaduro para mí suenan a halago más que a crítica; los niños no suelen tener prejuicios, son libres y creativos, y eso no hace daño a nadie.  

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