Rafael Berrio / No es para menos

“Siempre se está expectante. Es lo que tiene el arte de la música –del entretenimiento, no nos engañemos–”. Lo decía Rafael Berrio sin imposturas, como quien sabe que las canciones van por libre y uno apenas las acompaña. Ahora, con No es para menos, cinco años después de su muerte, llega este disco doble que actúa menos como legado y más como arqueología: 47 canciones inéditas —algunas con forma, otras en estado salvaje— que permiten escuchar no solo lo que Berrio era, sino también lo que estaba probando ser.

El trabajo de rescate ha sido meticuloso, casi detectivesco. Joserra Senperena, Cheli Lanzagorta y Gema Amiama se adentraron en un archivo personal que incluía casetes, bobinas y notas de voz como quien se asoma a un diario íntimo. Allí encontraron canciones grabadas entre 1984 y 2018, muchas de ellas esbozadas sin pensar en su publicación. Por eso mismo, tienen una verdad que rara vez alcanza el estudio profesional: una combinación de catarsis, esgrima poética y juego libre.

Rafael Berrio nunca fue un cantautor al uso, ni un músico previsible. Su trayectoria en solitario, iniciada con 1971 (2010) y continuada en Diarios (2013), parecía apuntalar un universo propio de canciones elegantes, labradas con mimo por los arreglos de Joserra Senperena, donde convivían el spleen parisino, la contemplación urbana y una melancolía bien dicha. Sin embargo, con Paradoja (2015), el músico donostiarra rompió su propio molde y presentó un disco de rock áspero, eléctrico, atravesado por guitarras crudas y letras afiladas que exigían su lugar. Berrio, fiel al espíritu de contradicción que él mismo reconocía como “intratable”, desafió las expectativas y abrazó un sonido más afilado, emparentado con el Nueva York subterráneo de los setenta, con Lou Reed como santo tutelar. Fue, más que un viraje estilístico, una reafirmación de su libertad artística.

Alérgico a la sobrexposición, incómodo con la etiqueta de cantautor, escéptico ante las reglas del circuito, su obra avanzó a su ritmo y según su lógica, movida por una voz lírica de rara precisión, capaz de citar a los clásicos con naturalidad y de rimar “zascandil” sin asomo de ironía. Entre el refinamiento y el rock, entre el verso y el riff, Rafael Berrio construyó una de las obras más singulares —y menos domesticables— de la música española contemporánea.

La primera rodaja reúne veintiuna canciones de su etapa con banda, cuando Berrio aún se movía entre las ruinas del post-punk y los ecos de Lou Reed, más interesado en tensar el lenguaje que en pulirlo. Hay títulos que suenan a guión alternativo de su vida: Bienvenida al barrio, Héroes del Báltico, A través de la noche, Llevando con estilo una depresión. En El amor a traición, revive el tono confesional y febril de su antigua banda, y en Hola y adiós deja caer una de esas frases que parecen traídas del bolsillo de un narrador con resaca: “No me apetece ahora, déjame dormir un rato más”.

Hay espacio para la crítica social vestida de sátira (Alta sociedad, Barrio obrero, La calle mayor), para el dramatismo bien calibrado (Necesito sufrir un poco, Una cifra que te hace perder), y para el existencialismo de entre semana que tanto le gustaba: Ni odio ni amor, Pecado original, Dame esperanzas. En Buchenhain se permite un desvío nostálgico, urdido a través de anécdotas y memorias, mientras que Dame Esperanzas suena como si el protagonista de Berlin se hubiese empadronado en Donosti.

El segundo disco, es otro cantar. Literalmente. Veintiséis piezas grabadas en solitario, con guitarra y voz, sin más pretensión que conservar la idea. La voz de Berrio, más grave y fatigada, recita desde una esquina del local como quien le habla al que se quedó a cerrar el bar. En Justo a tu lado y Todo y nada queda hay una ternura que no es blanda, sino resignada. En Yo te mato (con su speech introductorio) y Me asquean, me oís la lucidez se vuelve arpón. En Necesito un mariachi, por ejemplo, canta con la dignidad intacta del que bromea para no llorar, y en Travestida de Ulises se permite una pequeña fábula literaria sin perder el pulso callejero.

Algunas canciones parecen estar aún decidiendo qué quieren ser: Rienda y montura, Exilio campestre, El curso de un día. Otras son joyas mínimas que con solo guitarra y frase ya están completas: Utopía, Amalia, Grecolatino. Y entre ellas, como guía invisible, la sombra del verso: “Temo haber vivido mi vida como si ello fuera un simulacro…”.

Todo esto viene envuelto en una edición que se toma en serio su misión: un libreto de 48 páginas con textos de Iñaki Berrio, Ricardo Aldarondo, asesoramiento de Harkaitz Cano, y un cuidado gráfico que respeta la estética de un artista que detestaba el descuido. Pero lo importante está en el sonido: los ruidos, los chasquidos, las entradas a destiempo, los acoples. Cada error aquí suma. Cada toma, aunque imperfecta, contiene más verdad que muchos discos pulidos hasta la anestesia.

No es para menos no es un testamento ni un recopilatorio. Es una fotografía del instante en que un músico piensa en voz alta. Se cruzan aquí la urgencia eléctrica de los años ochenta, el desencanto elegante de los dosmiles y la poética escéptica de un hombre que nunca escribió para gustar, sino para entender. Al final, lo dijo él: “De haber dejado a un lado la que importa en prenda de una vez futura / Y haber malgastado en borradores la presente”. Pues bien, esos borradores son hoy canciones. Y no, no es para menos.