Raime: Tooth

Raime.

Tooth. Golpe seco, directo. Ambigüedad táctil, y una corpórea gama de grises. Imágenes que revelan desolados escenarios post-industriales corroídos por el olvido y el abandono. Precisión quirúrgica. Una nueva teoría del espacio.

El segundo disco de los ingleses Tom Halstead y Joe Andrews da para especular mucho y dejar aflorar las fantasías más imprevisibles. 'Tooth' (Blackest Ever Black, 2016) inocula el organismo, y te va dejando sigilosamente en un suave estado de trance. La música de Raime busca crear ambientes aislacionistas de acerada tensión, que parecen buscar sustento en el subconsciente más que en la de ser testigo de una realidad determinada. Son ocho canciones, y cada una de ellas tiene autonomía propia; el latir de cada una evoca narrativas de texturas serpenteantes y muy orgánicas, en un intento de maridar la electrónica de encaje industrial con el rock. Un triunfo en toda regla.

Portada de 'Tooth'
Portada de 'Tooth'

'Coax' abre sigilosa el disco pespunteando una onírica fantasía slow motion, y por cuyos silencios parece abrirse un abismo de desolación. Las cadencias oscuras continúan acolchando a unos punteos repetitivos de guitarra en 'Dead Heat' y en la fantástica 'Dialling in, falling out'  que certifican que existe aliento "humano" entre los escombros.

Raime parece que han conseguido lo imposible: materializar el vacío. Una coda final al silencio. La guitarra, (algo parecido a) un ladrido de un perro, y las resonancias dub delimitan espacios incorpóreos en 'Hold your line' en un cruce magistral entre el minimalismo expansivo de Slint, y el trote ciberpunk de Ike Yard (o cualquier otra reencarnación del gran Stuart Argabright), y en 'Front running' o 'Stammer'  entre la furia amortiguada y sus ecos opresivos, se entrevén esbozos de algo así como jungle o dubstep que servirían de colofón a la fiesta más triste del mundo.