Al Ghorba no nace de un gesto estético, sino de una vida en tránsito. Rachid B, músico y artista multidisciplinar marroquí residente en Madrid desde el año 2000, convierte en disco lo que él llama “el espacio intermedio”, ese territorio donde el corazón late entre dos tierras y la memoria avanza como una marea irregular. Editado por Discos Centeneros y celebrado como una de las sorpresas de 2025, el álbum explora la ghorba —la nostalgia profunda del emigrante— con canciones nacidas “desde el hueso”: una guitarra bajita, una voz quebradiza y un puñado de imágenes que no se resignan al olvido. Con la producción precisa de David Rodríguez, el disco esquiva exotismos y se mueve entre un blues terco, retazos de folk magrebí, electrónica tenue y cadencias jamaicanas que aparecen con naturalidad. La lengua marroquí añade una textura enigmática que, lejos de alejar, convierte la escucha en un acercamiento íntimo a lo universal: la madre como ancla y herida, el hogar que cambia de olor, los amigos que ya solo responden en sueños, el trabajo que revela demonios que nadie ve. Al Ghorba destaca por su sinceridad y por un mensaje político que no necesita elevar el tono: “No nos hemos venido al ghorba para quitaros vuestra riqueza”. Con esa verdad —y con un mundo entero sostenido apenas por una guitarra— comenzamos la conversación que sigue.
En Al Ghorba hablas de la emigración como una “geografía del alma”. ¿Qué mapa trazabas cuando empezaste a componerlo: el de la memoria, el del deseo o el de ese punto intermedio donde uno deja de pertenecer del todo a un lugar?
El ghorba es el alma de alguien que ha salido de su país para vivir en otro, un lugar que le resulta ajeno en todos los sentidos: lengua, gastronomía, cultura, política… Es una representación de mi biografía, que describe la experiencia de un inmigrante que lleva continuamente consigo un pedazo del pasado, en forma de recuerdos familiares, infancia, amigos, olores, escenas… Los inmigrantes sufrimos por la partida, por el anhelo de recuperar un pasado que no podemos recuperar del todo y por la lucha constante de ser aceptados por la sociedad receptora. Este disco se centra en esos pilares: el deseo de ser aceptado y el anhelo de recuperar el tiempo perdido.
Desde que llegaste a Madrid en el año 2000, tu vida ha oscilado entre dos mundos. ¿Cómo se traduce esa doble pertenencia marroquí-madrileña en tus canciones?
Las letras y la sonoridad de las canciones reflejan claramente mi vida entre dos mundos. Canto en marroquí para transmitir mis vivencias, hablando de amor, tristeza y de la distancia con los seres queridos. Madrid es el espacio donde se desarrolla todo lo que cuento en el disco; es parte de mi biografía como artista y extranjero. Por eso es difícil separar mi pertenencia a ambos mundos: sin ellos, El Ghorba no existiría.

Ghorba es un territorio hecho de lo que duele, pero también de lo que sostiene. ¿Cómo decides qué parte del desarraigo se convierte en canción y cuál debe quedarse en silencio?
El ghorba es un territorio delicado: está hecho de lo que duele, pero también de lo que sostiene. Decidir qué parte se convierte en canción y qué parte queda en silencio no es un proceso racional, sino una negociación interna con la memoria. Hay emociones tan recientes o tan crudas que, si las conviertes en música, pierden su verdad o te rompen al cantarlas.
El silencio no es omisión: es cuidado. Es dejar que la herida cicatrice lo suficiente para que pueda tener forma y no solo peso. La parte del desarraigo que comparto es la que puede resonar en alguien más: otro migrante, otro desplazado, alguien que también vive entre orillas. Esa es la que se vuelve canción, porque deja de ser solo tuya y se convierte en puente.
Evitas el exotismo y apuestas por una austeridad muy personal. ¿Fue una decisión estética o vital?
Cuando decidí grabar El Ghorba no había un plan predefinido sobre cómo debía sonar. No rechazo lo marroquí ni estoy en contra de la fusión; de hecho, muchos artistas han triunfado con ella. Lo mío es mucho más austero y personal: cuento mis cosas a través de la guitarra y de las letras. Quería que mi música sonara como alguien que vive entre dos respiraciones, en un lugar que no necesita adornos, porque la propia vida ya es bastante compleja.



En canciones como Thwahachtik o Baaid aparece un blues terco, casi interior. ¿Qué relación encuentras entre ese lamento y la experiencia de la emigración?
La emigración no es solo un viaje; es una biografía que se convierte en trayecto vital. Cuando canto Thwahachtik o Baaid, no solo pienso en el anhelo por los seres queridos —madre, padre, amigos, lugares— sino en ese caminar interior interminable.
El blues es una música que sabe de “seguir adelante aunque no sepas hacia dónde”. La ghorba tiene un lamento que no es dramático, sino terco, como quien empuja un día tras otro. Ese compás cansado, ese fraseo que respira por necesidad más que por estilo, me recuerda al lamento del blues. Ambos rehúyen el sentimentalismo: son vulnerables pero no se arrodillan.
Al Omm parece atravesado por una figura materna compleja, a veces dolorosa. ¿Cómo se inserta la maternidad en esta geografía interior?
En la ghorba, el hogar se convierte en un ruido de fondo. La figura de la madre no aparece en mis canciones por nostalgia dulce, sino porque es quien preserva una continuidad que la emigración rompe. En mi caso, la relación con la madre fue motivo de sufrimiento durante mucho tiempo, y aun así sigue siendo un eje emocional importante. Esa tensión —amor, deuda, ruptura— está presente en muchas canciones aunque no se nombre explícitamente.
Has trabajado con David Rodríguez, un productor que suele potenciar la intención más que el adorno. ¿Cómo influyó en El Ghorba?
Muchos productores construyen atmósferas con reverb y capas. David Rodríguez lo hace desde la intención, desde cómo dices una palabra o desde dónde dejas caer un silencio. Trabajar con él me permitió que el ghorba —su peso y su intimidad— estuviera en la música sin tener que explicarla. Fue increíble trabajar con David y me siento muy afortunado de haber podido sacar El Ghorba con él.
El disco respira austeridad, pero nunca suena incompleto. ¿Cómo encontraste ese equilibrio entre desnudez y plenitud?
El equilibrio entre austeridad y plenitud no es una técnica, sino una ética del sonido. La pregunta nunca fue “¿cómo sonar pequeño?”, sino “¿cómo sonar verdadero?”. La plenitud no viene de añadir cosas, sino de permitir que cada elemento —voz, cuerda, silencio— tenga un propósito y respire.
No me interesa el lo-fi de postal; me interesa que la verdad quede expuesta, no fabricada. Si algo suena crudo es porque la emoción es cruda, no porque quisiera que sonara casero o indie.
Últimamente han ido apareciendo variedad recopilatorios de folk-rock árabe y magrebí de los setenta. ¿Encuentras afinidad con aquella insolencia sonora?
Lo que sí me influye de los recopilatorios de folk-rock árabe y magrebí de los setenta es la insolencia de esas bandas: su manera de decir “somos modernos sin dejar de ser de aquí”, su descaro de mezclar un ritmo gnawa con una guitarra distorsionada sin pedir permiso a nadie. Esa libertad es un espejo: un reflejo de no autoexotizarse.
¿Cómo gestionas la mirada del público cuando te encasillan dentro de la etiqueta “música migrante”?
La proyección del público es inevitable, pero no siempre justa. Cuando alguien dice “esto es música migrante”, a veces lo que está diciendo es: “necesito una etiqueta para entenderte”. Lo comprendo, pero esa etiqueta puede reducir mi experiencia a una narrativa que no es la mía.
Hay oyentes que llegan con preguntas, no con expectativas. Con ellos sí quiero dialogar. La conversación se vuelve un intercambio: ellos me cuentan cómo viven su propia ghorba, y yo descubro resonancias que no conocía. Ahí ocurre algo hermoso: la ghorba deja de ser identidad y se convierte en puente.
En Khedma hablas de demonios que viajan contigo. ¿La música los ahuyenta o los vuelve más nítidos?
Khedma habla de algo muy íntimo: los demonios que uno carga al emigrar no son criaturas fantásticas, sino partes de ti que no pudiste traer del todo ni dejar del todo atrás. La música convive con ellos, pero no siempre de la misma manera.
Cuando escribo o canto, no siento que me libere de nada. Al contrario, aquello que trato de mantener a raya —miedo, culpa, sospecha de no pertenecer— se vuelve más nítido. La música es una guía para domar esos demonios, no un ritual para expulsarlos. Ilumina lo que hay en el interior.
Si Al Ghorba fuese un cuadro, ¿qué veríamos antes: el desierto, Madrid o la línea borrosa que separa ambos mundos?
El cuadro perfecto sería: azul y blanco, el cielo de Madrid, y las callejuelas de la medina de Asilah, donde pasé toda mi infancia y parte de mi juventud.
Rachid B. / Al Ghorba (Discos Centeneros, 2025)
Hay discos que no buscan redención ni consuelo, sino un modo digno y honesto de contar la vida tal como viene: con sus despedidas a destiempo, sus calles que ya no huelen igual y sus mares que han cambiado de color sin avisar. Al Ghorba, debut de Rachid B, es uno de ellos. Un diario sonoro compuesto desde ese lugar al que el propio músico llama “el espacio intermedio”, un territorio donde el corazón late entre dos tierras y donde la memoria —caprichosa, sentimental, a veces incómoda— marca más compases que cualquier metrónomo.
El término árabe ghorba, que da título al álbum, podría definirse como melancolía migrante, pero sería quedarse corto. En la conversación que mantuvimos con él, Rachid B lo describe como una forma de estar en el mundo: cargar con una infancia que aparece en forma de olor, escena o voz; convivir con la incertidumbre de no pertenecer del todo a ningún lugar; descubrir que el regreso tampoco garantiza el reencuentro. Ese estado fronterizo es el que vertebra un disco que, lejos de reclamar épica, opta por la intimidad como forma de resistencia.
Las canciones nacen desde el hueso, casi en voz baja, como si Rachid B las hubiera compuesto de madrugada para no despertar a los recuerdos que duelen más. Sobre ese esqueleto minimal, David Rodríguez construye una producción sobria y precisa, que nunca utiliza la economía de recursos como excusa, sino como una declaración estética: cada arreglo es una intención, cada silencio un pasaje. El resultado es un álbum que esquiva todos los tópicos de la llamada “música del mundo”. Nada de adornos folclóricos ni exotismos de escaparate. Aquí conviven la acústica íntima de un cantautor, la electrónica ligera que respira en Al Ghorba (la canción) y en Holmmm, y ese blues hirsuto que aparece en Thwahachtik o Baaid, un blues terco, caminante, más cercano al vagabundo americano que al desierto sahariano. Incluso los aires jamaicanos que asoman en Al Homm o Baiiid funcionan como desvíos naturales, no como experimentos.
Uno de los grandes hallazgos del álbum está en la lengua. Que el disco esté cantado en marroquí no distancia; al contrario, añade una textura casi arcana, un velo que convierte la escucha en un pequeño enigma. La voz de Rachid B no reclama traducciones inmediatas: basta con dejarse llevar por su tono, por esa dicción que suena a vida vivida más que a interpretación. “Un misterio, un acertijo”, escribió un crítico. Y sí: a veces lo que no entendemos nos acerca más a lo que importa.
Las letras conforman un mapa emocional de enorme profundidad. Thwahachtik abre una grieta luminosa: el lamento por la ausencia de la madre —“Es insoportable estar sin ti”— no es sólo nostalgia, sino un reconocimiento de la figura que sostiene lo que la emigración a menudo quiebra. En AL OMM, ese mito del éxito migratorio se desmonta con claridad: “Dicen que ser extranjero mola mucho… a mí me ha sido difícil asumirlo”. La pérdida del pasado aparece en NASS GHALIEN, donde el ghorba “se lo ha tragado todo”: amistades, fiestas, momentos que parecían inamovibles. En AL MAKAN, la constatación es devastadora: volver ya no garantiza volver; el hogar ha cambiado, y lo que queda es una memoria que hace las veces de refugio portátil.
La alienación queda expuesta en BAIIID, con su advertencia implícita: “Tan lejos me he ido”. La canción funciona como una carta enviada a un amigo para evitarle un destino parecido. Y en el tema titular, AL GHORBA, la condición migrante se personifica para ser confrontada: “extraño y duro”, un estado que reduce y fragmenta. El punto político —sutil, íntimo, punzante— aparece en KHEDMA. Lejos de discursos altisonantes, Rachid B responde a una sospecha todavía vigente: “No nos hemos venido al ghorba para quitaros vuestra riqueza”. Lo que sí cargan, dice, son “nuestros demonios”. Y ahí, en esa frase sin dramatismo impostado, surge la verdad del disco.
La historia de Al Ghorba también es la historia de una escena: la del underground madrileño que apuesta por discos necesarios aunque no vengan avalados por plan de marketing alguno. Que este trabajo salga en Discos Centeneros no es casualidad: es un gesto político, una forma de recordar que la música aún puede construirse desde el afecto, la escucha y el respeto.
En un panorama saturado de copias y reformulaciones, el debut de Rachid B destaca por su carácter irreducible. No busca innovar: busca decir la verdad desde un lugar que no suele tener micrófonos delante. Quizá por eso Al Ghorba es, como escribió alguien, “una de las sorpresas de 2025”. Quizá porque su fuerza está en no reclamarla. Lo que sí queda claro, al terminar el disco, es que la patria del emigrante no está en un punto del mapa, sino en la manera en que aprende a sostener lo que ama sin tenerlo cerca. Al Ghorba es la banda sonora de esa geografía invisible. Y escucharla es acompañar a Rachid B en un viaje que no señala puerto ni destino: sólo una dirección posible, la del corazón dividido que sigue avanzando.


